Estábamos terminando de cenar cuando llegó el Chino, sin avisar, como de costumbre. Lo vi venir por la ventana, me levanté y fui hasta la puerta para no tener que hacerlo pasar. Nos dimos la mano —con el Chino nunca nos abrazábamos— y después me dijo que me abrigara, que hacía frío. En realidad, no sólo hacía frío, sino que llovía a cántaros y corría un viento helado.
—No Chino, en serio, hoy no salgo, estoy muy cansado —le dije.

Y era cierto, en esa época estaba rindiendo las últimas materias de abogacía en Rosario y las pocas veces que conseguía volver al pueblo sólo quería quedarme en mi casa, comer comida casera y descansar todo lo posible. Pero él insistió. Nunca se daba por vencido. No le importaba el clima, ni las excusas, ni nada. Me dijo que lo tenía todo planeado, que iba a ser una noche inolvidable, que no me iba a arrepentir. Yo sabía que mentía, y me resistí. Pero al final, no sé cómo, me convenció. Nos conocíamos de toda la vida y siempre había sido igual. De una u otra forma, terminábamos haciendo lo que él quería. Entré, busqué mi campera y me despedí de mamá y de Tamara que estaban todavía sentadas a la mesa, viendo televisión. Las dos me miraron sin contestarme el saludo. Creo que si me hubiera detenido un instante a pensarlo, me hubiera quedado. Pero no lo hice. Salí y subí rápido al auto. El Chino me esperaba con la radio encendida, me acuerdo que estaban pasando una de Charly. No pude evitar sonreírme cuando vi la cantidad de latas de cerveza que había debajo del asiento.

—Y eso no es todo —dijo, guiñándome un ojo.

La noche era auténticamente desoladora. En la calle no había nadie y los pocos bares que solíamos frecuentar estaban vacíos. Mientras dábamos vueltas en círculo, pasando una y otra vez por las mismas esquinas, me puse al tanto de las novedades de mis amigos: Juani: de novio; Arévalo: en Bueno Aires; Juárez: enfermo. Hacía mucho que no lográbamos juntarnos. El único que seguía teniendo contacto con todos y que sabía en qué andaba cada uno era el Chino y vivía eso como una suerte de responsabilidad, o de misión.

Al final, resignados, terminamos estacionando frente a la plaza San Martín. Reclinamos los asientos y brindamos antes de empezar a tomar.

—¿Y? —me preguntó al rato—. ¿Te vas a quedar en Rosario nomás?
—Es posible —contesté. El repiqueteo de la lluvia en el auto era tan intenso que tuve que levantar la voz antes de continuar—: Al principio es difícil, pero al tiempo uno se adapta.
—Yo estoy mejor acá —dijo—. La ciudad no es para mí.

Después estuvimos un largo rato sin hablar hasta que él se agachó, sacó un estuche de la guantera, lo abrió y empezó a armar un cigarrillo de marihuana.

—¿Y eso? ¿Dónde lo conseguiste?
—¿Por qué? Me vas a denunciar; cuervo —levantó los codos y produjo una suerte de graznido—. Cuervo, cuervo.
—No seas boludo.
Cuervo —dijo por última vez y volvió a su tarea.

Cuando terminó guardó prolijamente la bolsita, el paquete de papelillos y encendió el porro aspirando fuerte y profundo. El olor de la marihuana se impregnó de inmediato en la humedad del ambiente. Fumamos en silencio. Recuerdo que me distraje viendo el agua moverse por el parabrisas. A veces sólo caía y se deslizaba, otras veces se desparramaba hacia los costados; otras, explotaba de lleno contra el vidrio. No sé cuanto tiempo pasé así, estaba fascinado. Cuando reaccioné ya habíamos terminado muchas latas de cerveza y el aire apestaba a humo y a encierro. Bajé un poco mi ventanilla y le hice un gesto al Chino para que hiciera lo mismo. Un viento refrescante entró en el auto. Cerré los ojos para disfrutar el frío en la cara. Por un instante me sentí realmente bien. Comprendí que extrañaba el pueblo. Me costaba admitirlo, pero aún existían muchas cosas que la ciudad no podía darme y que eran irremplazables. Estaba en esa suerte de transe cuando el Chino me tocó el hombro y me señaló una silueta que cruzaba la calle. A pesar de la oscuridad supe de inmediato que era Iván. Inconfundible, pobre. Arrastraba la pierna derecha desde siempre, una malformación en la cadera, o algo así. Casi me largo a reír, no me acordaba que era tan chistoso. Parecía seguir una coreografía. El pie izquierdo avanzaba flexible y decidido; después el derecho se arrastraba lastimosamente hasta alcanzarlo. Subió a la vereda con cierto esfuerzo y siguió adelante. Era como si no lo afectaran la lluvia, ni el frío, ni el viento. Corso, su perro, lo seguía de cerca.

—¿Y ése, dónde va? —preguntó el Chino.

No le respondí. No me importaba. Seguía un poco tentado con la renguera de Iván.

—Vamos a seguirlo —dijo, y subió el vidrio de la ventanilla.

Intentó poner en marcha el auto sin soltar ni la lata, ni el cigarrillo que recién había encendido. Cuando se inclinó hacia delante, como si quisiera asordinar el ruido del motor con el cuerpo, las luces verdes del tablero le iluminaron la cara y pude ver que tenía los ojos chicos y vidriosos.

—Mejor no —le dije—.Ya estás borracho.

Giraba la llave dejando caer cenizas por todas partes.
—Y fumado —agregué.
—No me jodas, cuervo. Estás fuera de tu jurisdicción.

Me causó gracia que usara esa palabra, pensé que no la conocía. Entendí que me estaba provocando, que yo tendría que enojarme. Pero no lo hice. Por alguna razón, quizá la marihuana, la situación me parecía más bien divertida. Además, yo ya sabía cómo era el Chino, era inútil discutir con él.

El motor arrancó y el auto empezó a moverse. Me di vuelta y me entretuve mirando por la ventanilla. Íbamos tan despacio que el mundo parecía haberse detenido. Era como ver las fotos de un diluvio en un pueblo fantasma.

—Hay que ser muy idiota para salir a caminar una noche como ésta —dijo el Chino, y yo pensé que tenía razón. Hacía horas que no menguaba, ni siquiera un poco. No recuerdo una tormenta igual.
—O ser Iván, que es casi lo mismo —dije sin pensarlo.

El chiste era fácil, pero siempre funcionaba. El Chino se sonrió.

—Tenés razón —decía—. Tenés razón.

Nos movíamos a paso de hombre, unos veinte metros detrás de Iván. Seguramente ya nos había escuchado, pero ni una sola vez se dio vuelta para ver quién lo seguía. Caminaba firme, decidido. Para evitar que se le volara el paraguas lo llevaba casi tocándole la frente, tan bajo que era imposible que pudiera ver más allá de sus pies. La otra mano, la izquierda, iba profundamente sumergida en el piloto, como protegiendo algo.

Hacía mucho que no lo veía. Antes pasábamos todas tardes en su quiosco. Éramos algo así como sus mejores clientes. Hasta había puesto unas mesitas y unas sillas en la vereda para que estuviéramos más cómodos. Mesitas que sólo usamos nosotros y, alguna vez, Yanina. Un recuerdo trajo a otro y terminé preguntándome si ya habría adivinado lo de Yanina. Estaba seguro de que nadie se lo había dicho porque era más divertido seguir mintiéndole. Seguir diciéndole que ella tenía algo con él, que lo miraba distinto, que se detenía más de lo común en su quiosco y que lo hacía sólo para verlo a él y para sentirse —al menos por un rato—, mujer. Ahora me suena extraño, pero usábamos esas frases y nos poníamos serios. Le decíamos: para sentirse mujer; como si las conversaciones entre hombres —de las que él siempre estuvo excluido— fueran así. Y él fingía que no le interesaba y nos echaba sin convicción. Es decir, hacía el gesto de echarnos. Decía: váyanse; pero quería que nos quedáramos. Sin importarle que bebiéramos alguna cerveza sin pagarla, o que le robáramos uno que otro atado de cigarrillos. Nos decía: basta o se van; y esperaba que le contáramos más acerca de Yanina, y de su amor. Porque, a pesar de ser mucho menores que él, nosotros sí sabíamos de mujeres y lo podíamos aconsejar. Y, desde nuestro humilde punto de vista —él adoraba esas expresiones protocolares y anticuadas, seguramente sentía que le hablábamos con un respeto que no recibía, ni siquiera de nosotros, en ningún otro momento—, desde nuestro humilde punto de vista ella estaba enamorada de él; no había otra explicación. Y entonces se ruborizaba y nosotros hacíamos un esfuerzo para disimular la risa. Al Chino se le llenaban los ojos de lágrimas y yo apretaba los labios para poder aguantarme. Ése era el momento de despedirnos, de correr hasta encontrar un lugar donde escondernos y, entonces sí, reírnos tranquilos.

 

Al rato el Chino se aburrió y empezó a alcanzarlo. Le pasamos por al lado, despacio, atentos. Vimos cómo las luces amarillas y tenues de la calle proyectaban su sombra frágil y múltiple sobre la vereda y las paredes. El perro, que chorreaba agua y le rozaba los tobillos, cada tanto nos observaba sin perder el paso. Pero Iván no, él nunca alteró su ritmo, ni se distrajo. Era como si no estuviéramos ahí. El Chino estaba obnubilado, estudiaba a Iván como si no lo hubiera visto nunca. Entonces, subiendo a una vereda, Iván se chocó con un árbol. Seguramente sintió el golpe en el paraguas y eso lo hizo detenerse. Estuvo quieto unos largos segundos como si dudara qué debía hacer, después, sin cambiar de postura, sin levantar el paraguas para mirar hacia delante, dio un paso al costado y siguió avanzando. Y eso fue todo, a mí me resultó gracioso pero nada más. El Chino, en cambio, empezó a reírse de tal forma que parecía que se iba a ahogar, sacudía la cabeza hacia los costados y casi no podía mantener los ojos abiertos. Hasta tuvo que estacionarse para poder liberar una serie de carcajadas estruendosas que tenía atravesadas. No podría decir con exactitud cuál era la razón, pero no era una risa contagiosa la del Chino —nunca lo había sido— sino, más bien, intimidante. Estábamos en una esquina bien iluminada y pude ver que la lluvia era cada vez más compacta y que el viento no había cedido. El Chino siguió riéndose solo hasta que notó que yo no lo acompañaba. Entonces se detuvo en seco, tan de golpe que me hizo pensar que había estado exagerando.

—Y a vos, ¿qué te pasa? —me preguntó.
—Nada —le contesté.
—Algo te debe pasar.
—Estoy cansado, Chino. Ya te lo había dicho.

Fue como si lo hubiera decepcionado. Negaba con la cabeza mientras sacaba los cigarrillos del bolsillo. Después fumamos sin hablar, escuchando el monótono chirrido del limpiaparabrisas. Yo estaba cansado y aburrido. Pensé en mi mamá, en Tamara, en lo poco que las veía y me quise volver. Mientras planeaba cómo pedirle que me llevara a mi casa sin que se enojara, volvieron, todas juntas, las noches de tormenta en las que, cuando éramos chicos, nos escapábamos para ir al viejo puente. Nos gustaba sentarnos más o menos a la mitad y dejar los pies colgando en el vacío. Sentíamos el ruido del agua del arroyo, de la lluvia y de los árboles que a veces ni podíamos ver. Si el viento era lo suficientemente fuerte, la estructura del puente se movía y se percibía una vibración intensa. Hasta, por momentos, escalofriante. Yo fantaseaba con que eso era como estar en un barco, en el medio del mar, y me sentía casi un pirata. Al Chino no le importaba mucho mi juego. A él lo excitaba más el sabor a trasgresión y a peligro que había en el ambiente. Al final, cuando yo quería volver él siempre se negaba y terminábamos peleándonos. En el medio de esos recuerdos, sin pretenderlo en absoluto, supe por qué Iván había salido de su casa esa noche espantosa. Fue como una visión, nunca me había pasado. Apoyé la espalda en el asiento y aspiré con fuerza hasta sentir que el humo entraba en los pulmones. Cuanto más lo pensaba, más me convencía. Aunque no podía creerlo del todo. Sabía que el Chino se iba a molestar, y eso me causaba una suerte de satisfacción. Yo nunca compartí su odio por Yanina. Para mí siempre fue una más de esas mujeres que llegaban cada tanto al pueblo y se instalaban en las afuera, del otro lado del arroyo, para comentario y escándalo de todos. A diferencia de las otras, ella solía visitar a Iván y sentarse en las sillas baratas que él había puesto en la vereda. Aún recuerdo cómo gozaba mirándonos a los ojos, uno a uno, sin avergonzarse, sin importarle lo que pensáramos de ella, sin importarle que nosotros supiéramos qué hacía para vivir. Porque todos los sabían. Todos menos Iván, claro. Pero ella era inmune a los comentarios —creo que hasta los disfrutaba—, y seguía yendo con sus pantalones demasiado ajustados y sus blusas escotadas a jugar con Corso mientras le preguntaba a Iván por la salud de su madre —eternamente enferma— y fumaba provocativamente unos cigarrillos largos y finos que siempre dejaba por la mitad. Para mí eran momentos muy incómodos. Me sentía ridículo y no me atrevía ni a espiarla, como si fuera yo el que estuviera en falta. El Chino, al contrario, se irritaba y se ponía de un humor terrible. La desafiaba con la mirada y cuando se iba decía que era una farsante, que no le importaba un carajo ni Iván ni su madre. Que era como todas las putas, puta y punto; decía en voz baja. Y después comenzaba la función con Iván. Porque siempre era el Chino el primero en sugerir que Yanina había hecho algún gesto, o que había insinuado algo. Que estaba, era obvio, cada vez más enamorada. Y todos nos sumábamos a sus mentiras. Era fácil, mentirle a Iván era realmente muy fácil.

Terminé el cigarrillo y lo dejé en el cenicero que ya estaba repleto. El olor del tabaco mezclado con el de la cerveza me dio un poco de asco. Sentí nauseas y un vaho ácido me subió hasta la garganta. Cerré los ojos y el mundo empezó a moverse. Odio cuando eso me sucede. Los abrí rápido y bajé la ventanilla; el ruido de la lluvia se hizo más intenso, más real. Me sentí un poco mejor.

—¿Qué le pasará a ese imbécil? —dijo el Chino, como para reanudar la conversación.
—No sé —le dije—. A lo mejor no era tan idiota como creíamos.
—¿Cómo?
—Nada —le contesté—. No me siento bien. Mejor volvamos.

El Chino achicó más los ojos y me clavó la mirada.

—¿Qué decís?

Por primera vez estaba en una situación de poder frente él, y la quise saborear. Para que no se notara mi estado saqué un cigarrillo y lo golpee contra el puño por un largo rato. Percibía su mirada fija en mí. Me puse el cigarrillo en la boca y cuando lo encendí pude escuchar el crepitar del papel. Recién entonces lo volví a mirar.

—Pensé que ya te habías dado cuenta adónde va Iván —cerré la frase, lo recuerdo bien, levantando las cejas.

El Chino me sostuvo la vista por un tiempo que me pareció excesivo. Creo que tardó tanto en entenderlo porque le parecía imposible. Después meneó la cabeza y pestañeó varias veces.

—No. No puede ser —decía. Y lo siguió diciendo mientras arrancaba el auto. —No puede ser.
—¿Dónde vamos?
—¿Qué te importa? Cuervo traidor.
—Dejalo, en serio.
—Mejor callate, la puta que te parió.

Quise agregar algo.

—Callate, dije —gritó. Golpeaba el volante con las manos—. ¡Callate!

Manejaba tan rápido que varias veces tuve la sensación de que íbamos a volcar. Empecé a marearme otra vez. Eructé un par de veces y sentí en la boca esa consistencia pastosa que ya conocía de otras borracheras. Al final estacionó frente a la escalera del terraplén que termina en el viejo puente peatonal. Apagó el motor y las luces. Se estiró y agarró una cerveza del piso. La terminó casi de un solo sorbo.

—Hijo de puta —murmuraba, y se limpiaba la boca con la palma de la mano—. Hijo de puta.

Me mantuve quieto y callado intentando vencer las ganas de vomitar. Él se prendió un cigarrillo sin perder de vista el comienzo de la calle. Estaba indignado, nunca lo había visto así. Empezó a decir que Iván y Yanina se habían burlado de todos. Que eran una vergüenza para el pueblo y que no entendía cómo yo me lo podía tomar así, con tanta calma.

—Claro —dijo después—, a los chicos de la ciudad estas cosas ya no les importan.

No le pude responder. Tuve que abrir la puerta y sacar la cabeza para no ensuciar el auto.

—Seguís siendo un flojo —escuché que me decía—, y un cagón.

Yo no podía dejar de vomitar.

—Y no trates de defenderlo —agregó al rato—. A lo mejor a vos ya no te importa, cuervo. Pero a mí sí.

Cuando sentí que se bajaba del auto me enderecé y, a través del vidrio empañado, lo vi cruzar la calle corriendo. Un poco más allá, Iván empezaba a subir lentamente las escaleras. El Chino acortó camino yendo por la pequeña lomada. El piso estaba tan mojado que se resbaló un par de veces y tuvo que ayudarse con las manos, como si tuviera cuatro patas. Llegó arriba unos segundos antes que Iván. Se enderezó, cruzó los brazos y se apoyó en uno de los faroles a esperarlo.

En este punto los recuerdos se me hacen confusos. Sé que salí del auto y corrí, pero me tuve que parar en la base del terraplén porque sentí nauseas otra vez. No sé cuánto tiempo estuve en cuclillas. Me costaba respirar. Cuando levanté la vista ellos ya estaban frente a frente. Desde lejos parecían sólo dos bultos. Seguí avanzando. Las luces del puente les dibujaban manchas oscuras en las caras y construían a su alrededor un confuso anillo de sombras. Corso, en el medio de los dos,se movía de un lado al otro, inquieto, confundido. El viento había girado y ahora Iván llevaba el paraguas sobre el hombro, levemente caído hacia atrás. Como si se creyera Napoleón, mantenía el brazo rígido dentro del piloto. Sentí pena por él, se lo veía exhausto. Llegué a escuchar que el Chino decía algo que no entendí. Iván no hacía nada, seguía igual, con la cabeza gacha y en silencio. Intuyo que eso terminó de enfurecer al Chino. Le gritó que era un idiota si pensaba que podía hacer cualquier cosa en el pueblo sin que nadie se enterara. Iván no reaccionó, parecía como si no le estuvieran hablando a él.

—Basta, Chino —dije cuando pude recobrar el aliento—. Dejalo.
—Vos callate, puto —gritó, sin mirarme.

Iván, quizá aprovechando la distracción, intentó pasarlo. El Chino se le interpuso, le apoyó una mano en el pecho y le gritó que era un mogólico y un retrasado; hasta rengo de mierda le dijo. Corso, entonces, se plantó, tensó la patas y gruñó. En otro momento ése hubiera sido un gesto gracioso, Corso era casi tan inofensivo como su dueño. Pero a esa altura ya todo estaba fuera de control. Así que cuando largó el primer ladrido,el Chino, rápido como una serpiente, le soltó una patada en el hocico que hizo que el pobre perro cayera a un costado, lanzando unos quejidos espantosos. Yo grité algo, no me acuerdo qué, y empecé a subir la pequeña cuesta que me separaba de ellos. Me resbalé y caí con las manos y el pecho varias veces. Todavía estaba borracho y me era difícil coordinar los movimientos. Casi no había podido avanzar cuando Iván soltó el paraguas —que voló embolsado por el viento— y se lanzó sobre el Chino. No fue una pelea, ni un forcejeo, a lo sumo fue un brevísimo abrazo desmañado. Un instante después Iván salía expulsado hacia atrás. Parecía que se iba a reincorporar, pero al llegar al borde de la lomada se resbaló, o trastabilló, no sé. Yo ya estaba cerca, pero no pude agarrarlo. Antes de caerse y rodar por la montaña de barro y pasto, movió los brazos en el aire como si fuera un molino. Abajo, la cabeza rebotó en la vereda haciendo un ruido seco y nítido. Y ahí quedó Iván, inmóvil, acostado en el piso, de cara a la lluvia. Por instinto, o por temor, lo primero que hice fue mirar al Chino. Él también estaba estático. Entonces Corso, que no sé de donde salió, se acercó a Iván y empezó a lamerlo. Recién cuando vi que se movía bajé la cuesta, arrastrándome por el pasto como si tuviera un trineo. Y antes de arrimarme y saber que estaba vivo, antes de ver cómo Corso le pasaba la lengua por los ojos y por los labios, y él meneaba levemente la cabeza y escupía el agua que le entraba en la boca; vi el bulto en el suelo. Pero no me detuve a pensar qué podría ser. Sólo después, cuando me arrodillé, temblando, junto a él, para sostenerle el cuello y decirle que todo estaba bien, entendí que eso que se desarmaba, poco a poco, bajo el ímpetu de la lluvia, ese paquete que había estado escondido en su piloto, era un ramo de flores. Y ahí entendí, también, que no era ni por el golpe, ni por el miedo, que Iván no abría los ojos, sino por vergüenza.

Levanté la vista y vi que el Chino se había quedado en el comienzo de la escalera. El pelo le chorreaba sobre la cara. Parecía un gigante, o una estatua. Tenía el cuerpo un poco inclinado hacia delante y señalaba el pequeño bulto de las flores. A pesar del agua que caía entre nosotros logré verle los ojos cerrados y la boca abierta en una mueca espantosa. La imagen me resultó absurda e incomprensible, hasta que reconocí su risa. En ese momento me hubiese gustado poder subir y golpearlo hasta agotarme. Hasta verlo sufrir. Hasta sentirme redimido. Hasta vengar a Iván, al pobre Iván. Pero no lo hice. Estuve quieto, impávido, escuchando sus carcajadas enfermas hasta que finalmente se cansó, volvió a su auto y se fue, haciendo chirriar las ruedas y tocando bocina.

Ayudé a Iván a levantarse. Tenía sangre en la nuca y en las manos. No me habló, no me hizo ni un gesto siquiera. Miró un instante el lugar donde habían estado las flores, acarició la cabeza de Corso y luego se encaminó de vuelta hacia el pueblo. A pesar de que insistí, no aceptó que lo acompañara. Lo observé irse hasta que lo perdí de vista. Al final quedé solo. El sonido de la lluvia y del viento en los árboles se mezclaba con el incesante rumor del arroyo. Estuve así un largo rato antes de volver a mi casa. Del regreso sólo recuerdo el frío y la sensación de que no podía estar más mojado. Llegué tiritando. Mamá me esperaba despierta, como cuando era chico. Me alcanzó una toalla y ropa seca. Me cambié mientras ella calentaba el agua. Antes de acostarnos tomamos unos mates. Creo que no nos dijimos ni una palabra.

 


Pablo Colacrai según él mismo:

Nací, un poco por capricho, un poco por cuestiones familiares, en Noetinger, un pueblo de Córdoba, en 1977; pero me crié y crecí en Rosario. A pesar que desde muy chico me gustó la idea de escribir, recién hace unos seis años que empecé a hacer de la literatura una de las actividades principales de mi vida. Desde el 2006 participo del taller de Alma Maritano, quien este año (2011) me brindó la posibilidad de co-cordinar con ella uno de sus grupos. Además, últimamente, tuve la suerte de obtener algunos premios y menciones en concursos locales y nacionales que significaron, más que nada, un incentivo para seguir adelante. En este momento estoy terminando una colección de cuentos que quisiera poder publicar algún día, entre los que se encuentra Puentes.

Otros cuentos de Pablo Colacrai publicados por eSe:
Convivencia
Laboratorio

 

Share