I

Allá adelante se divisa un cartel ilegible y un puñado de casas emblanquecidas con cal. Alguno suspira. Llevan dos horas y media manejando a menos de treinta porque si lo suben el auto recalienta y el humito intermitente del capó se vuelve oscuro y denso. Dos horas y media en una ruta desolada que atraviesa una llanura interminable y repetitiva, sin saber si van a llegar a algún lado o se van a quedar en el medio de la nada. Y por fin aparece un pueblo, o algo que se parece a un pueblo en el horizonte.

Le faltan los remolinos de tierra, dice Álvarez, o lo masculla, desde el asiento trasero. Palacios asiente, la vista clavada en la entrada del pueblo, por encima del volante. Castillo no dice nada porque no entiende de qué habla. Después imagina uno de esos pueblos fantasma de las películas, el viento batiendo persianas y formando remolinos y cree saber a qué se refiere Álvarez. Pero tampoco ahora dice nada. El desperfecto lo puso de mal humor, sobre todo con Álvarez. Álvarez y sus comentarios pelotudos, Álvarez y su tonito jactancioso, Álvarez y la puta madre que lo parió. Cómo carajo se le ocurre largarse a la ruta sin revisar el auto.

Palacios entra despacio por la calle principal. Un perro sucio y rengo se cruza dando saltitos. Es lo único que ven a lo largo de seis, siete cuadras. Ni un alma. Aunque no parece deshabitado. Hay ventanas sin cortinas en las que parece haber movimiento; algo que parece un bazar pero con la vidriera vacía; el sonido de una radio que llega desde un lugar impreciso. Después ven, a lo lejos, la silueta de un viejo que cruza la calle con pasos cortitos y se pierde detrás de una puerta. Castillo baja la ventanilla, enciende un cigarrillo y mira el pueblo. Cruzan un semáforo que no funciona. Un viento frío y seco le pega en la cara. Avanzan por una calle sin nombre. Las letras de los carteles están despintadas, ilegibles, como si el tiempo fuera una capa invisible pero opaca que las hubiera ido ocultando. Cuatro, cinco, seis cuadras: en todas las esquinas lo mismo. Eso parece un taller, dice de pronto Álvarez, y señala una esquina con un portón de chapa a medio alzar, apenas por encima de la estatura de un hombre promedio. Adentro está oscuro, pero se ve el frente de un auto viejo. Un Dodge 1500, tal vez. Los faros apagados, la parrilla, y el capó abiertos. El piso está sucio de grasa o aceite, y no parece haber sido barrido en años. Estacionan frente al portón y buscan un cartel, un letrero, pero no hay nada. Tampoco se ve a nadie. Palacios se baja del auto y se asoma a la boca oscura como a un precipicio. Golpea las palmas dos veces y pregunta si hay alguien. La voz, las palmas, repercuten en el galpón, parecen expandirse por los rincones invisibles. Palacios se balancea ahí, al borde de la oscuridad, un pie —el derecho— marcando un ritmo que nadie puede escuchar. Espera un momento, asediado por una extraña inquietud o incomodidad. No hay nadie, dice alguien desde el auto. Es otra vez Álvarez el que lo dice. Pero Palacios dice esperá. Dice esperá porque le pareció oír algún ruido, unos pasos apagados. Después se abre una puerta que comunica, quizás, con la casa de al lado. También está oscuro allá, y apenas percibe la silueta negra que se recorta en el marco.

Qué busca.

La voz es rugosa, reseca, como si el dueño de la voz no estuviera habituado al diálogo.

Busco un taller, dice Palacios. La voz incómoda lo contagia: se olvida de los buenos días, del saludo. Le pregunta a la sombra si conoce un taller por la zona y entonces sí, como si al oír su propia voz fuera tomando coraje o soltura, dice que sufrieron un desperfecto con el auto. La sombra hace una especie de ruido con la garganta, como si se la aclarara. Esto es lo más parecido que van a conseguir en muchos kilómetros, dice. Castillo, que se bajó del auto y se apoyó en el capó para fumar en silencio, se acerca a Palacios. Asoma la cabeza él también, mira al agujero negro del que proviene la voz.

¿Usted es mecánico?
Algo así.
Cómo que algo así.

La sombra avanza. Se aleja de la puerta que da a la casa contigua y se acerca a los dos hombres que están en el borde claro de la luz diurna. Cuando avanza, los rasgos parecen aparecer de la nada: un pelo gris y desprolijo, el mentón salpicado por una barba áspera, la boca casi desdentada. Y unos ojos blancos, apagados, casi hundidos debajo de las cejas hirsutas.

Algo así, repite. Me las rebusco. No soy nada del otro mundo, pero soy lo único que pueden conseguir por acá.

Castillo y Palacios se miran. El segundo mueve los labios para dibujar las palabras: es ciego, gesticula. Castillo se encoge de hombros. Tira el cigarrillo al suelo y lo aplasta con el pie. Mira la ruta, allá lejos. Algo le dice que el ciego tiene razón. Y el auto no va a aguantar.

¿Le molestaría echarle un vistazo?, pregunta. El ciego sonríe. Avanza hasta el auto, acaricia el baúl tibio y pregunta qué le anda pasando. Parece un médico, o un veterinario. Palacios le cuenta mientras destraba el capó. El ciego tantea, recorre el borde del capó con los dedos ásperos y sucios y lo levanta. El olor como a goma quemada se percibe ahora con claridad. El ciego huele, escucha, pregunta, pide que le den arranque al auto. Después se calza unos guantes para no quemarse y tantea. Por fin dice que es la tapa de algo o el filtro de otra cosa: ninguno de los tres, al cabo de un rato, es capaz de recordar el nombre. El ciego dice que se puede cambiar pero tiene que pedir el repuesto a un pueblo cuyo nombre tampoco lograrán retener. Le va a llevar un par de días. Después se ríe cuando le preguntan si conoce algún hotel. Mejor pregunten en casa de Ismael, dice, seguro les puede hacer un lugar para pasar la noche.

El ciego les explica cómo llegar. Recogen las cosas del auto —tres bolsos magros, un puñado de papeles de trabajo, un libro, una revista de crucigramas— y echan a andar por la calle desierta. Empieza a caer la tarde. Por fin alguien dice es ahí, y señala una puerta despintada, que alguna vez había sido roja.

Les abre un viejito encorvado de piel amarillenta. También es ciego. Entran a la cocina sombría, de paredes desnudas, aceptan las sillas que el viejito les ofrece, aceptan también una taza de café. Por fin alguno —Álvarez, tal vez, o acaso Castillo— le dice al dueño de casa lo que todos piensan: algo sobre la casualidad de que los dos —el mecánico, y él— sean ciegos.

El viejo sonríe.

Todos lo somos, dice el viejo.
Todo el pueblo.

 

II

La casa del viejo no tiene lamparitas. Los portalámparas cuelgan inútiles de los techos, sobre el hueco donde falta el espejo del baño, en el único velador que sobrevivió a las caídas. Castillo se pregunta si en todas las casas del pueblo será igual. Se responde que sí, que probablemente sí, pero al fin y al cabo él no está como inquilino en todas las casas sino en esta. Es en esta donde tiene que sufrir el paulatino desfallecimiento de la luz del día, las sombras que poco a poco se apoderan de la casa, la incomodidad de una cena en penumbras, donde los tres —Álvarez, Palacios y él—, envueltos en sombras, buscan a tientas los cubiertos y el plato, (los tres demorándose y sin animarse a llevarse la comida a la boca: a lo mejor alguno la toca con los dedos para comprobar la textura, después la huele, y el viejo siempre en silencio, sin decir una palabra, solamente el ruido que hace al masticar, hasta que alguno se anima a comer y el ruido de mandíbulas y cubiertos y gargantas que tragan empuja a los demás), los tres buscando los vasos con dedos torpes hasta que a alguno se le cae y el agua se desparrama por la mesa y chorrea hasta el suelo. Castillo sabe que no fue él pero no sabe quién fue: nadie abre la boca. No importa, dice el viejo, yo lo limpio. Terminan de comer en silencio.

Después de cenar el viejo los guía a sus habitaciones. Es una casa grande, antigua, con ventanales sin cortinas por los que se filtra la luz vaporosa de la luna. Avanzan por un pasillo largo flanqueado por ventanas altas. Se ven algunas estrellas, la luna detrás de un velo nuboso. Los tres hombres siguen al viejo con pasos vacilantes. Cada vez que pasan junto a una ventana, en esas franjas de luz azulina que les permiten verse los rasgos, toman aire como nadadores dispuestos a sumergirse; después se zambullen en la negrura espesa de los trechos entre ventana y ventana con algo que se parece al pánico. El viejo les va indicando sus habitaciones en puertas sucesivas.

A Castillo le toca la última. El cuarto le resulta opresivo. Hay una ventana de guillotina en la que se adivina el cielo y parte del follaje de un árbol. La luz nocturna le alcanza apenas para vislumbrar la cama y una mole oscura contra la pared que tal vez sea un ropero. Nada más. El resto se pierde, invisible. Ni siquiera es capaz de asegurar dónde termina la habitación. El viejo se despide y cierra la puerta. Castillo se arrima hasta la cama, palpa las frazadas y se sienta mirando hacia la ventana. Odia la oscuridad.

Castillo trata de olvidarse de todo y dormir, pero la conciencia de la oscuridad lo ahoga. La noche es larga. No recuerda cuándo, ni cómo, empezó a temerle a la oscuridad. En su casa nunca cierra del todo la puerta de la habitación: la deja entornada para poder ver la luz del baño. Esa franja luminosa lo tranquiliza de algún modo que no es capaz de describir. Solamente así puede cerrar los ojos y hundirse en la oscuridad más absoluta: cuando sabe que no tiene más que abrir los ojos para que algo la desmienta. Pero acá no hay luz. Ninguna franja resplandeciente en el pasillo. Ningún velador al pie de la cama. Apenas la luz de la luna, insuficiente, escasa, ahí en la ventana. Castillo se para y se asoma. Se ven sombras. Reconoce la silueta oscura de los árboles, otras casas. Ninguna tiene luz. La visión lo abruma. En todas esas moles negras que se multiplican no hay un solo rectángulo de luz, ninguna ventana en la que se perciba claridad, ni siquiera el resplandor azulado de un televisor. Afuera todo es oscuridad, un reino de sombras.

Castillo se remueve en la cama. Se acuesta mirando hacia la ventana. Tiene los ojos abiertos, clavados en ese espacio más claro, en ese rincón donde la oscuridad se desvanece un poco. No se atreve a cerrar los ojos en toda la noche. Se queda así, escuchando rumores y pasos y sonidos que llegan de las calles invisibles, levantándose a cada rato y asomándose a la ventana para escudriñar las sombras con espanto, alerta a cada ruido que le trae la noche. Se queda así, sin cerrar los ojos porque sabe que acá no hay luces que desmientan la oscuridad más absoluta. Se queda así hasta que la primera luz del alba le devuelve la cordura.

Recién entonces se rinde al cansancio.

 

III

Despierta cerca del mediodía. A la luz del día los temores nocturnos siempre parecen absurdos, y en un primer momento todo parece un mal recuerdo. Pero algo todavía permanece en él, algo que pareció habérsele quedado prendido durante la noche, una inquietud tensa, como de algo que no encaja del todo. Castillo se incorpora en la cama y mira a su alrededor. La habitación es más grande de lo que pensaba. Hay una silla de madera en un rincón que por la noche no alcanzó a ver; un ropero de tres puertas —la mole ya no tan oscura—, una mesita de luz sin ningún velador, un tocador con dos cajones y un marco de espejo redondo y vacío a través del cual se ve la pared.

El viejo toma mate en la cocina: usa el índice de la mano que sostiene el mate para medir cuando el agua se acerca al borde y nunca chorrea ni una gota. Castillo lo mira un rato en silencio, preguntándose si lo habrá oído llegar. Sus amigos salieron, dice entonces el viejo, y extiende un mate al aire, como ofreciéndoselo. Castillo acepta el mate. Está caliente y espumoso. Pregunta si sabe dónde fueron los otros. El viejo se encoge de hombros, hace un gesto vago con la mano. Se levantaron temprano, dice. Castillo toma dos o tres mates más y sale a la calle.

Le sorprende toparse con los primeros ciegos. El viejo lo había dicho. Pero una cosa es oírlo y otra cosa es salir a la calle y verlo. Ciegos en las esquinas que cruzan la calle sin detenerse, ciegos en la verdulería palpando y oliendo las frutas, un oficial de policía ciego con el oído alerta, ciegos en la escuela con paredes despojadas de pizarrones, señoras ciegas conversando con bolsas en los brazos, cieguitos pateando una pelota con cascabeles en una calle de tierra. Algunos usan unos anteojos oscuros y gruesos. Otros no. Castillo mira los ojos blancos, muertos, inmóviles: se pregunta si los ciegos pestañean. No se atreve a asegurarlo. No le gusta mirarlos mucho tiempo.

En la calle principal hay varios negocios abiertos. Los ciegos entran y salen de puertas que no tienen ningún tipo de identificación. Castillo tiene que asomarse para saber de qué clase de negocio se trata, y ver los cajones de frutas; las hormas de queso sobre un mostrador; los estantes con discos de tapas negras —Castillo se detiene y mira: un ciego saca un disco, lo pone, lo vuelve a guardar, hasta que encuentra uno que le atrae. Imagina que la selección es siempre así, rápida, azarosa, y que se llevan el primero que les resulta más o menos interesante o, por lo menos, no del todo despreciable—; las tiendas con percheros plagados de pulóveres a rombos y camisas a cuadros o con flores que sólo pueden venderse en este pueblo. Entra en un par de negocios donde ve o supone que venden cosas variadas. Pregunta si tienen lamparitas. Algunos ciegos dudan y creen haber entendido mal, otros se ríen nerviosos. La mayoría lo mira con desconfianza. Nadie tiene. No hay una sola lamparita en todo el pueblo. Ni linternas. Ni una puta vela.

Castillo emprende el regreso a la casa del viejo con fastidio. Camina despacio. De noche el pueblo asusta, intimida con la masa de edificaciones oscuras, sombrías, de las que no asoma el menor rastro de luz. De día, en cambio, genera una sensación que se parece a la angustia. Y esa extrañeza sostenida, ese pasmo incómodo que Castillo no puede fijar en ningún punto concreto. No se trata de los ciegos. No se trata sólo de los ciegos. Le lleva un rato comprender que el pueblo entero, todo el pueblo, está amoldado a los ciegos. Imagina que no fue algo que se dio de un día para el otro. Como la vejez, piensa. Uno no se levanta una mañana para descubrir que le aparecieron arrugas junto a los ojos y el pelo empezó a ralear. Son cambios paulatinos y constantes que por sí solos pasan desapercibidos. Pero en conjunto constituyen una revelación innegable e irreversible. Castillo asume que con el pueblo pasó algo parecido. Tal vez en un tiempo funcionaba el semáforo, los negocios tenían carteles que anunciaban el nombre o el ramo, las calles tenían un nombre pintado en las esquinas, había puestos de diarios y revistas cada dos o tres cuadras. A lo mejor, también, en otros tiempos, había gente que podía ver y que no vio lo evidente. Gente que ni siquiera notó los primeros cambios: una calle que amaneció con los nombres tachados con pintura blanca, la desaparición de los espejos en los baños públicos, la paulatina ausencia de carteles y marquesinas. Gente que sólo se dio cuenta cuando ya era tarde, cuando el pueblo ya estaba —para siempre— en manos de los ciegos.

Castillo vuelve a la casa de Ismael y pregunta si aparecieron los demás. El viejo niega. Los espera por horas. En la calle hay algunos ciegos que conversan o escuchan la radio, uno que barre la vereda. Cada cual sigue su rutina y Castillo no puede hacer otra cosa que mirar cómo pasa el tiempo.

Atardece sobre los techos grises. El espectáculo lo conmueve pero es una sensación que dura poco. La reemplaza la inquietud de la noche que cae.

Cuando el viejo se asoma y le dice que la comida está lista Castillo entra a la casa. Sigue sin tener noticias de los otros dos. Se pregunta cuántos platos habrá puesto el viejo en la mesa. Trata de adivinarlo en la penumbra pero no puede.

La noche es larga otra vez. Todas las que le siguen son largas. Los días pasan y aunque al principio se empecina en preguntar —al viejo, a los ciegos de la calle, a los empleados de las tiendas, a los chiquitos que juegan al fútbol—después de un tiempo Castillo deja de hacerlo. Al fin y al cabo le dejaron el auto, y aunque siempre le falta algo —cuando por fin arregla una cosa el ciego del taller le muestra la sonrisa sin dientes y dice que ahora falla tal otra— se consuela pensando que algún día se va a marchar.

Algún día.

Mientras tanto pasa la tarde tumbado en un portal, haciendo tintinear una taza con dos o tres monedas. Los ciegos pasan a su lado con lentes oscuros y bastones y a veces le dejan algo. Castillo descubre entonces —o cree descubrir— que todos los ciegos se parecen. Incluso en ocasiones cree vislumbrar o reconocer, detrás de los anteojos, en el extremo de un bastón que avanza a golpecitos por la vereda, a uno de sus compañeros de viaje. Álvarez, o a lo mejor Palacios. Ya no recuerda cuál es cual, y si en verdad se parecía a ese ciego que acaba de pasar. Castillo guarda la limosna en el bolsillo. Deja siempre dos o tres monedas en la taza: no muchas, las suficientes para orientar a los demás por el sonido.

Clin clin, clin.

Los ciegos le arrojan moneditas y se olvidan de él.

Clin, clin, clin.

A Castillo le gusta pensar que se olvidan de él.    

 


Javier Núñez según él mismo:

Nací en Rosario, en mayo del 76. Soy editor web en una empresa de servicios y padre de tres hijos. Ya desde chico era —lo sigo siendo— un lector compulsivo y desordenado de libros e historietas. Crecí tratando de contar mis propias historias, a veces con palabras, a veces con dibujos. A los trece años publiqué mi primer cuento a través de un concurso y supe que quería seguir haciendo eso. Me entregué a una formación azarosa que consistía en leer sin ningún tipo de orden ni método e imitar a los autores que me gustaban. Las preocupaciones por la forma y el estilo vinieron mucho después.
En algún momento, también, me frustré y quise dejar de escribir. Me pasé dos años tratando de ser otro. No pude. Entonces abrí un blog cuando todo el mundo lo cerraba; después publiqué un libro de cuentos (La risa de los pájaros, Editorial Ciudad Gótica, 2009) y empecé a escribir contratapas ocasionales en Rosario/12. Ahora tengo otro libro de cuentos en proceso y una novela inédita que fue finalista del premio Emecé 2011. Y sigo tratando, cuando puedo, de contar mis propias historias.

Otro cuento de Javier Núñez publicado por eSe:
Simetrías

 

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