«Violencia es mentir», dice una legendaria banda de rock, y la frase se convierte en eslogan de banderas de las barras bravas de fútbol. Si se quiere una bandera, si se imagina la bravura en barra, la frase es literal. Si se piensa en el arte y en la violencia ejercida en soledad, los elementos se trastocan: «violencia es mentir» ya no señala lo negativo de la mentira sino lo positivo de la violencia.
Tanto los artistas como los barras futboleros son personas, así que responden al menos a un nombre. Sus nombres son anteriores a ellos, son falsos por definición porque definen algo antes de que algo exista, y luego la existencia se ve obligada a responder en nombre (al llamado) de dicha falsedad. El trabajo del artista es la mentira, la construcción de una mentira dinámica que se desembarace de la falsedad del nombre.
La mentira no es la falsedad ni la falsificación, porque no se opone a la verdad. Verdad y mentira no son antónimos en el lenguaje ni opuestos en la práctica: son piezas de un encastre fracasado, aledañas al fin. La mentira es la violencia del desgarramiento de la falsa oposición mentira-verdad, sobre la cual se sostienen los cimientos de una noción de realidad estrecha, corrupta y aburrida, de la cual el arte debería mantenerse ajeno, o al menos en un coqueteo cruel.
El arte es mentira cuando no es falso, cuando es violento en su forma de despojarse de la verosimilitud.
El temor social a la mentira es la matriz del carácter antisocial del arte. Antisocial: ajeno a las reglas de la sociedad pero completamente afectado por ella. Hay una virtuosa situación social que escapa a esa idea de realidad por oposición entre la verdad y la mentira: las reuniones alrededor del contador de anécdotas. Hay personas que tienen esa capacidad incomparable de hilvanar oralmente relatos que cautivan sin aviso ni aparente esfuerzo a la platea improvisada. Al desarmar la realidad y volverla propia y narrable, convierten a sus pares en espectadores activos. De esta gente suele decirse también que, más allá de su habilidad para contar anécdotas, son unos mentirosos incurables. Gentes de temer, de tener lejos. Esta hipótesis realista intenta volver psicológico un procedimiento artístico. La mentira es parte necesaria de la anécdota, del relato, de la composición, porque intenta conectar la «verdad» de uno con la «verdad» de otros. La mentira es el uso sensato de la verdad que se traspasa entre seres discontinuos. Es la violencia que intenta romper los muros que nos separan. Y fracasa.
Un ejemplo.
Si tengo una gran resaca porque me tomé una botella de vino, y quiero explicarle mi dolor a alguien que acostumbra a tomar dos botellas de vino por día, le diré que me tomé no una sino tres. Falto a la «verdad real» para que el otro me entienda. La exageración, la caricatura, es la forma más acabada de la mentira en la verdad.
De hecho, si siguiera tomando una botella de vino por día, seguramente llegaría a tomar tres. El tiempo es el caricaturista en jefe. El arte es la mentira que simula el trabajo del tiempo, por eso muchas veces es accidentalmente profético. El arte tiene que ver con el futuro, y no hay verdad posible en el futuro.
El diario argentino Clarín tituló una vez: «El mal clima arruinará el fin de semana largo». Desplazó magistralmente la temporalidad noticiosa y quedó fuera de la oposición verdad-mentira. Ese título es una obra de arte.
En Nueva Zelanda, cerca de Porangahau, hay una colina cuyo nombre es: Taumata whakatangi hangakoauau o tamatea turi pukakapiki maunga horo nuku pokai whenua kitanatahu. Es decir: «El lugar donde Tamatea, el hombre de grandes rodillas que se deslizó, escaló y se tragó montañas, tocó la flauta a su amada».
Para escapar a la verdad falsificada del nombre, al realismo autoritario de los nombres que se cruzan en el presente, está el arte: la mentira que se desliza y se traga los tiempos en el presente fraguado de un relato.

Federico Levin nació en Rosario en 1982. Ha publicado las novelas Historias Higiénicas (Grupo Editor Latinoamericano, 2000), e Igor (Gárgola Ediciones, 2007), el poema Los Pacoquis (Editorial Funesiana, 2007) y cuentos en diversas antologías y revistas literarias. En sus dos últimas obras, Ceviche y Bolsillo de Cerdo, aparecidas ambas en la colección Negro Absoluto, ensaya su aproximación particular al policial. Forma parte del grupo de narradores El quinteto de la muerte y trabaja como guionista de televisión.
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