I
Era una situación difícil. Estábamos condenados a cumplir con la orden o pagaríamos por el error que se cometiera. Si se fallaba, entonces había que pensar en irse del país, cambiar de nombre, de vida, y si era necesario, olvidar que alguna vez habíamos tenido una familia. Renzo y yo debíamos encargarnos del nuevo trabajo, sin preguntas ni nombres, nada que no fuera necesario saber. Nos encontraríamos los dos en la esquina de la plaza y ahí esperaríamos hasta que alguien nos pasara a buscar. Nunca era el mismo móvil dos veces seguidas.
Me preparé como siempre lo hago. Dormí unas horas a la tarde, sabiendo que iba a estar toda la noche despierto. Limpié las zapatillas negras y planché la remera más oscura que tenía. Para las diez de la noche ya estaba listo, cenado y esperando mientras veía una película; el título no importaba ni importa, ya que cada vez que hago estos trabajos trato de no retener demasiados recuerdos de lo que hice ese día para no tener que sufrir en un futuro con las imágenes en mi cabeza. Sin embargo y más allá de las precauciones, algo siempre se filtra. Cerca de las doce y media sonó el teléfono, tres veces y volvió al silencio, era Renzo. La señal que tenía para hacerme saber que estaba saliendo de su casa. Me levanté del sillón y apagué todas las luces del departamento con una falsa tranquilidad. Ya no hacía las cosas como en años anteriores, ya los rituales a los que recurría para no parecer nervioso habían desaparecido. Presentía que aflorarían los recuerdos hasta desbordar mi cabeza, pero que lo harían en el futuro. Es mentira que no tenemos alma los que hacemos este tipo de trabajos; es más bien un insulto que utilizan los que ya no saben qué decir o pensar, después de haber agotado toda esperanza en una respuesta de justicia, o de una justa pena que nos debe tocar por derecho; el derecho de habernos ganado el infierno o varios infiernos, o lugares similares. Si me preguntan, estar vivo es lo mismo que esos hipotéticos castigos. Una vez que se cumple con el primer encargo, se dejan lentamente de ver las cosas a tu alrededor como si te importaran algo en realidad. Es probable que todo se vea a través del filtro de la seguridad, de la certeza, ya que estamos seguros de que nuestra vida ha dejado de valer ni bien volvemos a casa después de la primera noche de trabajo. No es que no nos importe vivir, es sólo que a esta altura no tengo dudas sobre cómo va a ser mi muerte, tengo en claro que existe la posibilidad de pasar a ser uno de los encargos en lugar de ser uno de los encargados.
Era siempre lo mismo, sin sentido evaluar toda la situación. La costumbre, el vicio, la automatización en el proceso de supervivencia; así llegaba al punto de reunión.
Renzo no estaba cuando llegué, apareció minutos después.
No hubo saludo, sólo estiró la mano para acercarme el paquete de cigarrillos.
—Linda noche —dijo antes de encontrar el encendedor.
—Sí. Una pena que tengamos que trabajarla —prendí el cigarrillo.
—¿Preferís quedarte en tu casa?
—Puede ser. Casi me dormí esperando en el sillón —el humo entre mis ojos, la vista fija al otro lado de la calle, el puesto de diarios cerrado, nuestra espera—, ¿sabés algo del trabajo?
—No. Tanto como vos. Me llamaron ayer y nada más.
—Ya me estoy cansando —pensé en voz alta.
—Ya van a venir.
—No lo digo por eso.
—¿Entonces? —era tonto suponer que Renzo tenía la obligación de saberlo. No me pregunté jamás si él disfrutaba hacer este tipo de cosas. Nunca hablé sobre este tema con nadie; lo conocía por trabajar en esto y no lo veía más que cuando cumplíamos órdenes. No me interesaba en lo más mínimo, por otra parte, si era él un desquiciado o si sólo accedía a esto por la plata. Si alguna vez tenía que encargarme de él, no dudaría en hacerlo. Se llamaba Renzo, con eso me bastaba, aunque no era ése su verdadero nombre.
—No pensarás abandonar tan pronto. Mirá que nos están llamando cada vez más seguido; laburo parece que no nos va a faltar. Por lo menos este año. Mucha guita por una noche a la semana. ¿Dónde pensás conseguir plata tan rápido?
—No es la plata, no me interesa la plata. No quiero hablar más del tema. Igualmente... de esto... no le decís nada a nadie.
—No. Ya sé. Pensalo bien, mirá que no sé si te dejan ir. Más que nada te lo digo por eso. Yo entré y soy consciente de que salgo de esto cuando me muera.
—Hablemos de otra cosa y no arruinemos la noche.
Pero no hablamos más. Así era siempre. Éramos dos tipos parados en un punto de la ciudad. Parados esperando algo, esperando a alguien. Un cualquiera se nos acercó esa noche, como nunca nos había pasado. Pidió variedades de drogas en toda clase de códigos pero lo vi un tanto desilusionado cuando se alejaba con los bolsillos vacíos. No negociábamos en ese ramo; aún si quisiéramos, tampoco teníamos nada para ofrecerle. Sonó el celular después de eso, era el de Renzo.
—Ajá... ajá... ajá... bueno —se acercó a mí antes de cortar—, el próximo ciento veinte lo tomamos. Es todo lo que me dijeron.
Eso y que nos sentemos en los últimos asientos. Vamos a la esquina.
Cruzamos la calle. En ese momento una vieja corrió de una vereda a otra, cruzó la calle ella también al vernos llegar a la parada. Esperó a que nos pusiéramos bajo el cartel con el número del colectivo y se nos acercó para pedirnos cigarrillos. Después de agradecer nuestra negativa se nos perdió de vista.
Ciento veinte, móvil gris, letras negras sobre cartel de fondo blanco; era un colectivo más rectangular que el de las otras líneas, parecía más bien una ambulancia grande y fría. Vimos cómo lentamente, respetando los semáforos (incluso a esa hora) fue avanzando cuadra por cuadra; lo paramos, subimos, nos sentamos en las butacas del fondo y así pareció empezar realmente la noche para ambos. Uno de los pocos tipos que viajaban vino hacia nosotros y nos miró en silencio, antes de sentarse a mi derecha.
—¿Ustedes son los que acabo de llamar? —asentimos en silencio—, bien. ¿Ven a la rubia que está sentada sola, la de campera verde, que va hablando por teléfono? Se baja en diez minutos. Se bajan con ella, la siguen, hacen lo que ya saben y esperan a que los llamen. Todo como siempre. El recorrido se hace rápido a esta hora, en menos de veinte minutos tienen que tener todo listo.
—O si no... —dijo Renzo.
—O si no nada. Sabés qué pasa si no cumplen. Todo tranqui ustedes.
El informante se levantó y tocó timbre. Renzo y yo quedamos otra vez en silencio, viendo cómo el colectivo volvía a marchar después de cerrar las puertas. No me preocupaba tener que hacer el trabajo, sino más bien el paquete de esa noche. La chica se veía joven, más que nosotros. Muchos meses habían pasado sin un encargo como éste; volví a pensar en las imágenes, en los sonidos, en la memoria. Recuerdos (qué más, cómo llamarlos si no) llenando espacios vacíos. «Esto me va doler más tarde», pensé.
II
Todo se hizo de acuerdo al plan. Siempre respetando el modo de llevar a cabo los trabajos, nunca innovando ni improvisando nuevas opciones: bajar, seguirla, cloroformo, buscar un lugar oscuro y a esperar la llamada. Es rápido como lo cuento, era más rápido cuando lo hacíamos, y todo en absoluto silencio. No esperamos demasiado. El teléfono sonó en mi bolsillo esta vez, un auto se acercaba y había que entrar en él, dijo la voz que me hablaba al oído. Los años de trabajo nos habían dado la gimnasia y velocidad suficientes como para no llamar la atención.
En el auto pude ver bien al paquete (trataba de llamarlos de esa única manera, siempre): era hermosa. Aún dormida se veía que era atractiva, su cabeza apoyada sobre mi hombro era una imagen de otro mundo, completamente fuera de lugar. Renzo jugaba con el celular de ella, alegre por la lista de canciones del aparato; yo sabía que se quedaría con este teléfono como lo había hecho con los demás. Supongo que eran sus trofeos.
El auto pisó la ruta, como siempre. Y seguimos media hora viajando por asfalto, como siempre. Doblamos a la derecha y seguimos después por una calle angosta de tierra que se perdía entre un bosque diminuto de pinos y algunos álamos, como siempre. Era todo como siempre, como ese siempre que suma y nunca resta, que aunque era similar o exactamente igual la mayoría de las veces, parecía agregar algo nuevo; a los árboles, a los quejidos del auto por los pozos. Y habría más viajes, de eso estaba seguro. Ella (el paquete) despertó cuando llegábamos al final del camino, le vendamos la boca para evitar problemas y bajamos todos juntos del auto.
Se nos recibía siempre de la misma manera. Las perros ladraban a lo lejos, encadenados y con hambre. El encargado del lugar salía enmascarado, con pañuelos, barbijos o gorras de lana agujereada. Nos conducía hasta el galpón, muy alejado de todas las demás construcciones que formaban un pequeño suburbio o barrio privado en medio del inmenso llano, y esperaba afuera. Renzo y yo éramos los únicos que entrábamos junto con el paquete en cuestión.
—Tienen veinte minutos, hasta las tres y media. A esa hora largamos los bichos, si no salieron para esa hora se las arreglan solos —nos dijeron.
Veces anteriores era menos el tiempo. Renzo tenía algo que ver en la prórroga.
Era un lugar enorme; paredes de hasta casi tres pisos de alto, más de doscientos metros de largo y unos ochenta de ancho, las ventanas elevadas y cerca del techo, todas aseguradas con rejas y alambres de púas cubiertos por telas de arañas que parecían estar ahí desde siempre. La luz, débil, escasa, llegaba desde unos faroles que colgaban del techo de la construcción y daban a las formas del recinto un aura de extrañeza perturbadora. Parecía que alguien, algún poder enorme, había arrancado parte de una ciudad en guerra y la había tirado dentro del galpón. Cerca de la puerta, un par de autos destrozados parecían formar un pasillo de entrada. Una pared interna formada por un par de contenedores aduaneros puestos uno encima del otro, a cada lado de los autos, delimitaba el terreno. Una vez que se pasaba ese muro, se ingresaba a una fortaleza salvaje y cualquier cosa podía encontrarse ahí adentro. Pasto, lodazales, bebederos de animales y galerías pequeñas en forma de carpas triangulares repartidas en distintos lugares de la construcción. Un andamio de tres pisos yacía sobre un montón de cajones de cerveza. Alguna vez esos cajones quisieron ser algo más que una montaña apilada. Un monumento a un prócer ausente, con el caballo de bronce cubierto de trapos y una pata menos nos señalaba el camino, el animal miraba hacia el centro del galpón. En el centro, el olor nauseabundo se volvía insoportable. Bosta, sangre y trapos sucios apilados dentro de un círculo formado por un tapial de cemento que nos llegaba hasta las rodillas. Las luces se apagaban después de un tiempo, los focos se enfriaban y volvían a prenderse lentamente. Todas las sombras estaban vivas ahí dentro. Y más allá de esa plaza circular, las chatarras se multiplicaban hasta perderse de vista.
Las indicaciones eran las habituales, dejar el paquete en el centro del galpón, dentro del círculo, y volver antes del tiempo estipulado. Sin preguntas, sin demoras, como el resto de nuestro trabajo. El dueño del lugar sabía lo que era invertir para silenciar sus perversiones. Lo que escondían esas paredes son y serán algo innombrable; imagino hasta hoy lo que puede llegar a vivir dentro de ese galpón, pero no creo acercarme a lo real. Llegamos y sentamos al paquete sobre unos adoquines apilados, cerca de lo que parecía ser un tótem de dos metros, también hecho de adoquines, cubierto de sangre.
—Dejámela un ratito a mí solo —me dijo Renzo—, le pedí al jefe si podía y él me dejó. Dale, no seas ortiba.
—¿Qué vas a hacer? Mirá que no tenemos mucho tiempo —le dije.
—Sí, tenemos. Vos dejame a mí. Andá saliendo si querés —se acercó a la chica y manoseó sus tetas unos segundos, le desprendió la camisa y siguió con el corpiño hasta que volvió sus manos a la bragueta. Sentí que no era lo mejor para ella; agregarle más dolor a los últimos minutos de su vida. Traté de separarlos. Renzo ya estaba fuera de sí.
—¿Qué hacés? ¿Sos pelotudo? El jefe me dejó. Un polvito rápido y nos vamos. Todo antes de las tres y media.
—No hagás eso. Dejala en paz. Demasiado tiene con lo que va a sufrir.
—¿Qué te pasa? Ahora te hacés el justiciero. Salí de acá o te cojo a vos también —sacó la faca muy rápido, pero estaba lejos de mí, unos pasos y una nueve milímetros fueron suficientes para mantenerlo a raya.
—Ésta hace más ruido —le dije mostrándole el fierro a la altura de la cara—. O te vas ahora o no salís de acá. Ni pensés en sacar la tuya porque te juro que no la contás.
Fue inútil: un poco por la desesperación y otro poco por la calentura no pensó como debía y cayó duro. Le había advertido y no me había querido escuchar. Ahí quedaba Renzo y su bragueta abierta. Me sentí bien al comprobar que podía encargarme de cualquiera sin importar quién era. Había dicho que si tenía que encargarme de él no dudaría en hacerlo; bueno, tres balazos más por si acaso. Después de escupirlo me di cuenta que en el fondo él era la persona que hacía difícil toda la situación. Él y nadie más. Él, molestándome con su presencia cada noche que trabajábamos juntos. Esa manera idiota de avisarme que salía de su casa con los tres llamados, qué estupidez; la ansiedad con que buscaba los celulares directamente en los bolsillos de la gente que traíamos al galpón; otro recuerdo más para apilar. Me volví hacia la chica después de juntar las cosas de Renzo:
—Si creés en algún dios, pedile que me perdone— le dije y salí del lugar.
De camino pude ver que eran casi las tres y media. Me abrieron la puerta cuando empezaban a sonar los aullidos y gritos de los bichos que ya estaban libres. Sueltos adentro del galpón.
—¿Y el otro? —me preguntaron.
—Se quiso quedar.
—Se va a joder entonces —respondió el que cerraba la puerta tras de mí.
—Él lo quiso así —le dije.
Se alejaron un poco. El chofer, el acompañante y el encargado del campo. Discutieron el precio y volvieron rápido. No había mucho que discutir.
—No pienso pagar por dos. Les pedí una rubia, pago por una rubia —dijo el encargado.
Se podía ver cómo el barbijo no impedía que la saliva de la boca del viejo se escapara. Estaba alterado, una actitud fuera de lugar.
—¡El otro es gratis! —les grité desde donde estaba. Parecieron calmarse los tres.
Volvieron y entre todos me dijeron «¡Subí al auto y callate!». Siguieron haciendo cuentas unos minutos más y volvieron al auto. El del barbijo nos siguió en bicicleta hasta la salida de la estancia. Abrió la tranquera y se despidió de nosotros mostrándonos el dedo del medio. Todos en el auto quedamos de acuerdo en que era lo mejor para su salud metérselo en el culo. El insulto nos relajó y nos dio ánimo para la charla que tuvimos de regreso.
III
El hombre al volante se hacía llamar Chacho (simple y efectivo), usaba una bolsa de tela para cubrirse la cabeza entera, pintada por fuera como las máscaras sueltas de los carnavales de mi infancia. El acompañante se mostraba más preocupado por su aspecto, traía siempre una máscara distinta pero era la misma persona, lo sabía por su voz grave y a la vez ronca. Se hacía llamar Pérez Lindo. Era el encargado de negociar los pagos, a quien los dueños del campo le daban el efectivo y quien llevaba las cuentas en una libreta diminuta de cuero rojo que sacaba siempre en el viaje de regreso. Revisó los billetes uno por uno con la luz violeta y me pagó. Guardó el resto en uno de los bolsillos de su campera y se dio vuelta para hablarme.
—Qué nochecita. ¿Qué pasó ahí adentro con Renzo? —traía puesta esa noche la cara de un expresidente, viejo amigo de la re-reelección.
—Ya les dije —contesté—, se quiso quedar.
—Te doy un consejo: más te vale que a nosotros nos digas la verdad. Te vuelvo a preguntar: ¿Qué pasó con Renzo?
—A mí me pagan por traer gente hasta acá, no me pagan para que me las coja.
—No tenés decisión sobre esas cosas. Renzo había hablado conmigo y yo lo había autorizado. Si se repite esto vos también te quedás en el galpón la próxima vez —se volvió para buscar los cigarrillos—, ahora hay que buscarte una pareja nueva.
—Si fuera por mí, trabajaría solo.
—Sabés cómo son las reglas.
—Para esto hay reglas... mirá vos.
—Te estás confiando demasiado, me parece.
Se levantó la máscara para dejar libre la boca y prendió un cigarrillo. Acepté uno yo también. Mientras lo prendía sentí por primera vez la incertidumbre ante mi posible lugar en este circo. Me pregunté por qué éramos nosotros (los que conseguíamos los paquetes) los únicos sin máscaras en toda la pirámide de poder. Sabía que nuestro lugar era la base de la pirámide, en los lugares intermedios estaban Pérez Lindo, Chacho, el viejo con barbijo que nos abría la puerta del galpón, incluso hasta llegué a pensar en el tipo que nos había dado las indicaciones en el colectivo: también traía el rostro descubierto, pero Renzo y yo tuvimos que reconocerlo como un superior. Por lo visto, lo había tenido claro todo el tiempo, pero no quería asumirlo: Renzo y yo éramos el final, último y prescindible, de esta pirámide. Otra incógnita menos en mi vida, otro cigarrillo más que fumaba de regreso a casa.
—El problema acá es el siguiente; vos no podés hacer lo que se te cante con tu pareja. Nosotros te la asignamos y vos te la bancás. Si no te gusta, no importa, te la bancás igual. Te pagamos para que laburés, no para hacer sociales. Si te dejamos pasar ésta es porque el pelotudo de tu compañero se estaba mandando muchas cagadas y era cuestión de tiempo para que lo diéramos de baja. Además, de vos no tenemos quejas. Hacés las cosas bien y eso lo valoramos.
—¿El jefe se va a enterar? —pregunté sin saber la cantidad de personas en la cima de la pirámide.
—Saben todo. Se enteran de todo. Pero no te preocupés, yo voy a hablar y a explicar lo que pasó, pero te va a costar caro. Lo que le correspondía hoy a tu amigo calentón me lo quedo yo: pensalo de esta manera, tu perdón cuesta cinco lucas. Vos qué decís Chacho, ¿vale la pena salvarle el culo a éste?
—Valen la pena las cinco lucas —dijo Chacho, y rió a los gritos. Pérez Lindo prendió otro cigarrillo y buscó música en la radio.
Bajé en un par de estaciones de servicio y compré la cena. Comimos en el auto, algo que se había vuelto una costumbre.
A esta altura ya lo peor de la noche había pasado y, como en cada final de jornada en mi trabajo, mi mente estaba nuevamente en blanco. Me enfocaba unos segundos en el paquete entregado esa noche, en sus ojos mirándome en silencio sin saber por qué la había salvado de Renzo si la dejaba a merced de los habitantes del galpón. Pero eran vaguedades que creía haber soñado. Conté los billetes una vez más y le pregunté a Pérez Lindo:
—¿Cuándo me vuelven a llamar?
—Por ahora no sabemos. Mientras te buscamos pareja vos tomate unas vacaciones, andá por ahí, plata tenés. Te doy más si necesitás.
—No, está bien, yo tengo. ¿Están seguros?
—Sí. Aprovechá para distraerte unos días.
—¿Y cómo sé que no me vas a cagar y me van a querer cobrar lo de Renzo?
—Si no te hicimos boleta a la salida del galpón… acordate que sabemos todo de vos. No te estaría diciendo esto ahora. No seas boludo y no te compliqués más, hacé lo que te digo. ¿Te acercamos hasta tu casa?
—Si no les molesta —salimos de la autopista mientras escuchábamos las novedades meteorológicas del día que empezaba. Terminaba una noche donde cada peso se había ganado bien—. Una última pregunta: ¿qué son esos bichos que sueltan en el galpón?
Pérez Lindo buscó música en la radio. No me respondió.
—¿Seguro querés saber? —contestó Chacho. Pérez Lindo volvió a darse vuelta y pidió silencio.
—¿Vos leés? —me preguntó.
—No —le dije.
—¿No leés nada? —volvió a preguntar.
—No. Nada, no me gusta leer.
Pérez Lindo miró a Chacho y dijo:
—Pero este pibe... —volvió a preguntarme— ¿Y qué hacés de tu vida cuando no estás trabajando?
—No sé —no entendía a dónde quería ir con el interrogatorio—. Duermo, salgo a caminar, qué se yo, hago cosas.
—Pero de leer, ni hablar.
—Y… no.
—Pero este pibe es un mono —volvió a dirigirse a Cacho—, no lee, no hace nada más que trabajar y dormir. ¡Se va a volver loco! —me miró— ¡Te vas a volver loco, pibe! Algo más tenés que hacer porque vas a terminar mal si seguís así.
—Y qué tiene de malo no hacer nada más —contesté.
—Te lo digo en serio. Tomalo como un consejo... profesional —no encontró una palabra mejor y se le notó en la voz—, te vas a volver loco si no.
—Yo creo que ya está medio loco— dijo Chacho.
—Bueno, no importa —dijo Pérez Lindo—. Después de todo, no es de mi incumbencia.
—Es verdad, pero no entiendo qué tiene de malo que no lea —le dije.
—Si te callás, te digo. Te va a costar unos pesos esa información —estiró la mano esperando un billete; yo quería saber, así que le di el billete que pedía—. Bueno, como te decía… a mí me gusta leer. Y lo bueno de trabajar de esto es el tiempo libre que tenemos. Y así como vos lo usás para hacer nada, yo lo aprovecho para leer. Acá, nuestro amigo Chacho es aficionado a la caza y a la pesca —Chacho afirmó con la cabeza, «cada uno tiene su pasatiempo, viste»—, bueno, empecé hace mucho, al principio leía un poco de todo, pero después me fui inclinado para el lado de la literatura de horror. Relatos de terror. Es un género gigante, hay muchos autores, no te das una idea. Tenés, por ejemplo, a Lovecraft, que era un tipo muy enfermo, y cuando era chico la madre lo vestía de mujer porque ella había querido tener una nena, imaginate cómo habrá quedado. Poe, por ejemplo, también, un tipo alcohólico y enamorado de la prima, que encima era retrasada mental. Yo creo que esos tipos intentaron decir algo… pero bueno, me estoy yendo al carajo. El que más me gusta es un francés, Maupassant se llamaba. Para mí, él escribió lo mejor del género, sin ser tan perturbado como los otros. Hay un cuento que se llama La mamá de los monstruos, o La madre de los monstruos, soy muy malo para los nombres. Bueno, más o menos es lo que pasa, algo así es lo que pasa en esa estancia. No te voy a contar todo el cuento, si te interesa, andá, comprate el libro y leelo.
—¡¿Hay monstruos?! —dije, burlándome de toda la situación.
—No. Son personas, como en el cuento. Sólo que no tienen la culpa de ser así. El dueño de la estancia las compró y las tiene como mascotas. Es él el que paga por los paquetes también.
—Entiendo, pero si son personas. ¿Por qué carne humana?
—No sé. Eso sí que nadie lo sabe. Locuras del dueño, supongo.
—Alguien con mucha plata —pensé en voz alta.
—Eso no se va a saber nunca. Creeme, nosotros no sabemos quién es, y lo mejor es que sigamos sin saber qué pasa ahí adentro. Cuando estaba en tu lugar, también me preguntaba qué pasaba ahí adentro. Hasta que una vez, uno se escapó… lo mataron ni bien lo encontraron. Yo sólo vi la bolsa donde lo habían metido, y te puedo asegurar que no tenía la silueta de un ser humano…
Chacho bufó y no pudo contenerse, «…tenías que hacerla tan larga».
—Si no me creés no importa —Pérez Lindo veía mi expresión.
¿Era víctima de una broma? ¿O la confianza de mis jefes más próximos permitía que se develara la finalidad de mi trabajo? Me imaginé subiendo, después de esa noche, un escalón en la pirámide, fruto de una conversación que no pensé tener jamás.
—No se te paga para que nos creas —dijo Chacho.
—Por eso —lo interrumpió Pérez Lindo—, andate unos días por ahí, y si tenés dudas comprate el libro.
IV
Hasta aquí lo sucedido esa noche, la noche de mi último trabajo compartido con Renzo. Ya no tengo que soportar los tres llamados, ni los celulares como medallas. Si bien es verdad que su reemplazo es más desquiciado, hasta ahora no se ha mostrado indecente o ha manifestado comportamientos por el estilo (su desequilibrio pasa por una enfermiza obsesión por los monosílabos, pero uno se puede acostumbrar rápido al silencio). Todavía las imágenes y los recuerdos no han salido a flote, no creo que lo hagan en un tiempo cercano.
Al regreso de las vacaciones tuve en claro una cosa más: moriré trabajando de esto, como mi antiguo compañero lo había dicho en su última noche. Pero, en resumidas cuentas, me gusta mi trabajo, me agrada. Durante el viaje de regreso tuve oportunidad de leer el famoso cuento del escritor francés; una estupidez hecha y derecha. Valoro el intento de Pérez Lindo por querer acercarme a la literatura, pero no me interesa en lo más mínimo. Los libros no; me di cuenta de que me gusta correr, cosas que antes no hacía. Mejoré mi estado y no fumo tanto como antes.
Me basta con haber descubierto eso y con recordar que este mes se cumplen dos años de mi última noche sin máscara. Ahora yo también uso una y me siento al lado de Chacho en el auto, en la butaca del acompañante. Reemplazo a Pérez Lindo, se tomó vacaciones por un tiempo.

Nicolás Enrique según él mismo:
Me llamo Nicolás y mi apellido también es un nombre. Nací en Entre Ríos hace 27 años. Nogoyá se llama la ciudad, y generalmente la confunden con Goya (Corrientes). Estudio un profesorado, y trabajo en un local del rubro alimenticio (más precisamente una pollería). Hace un tiempo leí que, en la literatura, uno es lo que escribe; pero también ES lo que lee. Por lo tanto: me gusta Laiseca, Fogwill, Gandolfo y Feiling. Y también Philip K Dick, J.G. Ballard y John Cheever. De todos los cuentos que empecé a escribir alguna vez, terminé una veintena. De esos veinte, creo que sólo cinco valen la pena. Máscaras es uno de esos cinco cuentos.
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El jefe
El grillo
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