La primera nota pasó inadvertida. Eran las siete de la tarde, y Hernán respondía un mensaje de texto con su celular cuando tomó el ascensor de servicio. Justo por encima del número 12, un post-it amarillo lo saludaba, mudo:
HOLA
En el ascensor de ese edificio de doce pisos, la distancia entre el botón de PB y la nota era suficiente para que Hernán la pasara por alto. Y así pasó el primer día.
Dos días más tarde otra nota apareció, esta vez justo entre el botón de PB y los de abrir y cerrar las puertas. La nota ensayaba, nuevamente, un:
HOLA.
Sí, a vos.
Hernán volteó y se sintió estúpido: esperaba ver a alguien a quien la nota estuviera dirigida, quizá incluso a quien la hubiera escrito, pero no; sabía que el ascensor estaba vacío y que, como todos los días, él era la última persona en abandonar el edificio. Entonces volvió a leerla, esta vez con una media sonrisa y, volviendo a mirar por sobre su hombro, arrancó del papel la segunda frase y reubicó el saludo un poco más arriba, más visible, evidentemente recibido.
Otra nota lo recibió al día siguiente:
UN REGALO
Debajo del texto, una flecha señalaba el suelo. En un rincón del ascensor, Hernán encontró una lapicera y no pudo contener una risa breve y dispersa. Negaba con su cabeza mientras la recogía y escribía, a un costado del papel:
Ahora sí, hola.
Negaba con su cabeza mientras cruzaba las puertas de vidrio y abandonaba el edificio, guardando la lapicera en su bolsillo trasero y tarareando una melodía que creía haber olvidado años atrás.
El viernes las oficinas cerraron a las tres por un corte de energía y los empleados fueron evacuados por la escalera de incendios. Hernán se les unió, ya sin obligaciones y con la idea de comprar flores de camino a casa.
Vanina no estaba.
Hernán dejó los claveles sobre la mesa y se puso a mirar televisión.
A la noche se soñó en una cita con alguien que no conocía. Caminaban por una calle de Merlo, y ella lo sostenía del brazo y le sonreía sin mirarlo. Hablaban de música, de rock progresivo, y ella hacía chistes oportunos e informados, chistes relevantes, y le decía cosas que más tarde no recordaría pero que, cuando despertó, lo hicieron sentir reconfortado. Vanina dormía de costado, de cara al velador, y en su vigilia desenfocada Hernán quiso no estar ahí.
Discutieron en el desayuno porque Hernán no había puesto las flores en agua el día anterior. Discutieron un poco más tarde porque Vanina quería aprovechar el sábado para limpiar. A la noche durmieron, ella encarando el velador; él soñando.
El lunes transcurrió con impensada naturalidad y, en el ascensor, Hernán no encontró ninguna nota. Rebuscó en sus bolsillos y escribió, en un boleto de colectivo, un gran signo de admiración. Enganchó el papel en uno de los botones, entre el plástico del número y el panel metálico que lo contenía, y se fue corriendo debajo de la lluvia.
El martes lo despidió con un
Por las dudas, no soy una asesina serial. :P
Hola de nuevo
y, sin querer admitirlo, Hernán se sintió aliviado de encontrar esa nota, una nota más.
Los días que siguieron lo vieron recibir, leer y responder sin interrupción, de lunes a viernes, cada vez un poco más, un poco más divertido, con un poco más de confianza. Se volvieron tan extensos los mensajes que a menudo se vio escribiendo dentro del ascensor detenido en planta baja, buscando en su cabeza frases ingeniosas que pudieran disparar réplicas impensadas. De ella aprendió que se llamaba Clara, que era la primera en entrar al edificio cada mañana, que se encargaba del mantenimiento de los servidores, que tenía treinta y dos años y un gato llamado Rufián, que le gustaban las películas con Bruce Willis y untar helado en galletitas Manón, que sabía quién era él y que, incluso admitió en una nota, siempre había querido hablarle. De él reveló su nombre y edad, el modelo de moto que quería comprarse, el nombre de su perro —Bob, por Dylan— y que nunca había viajado en avión.
Cada día que pasaba era una cuenta regresiva hacia el ascensor, siempre a la expectativa de una respuesta que lo sorprendiera o que lo intrigara, que lo inspirara a seguir escribiendo, a mantener ese contacto tan virtual de papel, tan inesperado. Un jueves escribió, casi sin pensarlo:
Un café?
Enseguida se arrepintió, se metió el papel en el bolsillo y en su lugar preguntó:
Música?
La respuesta que obtuvo al día siguiente le hizo temblar las rodillas.
E.L.O.
Buscando en su billetera encontró una foto carnet vieja y, al reverso, disparó:
Cena?
Y su número de celular.
A lo largo y ancho del fin de semana el nombre Clara se le apareció en cada pensamiento, en cada gesto y en cada circunstancia: los programas de televisión lo nombraban, el diario lo esparcía en cada artículo, cada cartel en la calle lo gritaba. La imaginó morocha, no, pelirroja, y la imaginó usando botas, y con el pelo recogido. Imaginó su sonrisa, imaginó sus manos y cuando finalmente lo llamó, dios mío, cuando habló con ella, esa voz, sus pausas al hablar, la profundidad de cada palabra que pronunciaba, lo mantuvieron en un sopor que hasta sus sobrinos detectaron. A las averiguaciones de Vanina Hernán respondió con fastidio y desinterés, y ese fin de semana discutieron, callaron y durmieron lado a lado.
El lunes llevó en su mochila jeans limpios y una camisa y, antes de irse, se cambió, intentó peinarse con las manos y salió al encuentro de Clara. En el ascensor encontró una nota que decía:
Reservé al lado de la ventana.
Tengo puesto un saco rojo.
Ese mismo lunes Clara recibió elogios y exclamaciones de sus compañeros de oficina y, a lo largo del día, se la vio jovial y luminosa. Vestía su pollera favorita, estampada en flores y ribetes, y hasta había decidido finalmente usar los zapatos rojos que su madre le había regalado en Navidad. En su cartera había llevado un frasquito de perfume y algo de maquillaje para retocarse antes de salir.
A las seis de la tarde entró al baño y se observó largamente: el saco rojo era lo único que conservaba de su juventud y, si bien había tenido que modificarlo con el paso de los años, aún conservaba ciertos aromas de nostalgia que le llenaban los ojos de lágrimas. Dio media vuelta, se vio de espaldas y pensó: al fin. Los reproches parecían finalmente esfumarse, empañando los azulejos de vapor y culpa. Al fin. Quién sabe, pensó. A lo mejor, hasta le gusten las mujeres rellenitas, pensó.
Al bar llegó veinte minutos temprano, y se sentó a esperar con una sonrisa llena de honestidad. Dejó su cartera en la silla de al lado y quiso acomodarse en la suya, pero no pudo. En su cabeza repasó temas de conversación y ensayó comentarios encantadores e inteligentes mientras, con sus manos, destrozaba un sobrecito de azúcar y se chupaba los dedos recogiéndola de la mesa.
A las siete y cuarto le pareció verlo entre un grupo de gente que esperaba para entrar.
Es puntual, pensó.
A la distancia, lo vio mirar hacia la ventana, hacia donde estaba ella.
La camisa le sienta bien, pensó.
Veinte minutos más tarde, las mesas del bar estaban llenas y la calle, vacía.
No debe haber sido él, pensó. Debe haberse atrasado, pensó.
Y siguió esperando.

Augusto Jacquier según él mismo:
Soy rosarino e inquieto: tengo la peculiar habilidad de meterme en cosas de las que no sé nada y acabar, a menudo, armando proyectos en torno a esas cosas como si fuera un experto (con resultados a menudo inestables). Mi título dice Licenciado en Producción y Realización Audiovisual, lo cual me ha dado derecha para dedicarme a cámara y edición de video por unos cuantos años. De paso, me he visto trabajando como fotógrafo, maquillador de efectos especiales, ilustrador y, desde hace ya más de un lustro, diseñador gráfico. En 2006 creé y elaboré, junto a Sabrina Daulerio y Facundo Becerra, el proyecto Cuentos Pulgares; siete de esos cuentos fueron incluidos por Raúl Brasca en la antología de microficción La flor del día: Trofeos de lectura en el año 2007.
En 2010 me junté a comer pizza con Antonio Galimany y Gabriel Cirelli y pronto nació, casi prematuramente, revista eSe. Hoy me encargo de mi tercio de edición de la revista, aunque con más entusiasmo del diagramado, diseño e ilustración (cuando amerita) de la misma; todo desde Sydney, Australia, lugar en donde alguna vez me puse públicamente en bolas.
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