Agudo

Te hablé de la luz,
porque intuí lo oscuro
precediéndome.

Y en el descanso amé
ya con cierta nostalgia
aquella tarde embrujada
en el espanto de la soledad.

Dije del corazón,
porque sentía el alma
destruyéndose.

Recé, tal vez,
entre silencio y silencio
del colapso,
para un dios no nacido
una plegaria desconocida
que pasó luego,
como viento o sombra.

 

Insurrección

Ay perfume del viento,
pudiendo azucenarte
me fui por la tangente
de tu crudeza exhausta.

Ay pájaro secreto,
pudiendo florecerte
partí, quebrando el hielo
del beso de la estatua.

Ay rosa inexistente,
potrillo azul del viento,
me fui negando rastros,
bellezas caducadas.

Partí por la locura
de algún cielo de enero;
me fui rozando luces,
transparencias llagadas

Ay pálido refugio,
piedra rota del tiempo,
me fui, seguí la senda
más triste de tu espalda.

 

Las culpas de la luz

Para despedir las horas pasadas
festejadas de café y melodioso luto;
para volver a ser lo que siempre quisiste,
hoy se dispersa la póstuma sustancia.

Para asir la llegada de tu vida a aquél puerto
y replegar el viaje en su viejo misterio
(encuentro acompasado que fue ritmando el alba),
árboles de tu risa dibujan ya algún duelo.

Enteras horas matinales
golpeando la certeza
de una presencia propia y voluntaria
hasta donde pudiste
elegir esos tus pasos
y procurarles ritmo claro o ceniciento.

Los escándalos de la luz
anuncian volcánicamente
un repentino mundo
cuyo dios es un violín sediento.

Serás libre al fin
de esa liviandad tuya sobre la madera,
de la sombra de tu pelo tornándose vuelo,
jurando lejanías, prometiendo un espacio
donde al final se amara.

De la triste ensimismada
promesa de un encuentro
en la declaración inocua
de las flores que caen,
siempre caen,
del mismo jacarandá
enfermo de belleza,
mentido día tras día
en su pasmoso crecimiento.

De esta fragilidad de hermanar
sin quererlo,
casi como acusándose,
la fragilidad descalza
y la tristísima inocencia
arrebatada al verdadero tiempo.

En el retorno fugaz estrepitoso
de un extraviado mediodía,
en el umbral del alma libertada
después de mucho tiempo,
escucharás, entre sonidos originales
que evocan días vividos,
el auténtico eco
de nuestras voces en el viento:
la melodía joven
cantándonos silencio
por última y primera vez.

 


Sobre Marina Maggi:

Marina Maggi nació en 1988 en Rosario. Estudia Letras en la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Su primer libro, Hartazgo del Fénix, está en vías de publicación. Actualmente desarrolla diversas intervenciones artísticas en el grupo El Imperio y La Luciérnaga.

 

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