«DSPS 26 DIAS SIN SABER D EL APARECIO EL GORDO MUERTO AYUDAME STOY EN LA COMIS 9 POR FAVOR NO LLAMES Q NO PUEDO»

Este SMS apareció en mi celular en un momento bastante inoportuno, lo cual teniendo en cuenta mi rutina diaria de complicaciones más o menos imprevisibles es cualquier hora del día. El «gordo» —deduje fácilmente— es Humberto Matter, el «Gordo», el único compañero de la secundaria del que todavía soy amigo y la que me enviaba el mensaje era su mujer, la «Terrible Micaela», con quien yo mantenía una desafección en sordina que se cocinaba al ritmo de las escasas oportunidades en que la veía; con el Gordo al lado, por supuesto. Mi amistad con el Gordo debe tomarse como eso que sucede cuando te ves más bien poco y se sostiene a fuerza de abstracciones ilógicas y una memoria común cuyos recuerdos son cada vez más lejanos.

Del resto del mensaje en sí tuve que esforzarme más: que el Gordo había desaparecido hacía veintipico de días y que había aparecido muerto me resultaba claro como el agua. Lo que no entendía mientras miraba sin ver la pantallita del celular —quizá porque ni la pregunta ni la respuesta estaban allí— era cómo, la muy infeliz, me había incomunicado con Humberto hasta el punto de no enterarme que hacía casi un mes que no andaba por los lugares habituales. Bueno, en realidad, me dije, quienes no sabíamos éramos ella y yo, pero en su lugar yo lo hubiese buscado e, incluso, le hubiese avisado a todo el mundo. Incluso me hubiese avisado a mí mismo.

Con el Gordo empezamos juntos la universidad, la misma carrera. Él tenía muchos problemas con el estudio porque era de esos tipos impacientes ocupadísimos en hacer cosas que estaban siempre en otro lado, no importa dónde estuviera él; hacía preguntas que terminaban en callejones sin salida o que desconcertaban a los catedráticos; se concentraba en el aleteo de una polilla que, dos minutos después, distraído con otra cosa, mataba de un manotón sin saber realmente qué estaba haciendo; se pasaba diez horas pensando cómo hacer en diez minutos algo que llevaba quince minutos de concentración. Yo era el opuesto, metódico, enfocado y, seguro, apegado a principios tan aburridos como la Navaja de Occam. Él captaba el 40% de lo que yo, pero era el 40% importante y eso lo convertía en una molestia para los demás, porque el 60% lo aburría. Dejó la carrera de repente, aunque era predecible, se fue a Europa y estuvimos sin vernos casi una década. Algunos llamados esporádicos después, volvió de España con una mora —Micaela misma, la Terrible como yo le decía— y puso una puntocom en el recientemente conquistado a las ratas Puerto Madero. Era un pope informático en la Madre Patria, un tío de peso. La horda neoliberal noventista tocaba retreta en todos los rincones del país, para beneplácito de doña Micaela, que adoraba a estos sudacas tan neoprimermundistas. Excepto a este que suscribe, claro.

Con la mora, desde que nos vimos las caras, comprendimos que nos teníamos que odiar inmediatamente. Fuimos unánimes en eso, pero discretos. Éramos como dos amantes tramando delante del cornudo un desamor sideral. El Gordo hubiese remediado la antipatía con una ménage à trois bautismal si lo hubiese sospechado, porque así es él. O era. No es que Micaela no lo quisiera al Gordo, lo quería mal: despojado de su locura de saltimbanco intelectual, moral y espiritual. Se creía capaz de redimirlo, algo que no estaba en discusión para mí, pero discutía el mero acto de que el Gordo debiera ser redimido. Ella temía, tal vez, que también lo fuera en el plano sexual —lo era— y por las dudas lo cortaba de raíz, antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, él siempre encontraba una nueva faceta que ella no anticipaba, que se le aparecía como un camión de frente en un camino con curvas. A mí me celaba porque el Gordo me quería incondicional y bastante irracionalmente, no porque yo no fuera un buen tipo —algo que sin duda ella ponía en duda. Para Humberto, yo era una especie de mojón fijo, algo a lo que volver, tal como cuando volvió de España con esa andaluza complicada y llena de mohines. Lo irracional es que él nunca supo por qué me quería; lo hacía, nada más, y eso la volvía loca.

Salí a paso vivo para la comisaría novena, a unas diez cuadras del lugar donde yo empecinadamente evitaba las bondades de la vida de la gente normal. No tenía tiempo para tomar una cerveza helada viendo un partido, dormir siete horas de un tirón, tocar el piano y/o coger regularmente con alguien que no tuviera un taxímetro adherido al hipotálamo. Mi vida iba del teléfono a la computadora, de correr de Tribunales a un cliente, de dormir en la oficina a no dormir en absoluto. Para mí el trabajo es mi vida, pero es posible que sea también mi muerte, como pienso cada vez que estoy por mandar a todo al diablo, aunque después duerma cuatro horas y se me pase. El Gordo no me decía nada, él no, porque él no decía, hacía. Me llevaba de prepo a tomar aire —decía él— a lugares tan equívocos para tal fin como los prostíbulos del Bajo, de los que salía en cuanto él se emborrachaba lo suficiente, es decir, a los veintiocho minutos.

La Novena era una comisaría típica. No me gustan los policías, pero no es que «no me gustan» signifique que los odio, o algo por el estilo; más bien los evito; y si no los puedo evitar, los ignoro. Pero en una comisaría se hace difícil, es como una terapia de shock en azul, negro y gris. En la salita de espera, presidida por el infaltable mostrador con el más infaltable todavía suboficial escribiente que se cree general del ejército prusiano, esperaba la Terrible Micaela. Sus ojos, en cuanto me reconocieron, hicieron un gesto circular acompañando una levantada de cejas, mientras una uña así de larga fue hasta el centro de los labios, indicando que mejor no hablara y que saliéramos.

En la vereda, con la Terrible Micaela caminando delante mío mientras buscaba en su cartera un encendedor para el cigarrillo que se llevó a la boca, nos cruzamos con Fellici, un policía bastante jodido al que una vez casi salvé de que lo dejaran ciego. Casi salvé, digo, porque un ojo perdió sin remedio. En fin, es quizá el único policía que simpatiza conmigo, aunque yo no encuentre aún razones para no desconfiarle, incluso a su simpatía plena, que yo considero exagerada o a la que le sobra un cincuenta por ciento, por lo menos. Me hizo un gesto de reconocimiento, pero miró a la Terrible con su ojo sano y se quedó un segundo sin habla, que aproveché para hacerle el mismo gesto que Micaela había hecho recién para hacerlo callar a él también. En rápida secuencia hice una «T» con mis manos para indicarle que después hablaría con él.  Me levantó un pulgar. Qué elocuentes estábamos.

En la esquina la española se detuvo, giró y me miró a los ojos, en silencio. Yo veía esos mismos ojos coléricos, llenos de reproche —no sé por qué siempre me sentí en falta delante de ella, un delincuente repugnante, o que olía mal o había hecho algo imperdonable, no importaba si me miraba un segundo en toda la tarde, o más bien, a causa de ello— pero de repente perdieron el brillo metálico del odio y se inundaron de lágrimas a la par que enrojecían. Mordió el cigarrillo, los labios le temblaban. Esperaba, quizá, que yo la abrazara, porque se acercó apenas un palmo, como buscando el contacto. Debo haber olido su perfume con alguna parte del escroto, porque tuve una erección y me hice dos palmos para atrás, otra vez a la defensiva, asustado porque iba a notar el efecto tan contradictorio que producía en mí. Me faltaba sexo, ésa era la verdad, pero ella no podía adivinarlo. O sí.

«Tú viste a Humberto». La falta de entonación hizo que la frase sonara más a una orden que a una pregunta. Quedé confundido, porque yo realmente no lo había visto desde hacía unos meses. Cambió, ahora sí, de tono, como refiriéndose a otra cosa: «a ti Humberto te quería, era un buen chaval». El Gordo era un buen tipo porque me quería, aunque fuera una basura o algo peor, «me llamaron aquí porque apareció muerto en el Riachuelo, con dos tiros en la espalda. Por la espalda», tomó un respiro con la repetición, «parece que un arma calibre veintidós. Hacía varios días que estaba muerto, en el agua. Estaba casi irreconocible, pero era él. Tenía el tatuaje del águila en la espalda, un balazo en cada ala. No me llamó en todos estos días». Con las lágrimas a punto de volcarse por el borde exterior de los ojos —tan almendrados los tenía— terminó la frase como un reproche, no podía con su genio.

Dos leves chispazos relumbraron otra vez y miró a través de mí, pero realmente miraba otra cosa, algo que en realidad estaba dentro suyo, por lo que el odio recurrente no se hizo manifiesto. «El problema es que yo, primero, no tengo a quién recurrir, estoy sola sin el Gordo; y segundo, nos habíamos peleado y me había escurrido de la casa, no tengo tampoco prueba de dónde ni con quién estaba, pues estaba sola en el departamento de soltero de Humberto, él sabía que estaba ahí y lo esperé. Cuando a la semana no tuve noticias y volví a buscar ropa, fue evidente que hacía bastante que él se había ido, pues encontré la heladera con la puerta abierta y todo en su interior echado a perder, un asco. La caja fuerte estaba abierta, también». «Pequeño detalle», me dije, mientras imaginaba la casa que no veía desde hacía casi un año. Con el Gordo nos encontrábamos, a veces, en ese «departamento de soltero»: una pocilga en Villa Lugano que vaya a saber por qué el Gordo todavía mantenía medianamente habitable. Posiblemente lo usaba de lugar de encuentro con sus amantes, pero la función principal de un bulín es que sea secreto y hasta Micaela tenía llave de ese lugar.

Hizo una pausa, esperando mi reacción, o no esperándola, no sé, porque siguió hablando. Tengo que decir, en este punto, que gracias a mi profesión soy muy bueno escuchando. Soy metódico con los datos y prolijo con los detalles, automáticamente encasillo y clasifico la información —o la falta de ella— de acuerdo a un orden semiconsciente que procesa a gran velocidad. Pronto comienzan a encenderse luces en las casillas a las que falta información y me distraen y tengo que detenerme y hacer preguntas, pero no le iba a preguntar a la Terrible. Por ejemplo, la caja fuerte, su mención, parecía indicar que había allí dinero. No sé por qué supuse que era un dinero importante. Algo no me gustaba de todo esto. Lo dejé porque no quería que se diera cuenta y me abofeteara por estar en Babia.

«Humberto tenía una amante», respiró como con dolor, «y me acusaba a mí de tener algo con su socio, lo cual era una infamia, apenas lo conozco. Ella es una bailarina», se me dibujó una sonrisa casi imperceptible, involuntaria, al imaginarme al Gordo lleno de purpurina entre los pechos de una diosa del burlesque y la gallega haciéndole una escena unas horas más tarde. «¡Una bailarina clásica, gilipollas!», me espetó, descifrándome mejor que mi madre, que Dios la tenga en Su Santa Gloria y no la deje salir por toda la Eternidad. Me maldije por todo: por la erección, por estar a la defensiva, por la sonrisa que había dejado escapar, porque ella estaba más alerta que yo a mis instintos, incluso en ese estado, porque otra vez me sentía sucio, bajo, rastrero. Volví a odiarla, como siempre hacía, porque yo no era nada de eso, no era más que un tipo común, con un oficio común, con instintos comunes. El Gordo, su Humberto, era una bestia desbocada, lo había visto con strippers, travestis y vedettes en ascenso y descenso; incluso sabía que era bisexual, aunque a mí nunca me lo dijo abiertamente. Sabía que él buscaba esas peleas para tener un respiro; en alguna ocasión, le había dado alojamiento, incluso. Pero desde hacía unos años su capacidad para los negocios había cuajado en un pasar económico que le hizo desdeñar mis modestas comodidades, aunque él decía que no quería ponerme en aprietos con La Terrible que buscaba, en las reconciliaciones, justificar al Gordo viendo en mí al Fausto que lo descarrilaba.

Se quedó en silencio el tiempo suficiente para que yo recordara al tan mentado —por Humberto— socio cubano, a quien nunca visto. En varias ocasiones me lo había descrito, en anécdotas más bien risueñas, imitando su acento bastante mal. Me preguntaba qué negocios tendría con él. Mejor no preguntar.

La Terrible Micaela miró por sobre mi hombro, hacia la Comisaría. El «Pirata» Fellici venía con su ojo sin tapar mirando largo hacia nuestra esquina, casi a la carrera. Cerca le vi la cara seria, con alguna mueca incluso. «Vamos para la Seccional, señores. Llegó el Secretario del Juzgado. Pensé que se habían ido». Me miró de soslayo, sin hacer un gesto de reconocimiento. Me preocupé.

Micaela tiró el cigarrillo y se dejó llevar por Fellici, que la conducía hacia la Comisaría con gentileza pero con la convicción de un subordinado obedeciendo una carajeada. En un tris estuvimos otra vez delante del General Prusiano, que atendía unos escritos, algunos partes del frente ruso quizá. «Vos quedate acá», me dijo el Pirata Fellici, «no tenés un pito que ver en este circo, esperame afuera». No sé si fue un reproche o lo dijo para que me sintiera aliviado. Como fuera: no me sentí nada aliviado.

Micaela se había puesto otra vez la careta de La Terrible, daba miedo mirarla. O a mí me daba miedo, tengo que reconocerlo. Se cuadró, o mejor, alzó los hombros, y lanzó un suspiro. Un bufido, más bien. Cómo me costaba leerle los gestos a esa mujer.

Vino otro agente; éste sí, el típico boludón de Comisaría —el uniforme en falsa escuadra, los borceguíes vírgenes de betún, la barriga desafiando los límites de resistencia de la industria textil moderna— para llevársela puertas adentro, al despacho del Secretario. Salí a la calle, preocupado porque el celular, que a estas horas solía abundar en instrucciones, pedidos de disculpa de mi parte y urgencias varias, estaba sospechosamente mudo. Como temía, estaba apagado. Iba a continuar así porque no me animé a encenderlo hasta que no hablara con Fellici y pudiera volver a mi abrumada pero confortable cotidianeidad. Me preocupaba, el Gordo, claro. Más me preocupaban las omisiones de la Terrible, que no se sostendrían dos minutos ante un Juez de Instrucción. El Secretario, en realidad, sólo le iba a tomar declaración, pero yo no estaba seguro de nada. Humberto daba para cualquier cosa y las emociones de esta mujer también.

La justicia, sin embargo, concentrada en hacer el trabajo fácil y evidente antes que el subyacente y más difícil, iba a cerrar el caso de Humberto sin encontrar jamás la verdad. Lo había visto tantas veces que no me resultaba difícil imaginarlo. Su criminología —el estudio de los delincuentes fracasados, como reza el dicho— se reduce más bien a suponer que todos los delincuentes son idiotas repetitivos: el mayordomo tránsfuga, la esposa que quiere cobrar una herencia o el seguro, un tipo con quien la víctima había discutido, o nadie, en definitiva. Por supuesto, un caso se justificaba a sí mismo cuando era extremadamente complicado y quedaba sin resolver: el saber policial no tenía nada que hacer allí. Estas citas «en sede policial» lo probaban, no llevaban a nada, sólo cumplimentaban unos expedientes que eran necesarios porque habían encontrado un muerto en el Riachuelo sin identificación. Con voluntad de investigar irían donde estaban los datos. Suspiré, fastidiado, mientras miraba el celular apagado. De repente tomé la decisión. Bajé a la calle, paré un taxi y le di como dirección una esquina de Flores. Gran puteada iba a pegar Fellici cuando no me encontrara; lo iba a mensajear más tarde, cuando tuviera algo para decirle o valor para encender el celular.

Pensé en el Gordo flotando en el Riachuelo y en el tatuaje que nunca había visto pero del que tenía conocimiento de primera mano: seis meses atrás, Humberto se había tatuado un águila imperial en la espalda con precisión casi fotorrealista y el proceso le había provocado enormes inconvenientes con Micaela, porque odiaba los tatuajes, según me había dicho él. La tarde que se hizo el trabajo me llamó desde el local pidiéndome que lo fuera a buscar en auto porque andaba a pie. «Tomate un taxi, boludo, estoy en medio de un quilombo», le dije, pero insistió, quería verme. Me esperaría en la esquina de Rivadavia y Nazca el tiempo que fuese. No estaba yo en una de mis mejores jornadas, me había ido desplazando geográficamente del lugar donde solía estacionar el auto y tuve que manifestarle el reparo temporal de tomarme un taxi, cruzar el microcentro y rogar que no hubiese un embotellamiento de camino a Flores. Después de cortar recordé el subte, y a pesar de cierta renuencia personal a tomar transportes públicos, salvé en cinco minutos lo que pensé serían treinta soportando a un taxista malhumorado. Subí a mi auto y salí derecho por Rivadavia, con los semáforos sonriéndome en verde. Estaba a menos de cien metros de las coordenadas cuando vi la silueta inconfundible del Gordo. Debo decir a esta altura que le decíamos «gordo» por costumbre, la española había conseguido hacerle adelgazar por lo menos treinta kilos con una dieta espartana y torturándolo con un personal trainer bastante sádico. Con su metro ochenta y cinco, su cabellera amarilla y su vestimenta chillona, hablaba con una persona que yo no conocía. Me estacioné enfrente y toqué bocina, Humberto miró y se sobresaltó, no me esperaba tan pronto. Dio vuelta sobre sus talones sin hacer ningún gesto de despedida al desconocido y, cruzando por el medio de la avenida, como era su costumbre, pasó por atrás del auto —lo vi hacer un gesto por el retrovisor a la persona que había quedado enfrente— y se metió del lado del acompañante.

Necesitaba que lo llevara porque la Terrible Micaela estaba que echaba chispas por lo del tatuaje y le había escondido la llave del auto, los papeles del seguro y el registro. Desde hacía unos días estaba yendo y viniendo en taxi. «¿Desde cuándo te gustan tanto los tatuajes?», le pregunté. Quedó en blanco, mirándome sin responder, y empezó a reírse, como yo bien sabía que hacía cuando no quería ser preciso con algún detalle oscuro de su vida. Era una forma suave de decir «qué te importa», algo que podía decirme sin ningún problema porque nos habíamos dicho cosas mucho más pesadas sin ningún problema. Él era así.

El tema del tatuaje terminó siendo agua de borrajas vaya a saber cómo, estuve ocupado todo el tiempo siguiente sin respiro y ni me acordé del Gordo, sus risas y el tatuaje. Pero ahora estaba el tema del águila en mi cabeza haciendo parpadear esa luz en el casillero de las omisiones. Mientras trataba de recordar, prendí el smartphone y sin prestar atención a sus súplicas de atención googleé «imperial eagle tattoo» y en Wikipedia también busqué «tatuaje». Allí me enteré de varias cosas: que hay tatuajes veganos, que los permanentes pueden quitarse con láser y que también los hay temporales, hechos con henna egipcia, que duran un par de meses. «Qué interesante», me dije. Puse el celular en mute para no tentarme.

A quince metros de donde había levantado al Gordo aquel día le pedí al taxista que me esperara y me bajé. Me metí en la única galería que había en la cuadra, seguro de encontrar, en los fondos de la misma, un local de tatuajes. Así fue, «Rocco Tattoo» decía el cartel en la vidriera. Entré y curioseé un poco, ante la mirada desconcertada de la dependienta del local, pues era evidente que yo no era un posible cliente. Pude ver, en el sector que esos locales tienen para las fotografías de los trabajos hechos, entre otras fotos, dos águilas imperiales muy detalladas en dos espaldas diferentes. Casi podía decir, con una seguridad de un noventa y ocho por ciento, que la espalda de la izquierda era la del Gordo Humberto, porque era tan blanca como la suya. Le pregunté a la muchacha si hacían tatuajes con henna y si usaban técnicas veganas —esperaba sonar bien frívolo y formando parte del conglomerado snob que odian los que se hacen tatuajes de verdad, como esta chica que tenía Pequeños Ponys tatuados en los brazos y en el cuello, vaya a saber Dios por qué. Me dijo que sí, que utilizaban todas las técnicas, de acuerdo a cada cliente. Le pregunté si podía tomar algunas fotos con el celular porque quería consultarlo con mi pareja, a lo que accedió, y saqué seis o siete como al azar, pero cuidando de enfocar muy bien las águilas. Agradecí y apagué el celular mientras volvía al taxi con un chasquido en los labios. El taxista me miró enfurruñado cuando le di una dirección en Villa Lugano.

De camino, me arriesgué a prender el celular de nuevo, que inmediatamente empezó a quejarse y dar cuenta de todos los llamados y mensajes que habían estado en el limbo de las obligaciones que no se atienden cuando corresponde. Ignoré todo y mandé varios mensajes a Fellici. Tenía en mente una serie de posibles escenarios al llegar al departamento de soltero del Gordo, así que quería tener las espaldas cubiertas.

Despedí al taxista una cuadra antes, para su alivio. Estudié, al llegar a la esquina, qué ángulos me harían menos visible desde el segundo piso y traté de evitar esos puntos mientras me acercaba a la puerta del modesto edificio. La sorpresa me sería de gran ayuda, sobre todo si había algún contratiempo indeseable. Como suponía, a esa hora la puerta permanecía abierta, así que subí los dos pisos por la escalera hasta el departamento sin contratiempos. Olía a lo que huelen los edificios sin consorcio ni portero: coliflor, orín de perros y mugre de décadas. Golpeé la puerta del Segundo B. Una voz masculina, algo familiar pero con un acento extraño, me preguntó quién era.

—Soy amigo de Humberto, tengo que entregarle un sobre.
—Humberto no está y no puedo recibir nada en su nombre. Vuelva en otro momento —el acento de la voz en sordina detrás de la puerta sonaba a un cómico decadente imitando a Fidel Castro. Le seguí el juego.
—El sobre lo manda Micaela Sánchez. Lo entrego y me voy, tengo muchas cosas que hacer. Es importante, me pidió que lo entregara sí o sí —dije a voz en cuello, apostando a los vecinos curiosos. Algunos pestillos con lubricación pobre me avisaron que un par de puertas se entornaban respondiendo al batifondo, e incluso la del Segundo B se separaba del marco, lentamente. Una mano salió al pasillo por entre el marco y la puerta, separados unos quince centímetros.

Di un paso atrás y pateé con toda mi alma. Exageré un poco la fuerza, pero no podía saberlo, jamás lo había hecho antes. La puerta se abrió acompañada por un grito de dolor: aparentemente le había dado al tipo en la cara de lleno, haciéndolo retroceder hacia el interior y franqueándome el paso.

Estaba deslumbrado cuando entré, el interior me pareció muy oscuro. Me latían las sienes, por la adrenalina y por cierto miedo visceral. El desconocido me esperaba retrocediendo aún algo agazapado, con una mano en el rostro donde había recibido el golpe; a pesar de la posición y la oscuridad podía ver que era bastante alto, robusto y que tenía el pelo corto y canoso. No era ni Fidel Castro ni un cómico de televisión, por lo que supuse que era el socio cubano de Humberto. Tal vez, tan cubano como un Cohiba de cincuenta centavos, según el acento. Cerré la puerta a mis espaldas porque los vecinos empezaban a asomarse.

—¿Qué mierda le pasa? Voy a llamar a la policía —me interpeló aún con la mano en el rostro y sonando cada vez menos cubano y también asustado.
—Nada, en realidad —dije calmadamente— no nos conocemos, pero Humberto me habló varias veces de usted. Soy, y esto es verdad, amigo personal de él, y estoy investigando su muerte —se enderezó cuan alto era, recobrando el espíritu, bastante más alto que yo incluso. Me tocó perder un poco más de ese espíritu a mí ahora, al verlo tan contundente, pero algo estaba muy mal en todo el asunto y estaba decidido a correr el riesgo. Se lo debía a Humberto.
—Yo no tengo nada que ver con la muerte de Matter. Si me disculpa —intentó hacer un gesto con la mano izquierda como invitándome a salir, tenía la derecha aún en la cara. Mi vista empezaba a acostumbrarse a la penumbra.
—Pero este departamento es de Humberto —le espeté cortándole el paso, por lo que retrocedió otra vez, dando un paso atrás y al costado, buscando caber en el hueco más oscuro del comedor, casi al lado de la puerta del dormitorio —puede que haya muerto, pero es extraño encontrármelo aquí. En cualquier momento allanarán este lugar y tendrá que dar explicaciones incómodas. Empiece dándomelas a mí, que al menos soy de confianza.

El dudoso cubano estaba con una bata de toalla bordó que reconocí era de Humberto. Parecía recién salido de la ducha; el cabello todavía estaba húmedo y sin peinar.

—Tengo una explicación lógica, pero deme un minuto que me adecento —su acento casi había desaparecido. Hizo otro paso lateral hacia el dormitorio, ganando la puerta y girando sobre sí mismo, dándome la espalda. Se detuvo, en un gesto algo teatral, y se sacó la bata mostrándome una espalda limpia, aunque mucho más blanca de lo que se esperaba en un caribeño.

Su imagen se desvaneció en el interior de la habitación contigua, todavía más oscura, mientras se oían algunos cajones siendo abiertos y cerrados. Yo seguía confundido, debía confrontar algunas dudas antes de aclararme del todo. Este falso cubano habrá engañado a Micaela —me dije—, tal vez a Humberto, pero no a mí. Lo esperé, pero realmente temía que volviera pertrechado para una guerra. Después de todo, pudiera ser quien mató a Humberto y no le interesaría conversar mucho más conmigo.

Reapareció vestido con un equipo deportivo y el cabello peinado hacia atrás. Por lo menos no tenía un arma en las manos, sino un pañuelo de seda con el que se tapó la nariz herida en cuanto salió al comedor. El pañuelo, que también reconocí era de Humberto, me impedía ver su rostro completo. Intentó hacerme otra vez una seña como invitándome a salir, olvidando su ofrecimiento de explicación. Me harté del paso de comedia.

—Usted no es quien dice ser, y todo esto es muy sospechoso. Si es cubano o no es algo que me tiene sin cuidado, pero tiene que explicarme qué caraj… —no terminé la frase. De repente, mentalmente, fui desesperadamente gaveta por gaveta, buscando las piezas del rompecabezas, hasta que se me reveló su esencia. Me dio una puntada en el estómago.

El cubano no era cubano ni era un imitador de Fidel Castro: era Humberto. Un poco de matizador, el intento de imitar el acento y, por sobre todas las cosas, la ausencia del tatuaje que había provocado la ira de la Terrible no lo convertían en otra persona. No para mí, por supuesto.

Golpearon la puerta con vigor. Yo sabía que era Fellici. Di un salto hacia la puerta pero Humberto, que había quedado a mitad de camino y era más corpulento, me sostuvo. Alcancé a pisarle el dedo gordo del pie, más torpeza que otra cosa, y me soltó. Me estaba empezando a gustar eso de pegarle. El cuarto se iluminó al abrir la puerta con Fellici hecho un bulldog listo para morder acompañado con cuatro policías.

—Pase, Fellici, acá está Humberto Matter —entró con cautela y miró a Humberto —decile hola al Oficial, Gordo, dejate de joder con eso de hablar como Amelita Baltar.

El Gordo me miró con los mismos ojos asustados, pero enrojecidos por el dolor del pisotón.

—Eras el único en el que desconfiaba —me dijo con una sonrisa—. Cometí un error el día del tatuaje, pero como Micaela te odia con toda su alma, ni se me cruzó por la cabeza que iba a llamarte —el Pirata nos miraba confundido. Los otros policías se agruparon en la puerta y taparon la luz que entraba al comedor, por lo que encendí la luz eléctrica. El Gordo quedó encandilado y con la cara descubierta por primera vez, un hilo de sangre cayéndole por la nariz. Al ver la sangre, Fellici me miró más desconcertado. Los policías enfundaron las armas, pero quedaron a la expectativa en el pasillo.

—¿Qué te llevó a hacer esto, Humberto?
—¿Vos sabés lo que es tratar de escaparse de Micaela? Bah, sí sabés. Sólo muerto me iba a dejar la gallega, así que me morí.
—Pe-pero —a Fellici le tocaba ahora armar el rompecabezas —¡hay una persona muerta identificada con sus señas particulares!
—El tipo que usted encontró —le expliqué a Fellici— no era más que un pobre infeliz al que este señor le pagó para que se hiciera el tatuaje, con una generosa propina consistente en dos tiros en la espalda, a la vez que él se hacía el mismo tatuaje pero temporal. Tengo acá en el celular la prueba de que se hicieron dos tatuajes idénticos. Después Humberto confió en el agua del Riachuelo, la candidez de Micaela Sánchez y en la desidia policial. No contó con que un amigo de verdad —dije con tristeza y marcando la ironía— no se rinde, incluso si tiene que descubrir que el amigo muerto es su propio asesino.

Dicho esto, me corrí a un costado para darle paso a la jauría. Fellici hizo una seña y le cayeron a Humberto como lobos disputándose una presa. Salí, no quería ver qué pasaba. Estaba furioso con el Gordo, pero también con Micaela; sobre todo con ella: había conseguido separarme de Humberto para siempre.

Prendí el celular y empezaron a llover los mensajes.

 


Daniel Mucetti según él mismo:

Nací en Capital Federal, hace cuarenta y cuatro años. Por cuestiones familiares (y políticas), viví y me eduqué en varias localidades del país, aunque considero mi principal fuente de educación los libros, que empecé a frecuentar desde los cinco años. Mi formación académica siempre ha ido por detrás de mis lecturas, sin mucho vigor y con la lengua afuera. Me gano la vida, entre otras muchas cosas, como editor y redactor publicitario digital, programador y analista de sistemas informáticos, pero fui (o dejé de ser) pintor, bombero, idealista, curtidor de pieles, disc jockey, pizzero, peronista (también pizzero peronista), vendedor puerta a puerta, chico para todo lo que se enchufa y tiene teclas (aún lo soy pero ahora me dicen “señor”), católico, letrista, artesano, ateo, proyectista de cine, mecánico fabril, hincha de Boca y, sobre todo, dejé de ser una persona que da todo por seguro, contado y definido. Tengo tres hijos, dos nietos y muy pronto me casaré con una periodista digital que escribe mucho mejor que yo y de la que pienso vivir si el mundo descubre su talento y la llena de dinero.
Desde 2004 he abierto y cerrado numerosos blogs, sólo sobrevive la bitácora personal de mi alias en la red, Fender; porque soy, sobre todo, un guitarrista que busca distraerse en tonterías para no triunfar en la industria musical.

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Película de amor
N.N., Q.E.P.D.

 

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