La primera impresión suele ser errónea: en Rosario, la poesía es la forma más difundida de su literatura. Los festivales, los ciclos en vivo, las pequeñas editoriales artesanales, el cancionero, las nuevas tecnologías, todo contribuye para la difusión de un arte que muchos dan por muerto y sin embargo insiste en rondarnos espectralmente. Su origen ignoto es el canto de los esclavos; su origen célebre son las cortes y los príncipes. Hoy la poesía dista mucho de esos lugares, pero quizá sobrevive la tensión de sus orígenes: capturar lo que juzgamos ha pasado y creemos vale la pena rememorar, desafiando la brevedad de nuestra participación en tales actos, dándole un ritmo o una música particular que termine por fundirse con la partitura del tiempo. Dejar alguna huella que pruebe que se formó parte de algo. Pero no sólo Homero, Virgilio, Milton y sus grandes epopeyas, Dante y su comedia, o la obra universal de Quevedo y Shakespeare, se afirman sobre estas huellas, sino también sus inéditos protagonistas, el más anónimo de nosotros.

Actualmente, la relación que habita este arte entre lo efímero y lo inmutable, entre el desplazamiento y la estela de lo desplazado, tiene un aspecto diferente al de su origen. Lo épico ha dado lugar a mentiras más burocráticas, las cortes sin trono y los príncipes sin alcurnia se perpetúan en la estadística y otros festejos, y las grandes planicies de lo desconocido se mudan extenuadas a las grandes ciudades, donde el futuro debe ser hoy y la poesía, demasiado atediada por la realidad y el presente, vive o muere en el instante.

El libro El hit del verano de Ramiro García y Tomás Boasso (Editorial Tropofonia, 2010), pertenece plenamente a la urgencia del presente. El horror vacui se traslada al tiempo y es absoluto. El pasado son ruinas y el futuro es sospechoso. Puede que este recelo no se deba al fin y al cabo a la supuesta muerte de la historia, sino en cambio a la creencia de que la historia habría sobrevivido, pero el tiempo mismo no, dejando de ser el valor fundamental de toda posibilidad de organización de las ideas y, quizá, de las acciones. Una intuición sostenida y aquejada por aquel dicho que la define: un reloj roto todavía da la hora dos veces por día.

Cuando se hace muy difícil hacer distinciones de género, puesto que las tragedias son mínimas y ubicuas y todo está en estado líquido o gaseoso, el verso libre, afianzado en el siglo pasado para combatir un cierto atroquelamiento, amaneramiento o estancamiento dentro de las formas, es aquí y ahora la puerta de ingreso y no de salida a la creación. La métrica del verso blanco, del alejandrino, del hexámetro, las rimas del soneto italiano o inglés, de la copla, el arte mayor o menor, todo corsé ha dado paso a un uso personal de la música y de la respiración. El verso libre y el tono oral buscan hacer fluir el testimonio de un horror habitual.

Debo confesar que no soy un gran lector del aquí y del ahora. Desconfío de ambos. Me los encuentro siempre desplazados: el ahora lo encuentro un poco más acá o allá; el aquí, en el recuerdo o en el deseo. Sólo en sueños he podido juntarlos. En ocasionales pesadillas. Pero pude distinguir a grandes rasgos los motivos de la irritación: el consumo, estandarte de la falsedad, al que de todas maneras se está sometido sin escapatoria; la conformidad, símbolo de la victoria de las (falsas) virtudes sobre los (supuestos) vicios, que se avecina a paso firme; las caras y caretas, que esconden las cualidades espurias de los otros pero no tanto las propias; la decadencia, resultado de la civilización occidental que ha escondido ciertos valores que se poseían originalmente cuya posterior perversión dio lugar a la cosificación de la realidad y a la multiplicación desenfrenada de todos los males antes citados. La enumeración fervorosa de estos malestares podría ahuyentar a un lector poco adoctrinado; sin embargo, el acento no es apocalíptico, sino más bien indolente, de manera que la perversión y el mal pueden aceptarse de forma banal para seguir con la lectura, como una broma macabra que hace Dios o alguna otra voluntad superior, sobre la cual no se tiene ningún control. De todos modos, no se escribe para lectores exóticos, ni hostiles. En la oralidad del relato se impone una imagen ideal de los amigos que comparten una anécdota, privilegiando, en un terreno lindero con lo narrativo, la lucidez inmediata y la intoxicación de las complicidades.

Las diferentes perspectivas de los hechos se hilvanan en el hit del verano, una música pagana que atraviesa todas las clases sociales y todos los rincones de una ciudad amanecida en el olvido. En esa ciudad se han olvidado los relojes para vivir el presente, se han olvidado la mayoría de las coordenadas geográficas para dar lugar a un mapa íntimo cuyo relieve se deforma a medida se avanza sobre él.

En el primer poema, Disparando a matar, se inicia el camino con versos certeros:

El hit del verano esta en todo el mundo / como el espía y la miseria, el hit del verano / no se interrumpe / con anuncios comerciales, él / es el anuncio.

En la primera estrofa se proclama el concepto rector. El hit del verano grita fuerte. Aturde.

Inmediatamente luego, generando un sobresalto difícil de justificar, se escriben las líneas más enigmáticas del poemario:

Hit del verano, culo de niño / sodomizado arde / y aunque tome fuerza, nunca / es mejor que al principio.

Arriesgo a pensar que ese hiperrealismo evoca una intención de generar sobresalto para «quemar la grasa» de la poesía y de la realidad. Para empezar a generar un contrapunto entre la banalidad del hit del verano y la gravedad de las injusticias que éste trata de  esconder. Pero debo esforzarme para llegar a esta conclusión, que probablemente sea equivocada.

Más adelante, en Unisex, se ponen en relieve las contradicciones de género y la miseria:

Vuelve de la obra. / Se lava las manos, / se saca la camisa, / el calzoncillo agujereado. / [...] mea sentado, [...] hoy pintó dos habitaciones, / capataz nuevo / recibió insultos. / [...] Antes de elegir / el corpiño, la blusa, la pintura de labios, / antes de meter los forros en la cartera Vuitton trucha, / [...] antes de persignarse tres veces / [...] baila un rato más, / con los ojos cerrados.

La serie de collages apunta a dejar constancia de una incongruencia total entre los elementos que se combinan, cuestionando la pretensión de orden que tienen los hechos en la realidad y defendiendo el azar, un azar particularmente aciago, como elemento de cohesión en la trama de las historias mínimas que suman una historia mayor y desauciada.

La miseria es avasallante en El mangrullo:

La pastafrola que venden en la villa no es pastafrola. / El agua no hierve. / [..] Lleva puesta la remera de una campaña electoral. / [...] Un partido de fútbol sin volumen, / el hit del verano es el mismo en todas partes, [...] El asistente social ve un futuro desolador: / hay mocos en la bosta. / En forma de lluvia cae la polenta.

De esta miseria más económica se pasa a otra miseria más intelectual en Luto, en 3 días 2 noches...; especialmente en Graduación, que dice:

[...] relocalización. Hyundai Honda Audi, / nacional por los chicos, tapizados de cuero, / London Tie y Palm, palmean el discurso, / llega otro, abrazos que esconden el cuchillo, / hermano, gran hermano, ¿Orwell? 1984, / rebelión en la granja, no / no es Disney, congelados, aire acondicionado, / se ponen el saco / en el auto BMW MBA CEO head hunters, recursos ¿humanos? Rutini syrah roble / ¿pizza con champagne? ¡no, / cordero con malbec!

In crescendo, la miseria económica e intelectual desemboca en la banalidad.

En Panasonic, los nombres cobran vida y son más importantes que aquello que denominan:

Solía llevarse porno al baño, / ahora lleva el catálogo de muebles / [...] ¿qué sofá pega más con mi personalidad? / [...] Piensa que esta noche necesita un hombre / de apellido Panasonic.

La gracia de estas impresiones desopilantes y otras reside en no hacerse cargo de la banalidad y sentirla extraña, señalarla con el dedo. Cuando se apaga la risa, empieza a entrar sigilosamente la reflexión.

El ritmo sincopado, la ilación de monosílabos o bisílabos cortantes e incisivos, la geometría irregular de las estrofas, la iteración, los exabruptos y las jergas locales se agrupan hasta formar un desarreglo coral en Cero a Cero:

En el segundo tiempo, un plateísta ordena: / ¡Hacé un cambio, Sensini! ¡hacé un cambio! / A los cinco minutos, el director técnico / realiza el cambio. / ¡Era antes el cambio! Era antes..., reprocha. / El hit del verano es efímero.

El libro cierra con una secuencia de imágenes sobre el consumo y la pretensión de ser algo que no se es, o la avidez de tener algo que no se tiene: Shopping, En el supermercado, Pedal a distorsión..., y Mortadela. En Mortadela:

[...] no hay pobreza, no hay chicos que piden, / ni mugre en la calle, ni en la Torre de Eifel, / ni en el Coliseo, ni en el estadio de Munich./ La frustración sexual arde en un rincón de la billetera. / Para la realización personal, cuatro días y cinco noches.

La edición a cargo de Tropofonia es cuidada, hecha a mano, y ambiciona no convertir en mercancía un objeto, el libro. Y sí, porque hoy el libro es más que nada mercancía. Pero también al principio fue eso, y fue el registro arcano de los iluminados, y fue la huella profunda de las religiones, y la huella más sutil de los vencidos. Quizá, más allá de los libros, siquiera de sus autores, las palabras incisivas nos sobrevivirán allí donde haya dudas y ganas de escucharlas, cambiando sólo el modo de pronunciarlas, y continuando la caligrafía del golpe que nos hizo despertar del sueño.

 

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