A los ojos era color rubí. Buen cuerpo. No era joven: la edad justa. Mientras Gunnar agitaba la copa, su perfume ascendía con tenores del roble, de los frutos del bosque. Johan lo observaba atentamente, esperando una señal de aprobación que aquél decidió retardar con un buche y una mirada al blanco de la pared. Luego interpuso la copa entre esa ausencia de contraste y la visión, inspeccionando nuevamente los matices, y dijo, como si no existiese otra respuesta: «Está muy bien, está muy bien... es de Cuyo, no hay dudas». Entonces Johan, rozagante, contestó: «No, creo que la chica es de aquí…».
La señorita completamente nórdica que les había ofrecido la copa miraba sonriente y ociosa, en otro lugar pero asintiendo los placeres sibaritas de aquellos a quienes daba de beber, tal vez ocultando tras la sonrisa un sueño que la esperaría cuando terminase su turno como camarera. Vestía una camisa que hacía juego con la vid oscura, desabrochados los primeros (o últimos) botones, sensualmente. Guiado por la mirada esquiva de la muchacha, Gunnar encontró a través de las ventanas un paisaje completamente blanco que si no hubiera sido por el ligero roce del sol con la nieve, le hubiera hecho confundir el horizonte con la pared del local que los encerraba. Era un otoño frío.
Dentro, la calefacción los mantenía de alguna forma escudados de la intemperie y competía con la costumbre de temperaturas heladas que todos los escandinavos heredan y algunos sienten propia. Por veces sus pieles parecen haber olvidado el sol a causa de ello; salvo un joven de padres senegaleses que rompía con la monotonía del lugar, y que por cierto hablaba sueco con más propiedad que el resto de los catadores (y la cata recién comenzaba), todos los que allí se entretenían pasaban del blanco más violento a un primaveral rosado, o al más furtivo rojo, tan sólo por algún sofocón del dejo de paprika en los entremeses, o el alcohol.
Johan era de Aarhus, pero se había mudado a Malmö ya hacía cerca de diez años, donde había conocido a Gunnar. Trabaron amistad de inmediato; ambos habían estudiado hotelería y disfrutaban de los viajes, lo cual ni bien conocerse los había llevado a muchas conversaciones y jarras de cerveza. Los días templados de verano, cuando las ocupaciones lo permitían, charlaban largas horas bebiendo y comiendo frente al mar, disfrutando las brisas litorales e intercambiando anécdotas de sus viajes. Sin embargo, según se oyó aquella noche en París, lo que más los había unido llegaría un tiempo después.
En uno de sus tantos viajes Gunnar conoció a Carla, una imponente joven que lo había desposeído de todo afán propio y lo había vuelto un manojo de estereotipos pésimamente presentados para una persona de su origen: hablaba demás, gesticulaba pródigamente con las manos, se fijaba en los precios; incluso llegó a concebir un mundo sin mares ni océanos, o mucho peor, sin naves que los surquen; todo a causa de la ceguera de verla. Afortunadamente para Gunnar, Carla se había interesado en él también y pronto comenzaron a salir, permitiéndole retomar paulatinamente sus mejores tradiciones, aunque no todas. La relación se fortaleció tanto que al cabo de unos meses él le ofreció mudarse a su casa, en Malmö. Ella, también trotamundos, enamorada y sin otras prescripciones, aceptó. Poco después de haberse instalado en la ciudad, Gunnar le había preparado una cena íntima de bienvenida en el restorán cuya restauración le estaba a cargo. «Den Hav», se llamaba. Una mesa a la luz de la velas y a la vera de los vahídos del mar los esperaba a las ocho de la noche, con un menú de frutos de mar y pescado, pero especialmente un vino blanco, seco y espumante de Alsacia que le había regalado uno de sus proveedores, presentándolo como «imperdible». Gunnar llevó a Carla bajo falsos pretextos y luego de fingir una charla de trabajo con un encargado, la condujo hasta la mesa, para su sorpresa, al lado de una ventana estrellada con la noche y la oscuridad del cielo, sucumbida sobre el mar, apenas perturbada por las velas candentes reflejándose en el mantel, la vajilla, los cubiertos. Al sentarse, primero ella, después él, las breves luminarias sobre la mesa temblaron hasta posarse en los ojos de los enamorados quienes, algo nerviosos, compartieron un beso esquivando la altura de las copas y el centro de mesa. No pasó mucho tiempo hasta que les trajeron el vino para brindar, tomados de las manos, embelesados. Entonces, Gunnar comentó a Carla: «Lo hacen en Alsacia, al norte de Francia, ¿te gusta? Hace buen maridaje con el pescado, ¿no crees?», y ella, considerando, contestó: «Es rico, me encanta… pero ahora también se toma vino tinto con pescado, quedó en el pasado eso, por lo menos en mi país...», a lo cual él dudó un momento y dijo: «¿En Argentina?». Mientras cada letra de ese patronímico tan generalizado se pronunciaba, la obvia respuesta de Carla fue tomando posesión de cada facción de su cara hasta contracturarse y repentinamente dejarla salir: «Sí», dijo, y en tanto el rostro de Gunnar repetía algo de ese rictus, logró entornar el cuello para asentir y combinar el movimiento con un afirmativo «Ja...». De alguna manera él pudo presentir allí mismo cómo al pronunciarse esa palabra, casi como un encanto o una maldición, su vida cambiaría para siempre.
Exactamente dos meses luego de aquella cena, Carla abandonó la casa de Gunnar dejando detrás una escueta nota que decía: «Gun, te quiero, pero no me puedo quedar». Los meses siguientes fueron difíciles para Gun, quien odió los viajes y olvidó el estrecho de Kattegat.
El joven sueco que estaba en el bar contaba la historia con cierta devoción, como si se tratase de una leyenda que cuentan los abuelos a sus nietos alrededor de un fogón, siendo él uno de los nietos que la repetían con imprecisiones y falta de pericia. En este caso, la bebida espirituosa reemplazaba la otra antigua forma de calefacción, y del grupo de tres personas que habíamos comenzado a oírlo al rato tan sólo quedé yo, cuando el exceso de alcohol y la dificultad para comprender el grueso acento del joven sueco había hecho desistir a los otros.
Entonces quedamos solos, enfrentados sobre la barra de aquel local olvidado por las grandes avenidas de la Ciudad de las Luces, tragado por un invierno que esperaba la navidad entre algunos ingrávidos copos de nieve. La historia que contaba, quizás porque el narrador provenía de las tierras de las grandes sagas nórdicas, tenía un tono épico (y trágico) que no me dejaba mover de donde estaba, completamente obnubilado por el escenario de aquella noche: el pequeño bar parisino y la bebida, el frío y la nieve, el joven sueco y su grueso acento.
Gun no lograba salir de la depresión, durante los terribles meses que siguieron al abandono creyó rotundamente que todo había terminado, obsesionándose día tras día y noche tras noche con el perfume dejado por su amada en cada rincón de la casa: recordaba las conversaciones que habían compartido en la penumbra donde le hablaba de su familia como si fueran personajes de un mito, con héroes y truhanes; o recordaba sus narraciones en el desayuno donde daba cuenta de su país natal y sus maravillosas debacles.
Una tarde con poca luz ya en la siguiente primavera, después de mucho insistir en armar todo tipo de planes infructuosamente, a su amigo Johan se le ocurrió organizar un viaje. Gun se negó profusamente, de inmediato, alegando con un rostro que no demostraba lo contrario no tener ganas. Pero Johan, inconscientemente firmando una sentencia, aquella tarde insistió: «Podemos ir al Brasil, siempre hemos tenido ganas de ir —dijo— o a otra parte de Sudamérica, que no conocemos... piensa en todos los lugares por descubrir, para buscar sensaciones… ¡Piensa!», agregó forzando la excitación. Los ojos de Gun de repente ganaron algunos milímetros de apertura que no tenían en meses; sus párpados se levantaron como persianas oxidadas. Después de unos segundos de cavilación, sus labios modularon una respuesta casi inaudible: «¿Argentina…?». Johan, entonces, comprendió su error. Debió haber dicho Asia o África, pero ya era tarde, ya no existía otra respuesta.
Un día después Gun aviso en el trabajo que se tomaría vacaciones. A nadie le pareció mal (o extraño) ya que no había sido más que un espectro los últimos meses. Johan, sin poder ni querer escapar a lo que había originado, ya lo había hecho un par de semanas antes, previendo este momento. Armaron sus mochilas esa misma tarde: pensaron hacer el viaje como lo hacían en su juventud, parando en hostales, albergues y hoteles económicos, moviéndose mucho, buscando una experiencia más real. Al llamar a la agencia de viajes para reservar un boleto de avión a Buenos Aires (se habían cerciorado en el Atlas de que esa fuera la capital del país), ocurrió la primera cosa extraña de las muchas que sucederían de allí en más. «No hay vuelos directos hasta allí; debe ir a Chile», dijo la voz de la mujer a través del teléfono, sin la menor duda sobre el caso. «¿Ni siquiera haciendo escala en alguna capital europea...? ¿Londres, París, Madrid…?», preguntó Gun. «Hace tiempo que se han cancelado esas rutas... le repito, puede ir a Chile y desde allí buscar un vuelo...», repitió la mujer con total franqueza. Gun agradeció la información y llamó a cinco agencias más, que corroboraron el anuncio. Perplejo, consultó con Johan, que vio en esto una oportunidad para volver atrás con el plan, pero no tendría tal, pues Gun, a pesar de la inseguridad de Johan, compró dos boletos a Santiago para el término de dos días.
Un día antes de partir saludaron a sus familiares y amigos. Después partieron: con escala en Londres, al vuelo de British Airways le tomó 18 horas llegar a la capital chilena. Llegaron exhaustos; apenas tuvieron fuerzas para recoger el equipaje y comer algo en el bar del aeropuerto. Cuando desembarcaron notaron, ingenuamente, que entre ambos no conocían suficiente español como para comunicarse con eficacia con los habitantes de la ciudad o de gran parte del continente; trataron de confortarse pensando que el inglés los sacaría del paso. Fueron hasta la oficina de información para preguntar cómo llegar a Argentina desde donde estaban: «¿Argentina?», dijo sorprendida la joven con una extraña tonada, como la música de un violín ligeramente desafinado. «¿Argentina?», repitió, ahora reprimiendo una sonrisa. Ambos asintieron con la cabeza en la sensación de haber pedido algo que no estaba en el menú, acaso extendido un cheque sin fondos. «Hace mucho tiempo que nadie va allí, ni siquiera preguntan... les debo decir que los pasos por tierra más cercanos han sido clausurados hace mucho ya, y el único vuelo, semanal —abrió los ojos al aclararlo—, que salía desde aquí dejó de salir hace cerca de un año y medio... por falta de demanda, no por otra cosa», dijo la empleada en un inglés bastante claro, a pesar del acento. «Pero entonces, ¿me quiere decir que no hay manera de llegar, que no se puede ir a Argentina… de ninguna manera?», preguntó desahuciado Gun, con Johan mirándolo un paso detrás, preocupado. «Lo lamento… podrían probar ir hasta Brasil, Bolivia, Uruguay, Paraguay… he oído que salen algunas excursiones por tierra... pero no puedo asegurarles nada, ni su seguridad personal...». Gun y Johan se miraron completamente azorados e hicieron silencio un momento, sin consultarse nada y con la chica observando sus reacciones pero sin hacerse eco de ellas, como una enfermera que ya ha cambiado el catéter. Luego de unos minutos, Johan, sintiendo que Gun podría recaer en el desasosiego absoluto nuevamente y tomando un último aliento (ya que él también comenzaba a desesperarse), insistió amablemente, de algún modo como si continuase una vocación ancestral: «Mire, ya estamos aquí, ¿no conoce alguna persona que nos pueda informar cómo llegar allí? Cualquier persona… se lo agradeceríamos infinitamente». «Sí, infinitamente», recalcó Gun sin mediar respiro. La mujer, como si la hubieran despertado, contestó: «Desde Santiago es imposible, no he escuchado de nadie que haya ido allá, o venido la verdad, en mucho tiempo, ni en automóvil o nada; a nosotros no nos avisaron de ninguna habilitación de pasos, ni al norte ni al centro ni al sur... lo siento, pero no puedo hacer nada... si quieren les puedo recomendar Viña del Mar o Valparaíso, ¿no desean visitar la playa?».
Gun miró extraviadamente el suelo; Johan miró a Gun. Buscando fortaleza en la tristeza insondable que habitaba a su amigo y con toda la fuerza de un grito de guerra vikingo, Johan susurró: «Por favor». «Entiendan… de verdad… —dijo la mujer, mientras daba vuelta los ojos y pensaba— … es que… sé de alguien, sé de alguien que solía cruzar más al sur, más que nada iba a pescar trucha a los lagos argentinos… —Gun levantó la cabeza— pero no es nada seguro, yo no lo conozco en realidad, era un amigo de mi padre, quizás pueda contactarlos si lo desean, aunque no entiendo por qué quieren ir a ese país, realmente, aquí hay muchísimas atracciones… ya nadie va allí...». Gun, adelantándose a Johan, aceptó inmediatamente la oferta y sin miramientos reiteró que si lo podía hacer le estaría «infinitamente» agradecido. «Tengo... —Gun dudó un momento en revelarlo— tengo que encontrar a alguien allí…». La chica mostró cierto escepticismo: «¿Alguien? —dijo, más que nada con desinterés— Muy bien, si es lo que desean, esperen un momento aquí que telefonee a mi padre y luego, si todavía tiene la información, se las paso… un momento, por favor». Al concluir la oración se recluyó en una oficina que estaba en el fondo del mostrador, mientras Gunnar y Johan le agradecían otra vez. Gun, «infinitamente».
Después de quince o veinte minutos la muchacha volvió a aparecer, todavía sin mostrar demasiadas emociones en su rostro; Johan pudo notar una tímida legaña que supuso el único indicio de que su cuerpo contenía efluvios. Dijo: «Les he conseguido una dirección, porque el número es viejo y hace mucho que nadie lo atiende, según me dijo mi padre; es en una ciudad sobre un lago, Valdivia, ¿conocen? —ambos contestaron que no—, desde esa población algunos solían hacer excursiones que los llevaban hasta Argentina bordeando el lago Lácar, luego un ferri y un paso, con muchos paisajes chilenos impactantes —subrayando con el tono “impactantes”—…». Les extendió el papel que tenía anotada la dirección y el nombre del sujeto: Carlos Valderroble. Ella pronunció el nombre y ambos lo repitieron como masticando arena; con algo de práctica lo lograrían, aseguró la joven. Después añadió que el padre le había comentado que era un sujeto amigable, pero que no lo veía en mucho tiempo. Gun y Johan agradecieron nuevamente («infinitamente», dijo Gun, y Johan lo miró fijamente) y pidieron direcciones para llegar hasta Valdivia. La muchacha les dijo que sus opciones eran tomar un avión, si querían llegar rápidamente, o tomar un tren hasta Temuco y desde allí un autobús, o directamente un bus, si tenían algo más de tiempo y querían disfrutar de las bellas vistas —subrayando con el tono «bellas vistas»—.
Tomaron un taxi en la puerta del aeropuerto de Valdivia y Johan dijo al chofer que los llevara a la «dirección papel», éste accedió moviendo la cabeza solamente, entendiendo que «dirección papel», particularmente después de exagerar la erre y menospreciar la ele, eran dos de las diez o quince vocablos que el sujeto sabría en su idioma. La corta duración del vuelo le había dado tiempo suficiente a Johan para temer las consecuencias del viaje, mientras que en Gun sólo había contribuido al desasosiego constante. Ambas emociones se habían potenciado durante una fuerte turbulencia a mitad de camino, que llevó a Johan a aferrarse violentamente al apoyabrazos y a Gun a cerrar los ojos en dirección al cielo.
Ninguno pudo disfrutar del hermoso paisaje que los rodeaba y cuando el chofer avisó con una seña que estaban llegando, ambos atinaron a fijar su atención en los números de la puerta de la casa. Pagaron y el chofer los despidió con una mueca de mediana satisfacción, que los escandinavos apenas observaron. Caminando hasta la puerta, calcularon con nerviosismo la cantidad de palabras que les tomaría hacerse entender, pero al llegar solo bastó una.
«Hola», dijo Johan, aspirando levemente la hache y pronunciando la «o» como una «u». Valderroble lo miró primero a él y luego a Gun mientras sufría una extraña y efímera despigmentación de la piel. Cerró la puerta suavemente. Las cabelleras rubias de los vikingos bailaron con la brisa momentáneamente, lo que cambió la disposición de sus flequillos. Johan volvió a tocar a la puerta y lo hizo sin mirar a Gun, quien observó amilanado el golpeteo. Valderroble preguntó amistosamente «¿Quién es?», como si lo de recién no hubiese ocurrido. Gun y Johan se miraron, luego contestaron con prestancia: «Turistas». Valderroble aclaró, todavía amistosamente: «La agencia de información turística está en la plaza central». Johan se apresuró a rebatir su anterior definición: «Turistas no, fishermen, fishermen!…». Hubo un rotundo silencio detrás de la puerta. Los «pescadores» suecos creyeron que habían perdido su chance. Johan miró a Gun como apunto de comunicarle una mala noticia de la que ya estaba evidentemente enterado, después comenzó a caminar hacia la calle dejándolo atrás en su postura absorta y con la vista invariablemente sobre la puerta. Al dar con el cordón de la calle, Johan se dio vuelta y llamó a su amigo, pero éste rehuyó varias veces al llamado. Cuando al fin bajó la mirada y empezó a mover sus pies para alejarse del portal, la puerta compuso un chirrido entre el picaporte y las bisagras. «¿Fishermen?», preguntó Valderroble, «¿qué pescan?». Gun no entendió las palabras que siguieron a «fishermen», y miró con algo de desesperación reprimida a Johan, que aparte de tampoco haber entendido esas palabras las había oído aún más lejanas. Johan, no obstante, se abrevió hasta Valderroble y repitió: «Fishermen, sí… fishermen…». Valderroble corroboró en la precariedad del diálogo que no entenderían su lengua por más claro y pausado que hablase, entonces preguntó con los lugares comunes que le vinieron a la mente: «¿Trucha… salmón?». Los suecos se miraron, los dos sustantivos eran lo suficientemente similares a los del inglés como para entender que se estaba refiriendo a los peces. «Sí, trucha… salmón… sí», repitieron tanto Johan como Gun con la mayor agitación que puede experimentar un escandinavo, pronunciando erróneamente cada una de las vocales y consonantes sin embargo obteniendo como resultado la misma y comprensible idea de una trucha y un salmón.
En el aeropuerto de Valdivia, desprevenidamente, habían recabado el único indicio más o menos sólido de la existencia real del otro país austral. En un televisor anclado a la pared, en una de la salas de espera, habían observado atentamente el reportaje a una mujer de cabello platinado y rostro tenso. Al no entender lo que decía ni la mujer ni la entrevistadora, se habían remitido primero al pie de la pantalla, donde decía «Entrevista exclusiva a la estrella argentina» (de la oración, antes de preguntar a los transeúntes si les podían traducir, sólo entendieron la última palabra), y luego, sobre el extremo superior derecho, a la mención «En vivo desde Miami». La notaron contenta. Johan y Gun se miraron de manera congratulatoria, festejando el obtuso caso de que no podían estar persiguiendo un fantasma si aún había personalidades argentinas que ameritaban entrevistas televisivas, más aún si éstas estaban ostensiblemente contentas. Más tarde, mientras recorrían en la camioneta de Valderroble la ruta que los separaba del paso Huam Hum, antes de llegar al ripio y al paso obligado en balsa por el lago, esa aparición televisiva cobraba un nuevo significado, mucho más potente, como si hubiera sido el primero de los puntos que una vez conectados en su totalidad formarían el sendero hasta el territorio esquivo en que se había tornado su destino.
Durante el recorrido, dominó el silencio y el paisaje; excepto cuando Valderroble, sin mostrar demasiado entusiasmo, comentó (en un inglés apañado por la impericia) que no hacía este camino desde hacía mucho tiempo, que no sabía qué esperar porque no llegaban noticias del otro lado de la cordillera. Tímidamente sugirió que anhelaba una buena pesca rodeado de montañas y bosques patagónicos, como en el pasado. No sabía, desde luego, que el paso (al igual que el pasado) estaba permanentemente cerrado.
Hicieron dedo apuntando al extremo sur del continente. Todavía quedaba algo de sur. Sus anoraks y pieles, a medida que se terminaban los meridianos, se iban sintiendo más como en casa. A esta altura, sólo los guiaba la necedad. Cuando llegaron a Puerto Montt, Gun sacó un papel de su billetera y lo observó cándidamente. Johan se conmovió con la imagen de su amigo, sentado en el banco de una plaza cercana al puerto donde habían parado a descansar. Observaba con los ojos vidriosos lo que suponía era la nota con la que Carla lo había dejado, que siempre llevaba en su billetera.
Los únicos datos concretos que tenía en relación a Carla y su país de origen, aunque bien no supiese si estaba allí o en cualquier otra parte, era el apellido de la madre y que vivía en Chapadmalal (palabra que siempre es gracioso escuchar pronunciar a un sueco). Johan se sentó a su lado, miró hacia donde sospechaba estaba el mar y no dijo una palabra.
En uno de los bancos aledaños, dos viejos indigentes intercambiaban palabras subidas de tono y sonreían. Sus dentaduras, si bien lejanas del color blanco, se distinguían de sus rostros a razón de un grueso maquillaje de mugre y grasa. Uno tenía el rostro enjuto y coronaba su calva con una larga cabellera seca y dura como paja, como un buitre; el otro tenía el pelo más corto, enmarañado y grasiento, mal combinado con su rostro grácil de cejas finas y ojos elegantes, como un gato callejero. Vestían ropas abrigadas pero sucias y andrajosas más allá de la moda. Johan notó con cierto resquemor que las palabras subidas de tono y espesas que proferían se iban hilando en su mente casi hasta el entendimiento; mientras más los oía mofarse y apelarse y contrariarse, más creía estar escuchando el acento cockney que había conocido en uno de sus viajes a Londres. Cuando creyó oír «ye bum, geh off me arse», empezó a arrepentirse de haber ingerido esas bayas silvestres un momento antes.
Se puso de pie y caminó hacia los vagos, dejando atrás a Gun completamente ensimismado en su desgracia. Al acercarse lo miraron con un gesto adusto y señorial. Johan no supo qué decir una vez frente a ellos y se quedó mirándolos como si fueran producto de una alucinación, probablemente causada por esas endemoniadas bayas que habían lucido tan apetitosas. Como respuesta, los viejos simultáneamente se acicalaron, enderezaron sus cuerpos y preguntaron, melódicamente: «Kind sire,¿en qué manera lo podemos ayudar?». Johan, azorado, preguntó: «¿Hablan inglés?». Los vagos se miraron y uno de ellos contestó, seriamente: «Solemos hablar así, los ingleses». Aliviado y contrariado a la vez, Johan acotó y dudó: «Supongo que no fueron las bayas, entonces… ¿y qué hacen dos ingleses aquí, tan lejos de su tierra?». Los vagos se miraron y quien antes no había contestado contestó: «Conquistamos nuevos territorios, naturalmente». Nadie rió. Sostuvieron sus miradas por un momento. Johan todavía guardaba cierto resquemor hacia lo que veía y escuchaba, considerando que quizás la alucinación era tan fuerte que se había procurado dos personajes salidos de un relato de piratas. «No luzcas tan sorprendido», dijo el vago que había terminado de hablar hacía un momento, «los barcos de la Reina llegan hasta este puerto». «¿Son marinos?, pregunto Johan. «Orgullosos miembros de la tripulación del New Haven, que zarpó de Southampton hace doce semanas y hoy comienza su retorno», contestó el vago de pelo grasoso, quien se había encargado de responder las últimas preguntas. «¿Y tú, de dónde vienes?», pregunto el otro vago, el de pelo como paja. «Suecia», dijo Johan secamente. «Brillant… ¿Y qué haces aquí?». Johan analizó un momento su situación, no encontró una buena respuesta y resignadamente dijo la verdad: «Buscamos —señaló atrás a Gun, aún absorto— a una persona, una persona argentina… es decir, queremos llegar a Argentina». Los marinos con aspecto de vagos esta vez cruzaron sus miradas un poco más de lo usual, se acicalaron, enderezaron sus cuerpos y echaron una bestial carcajada. Golpeaban con las palmas la madera del banco o sus estómagos, se tomaban el rostro, se cubrían los ojos, secaban lágrimas de la comisura de sus ojos. «¡Buena suerte!», dijo el de pelo grasoso y continuó riéndose, mientras el otro le comentaba: «¿Cuándo fue la última vez que oímos ese nombre? Suena inventado ya...», y siguió riéndose, ahora con aire victoriano.
Gun despertó gracias a las carcajadas de los marinos y observó a Johan enfrentándose a ellas con un gesto sobrio y desencantado. Se acercó hasta ellos. «¿De qué hablan?», preguntó a Johan. «Nada», dijo, «son marinos ingleses, nos desean suerte en nuestra búsqueda». Gun lo miró sorprendido y continuó con un mohín similar (pero para nada igual) al de la excitación: «¿Nuestra búsqueda? ¿Saben cómo llegar a Argentina? ¿Saben?». Johan lo miró compasivamente, sonrió levemente con la impericia de quien está haciendo algo completamente nuevo y se apresuró a dirigir la misma pregunta a los marinos: «¿Saben?». Los marinos volvieron a mirarse y ahora parecían ellos presa de algún tipo de alucinación. Al cabo de un momento el de pelo grasoso dijo: «Vayan al puerto y pregunten por el barco “San Martín”, tiene bandera de Panamá, creo…». El otro completó la frase de su compañero: «No digan que los mandamos nosotros…», y sonrió. Victorianamente.
La noche parisina empezaba a discutir con el amanecer. El frío se aferraba a las ventanas dejando una gruesa película de condensación del lado interior y una oscuridad siniestra del exterior. Las palabras del hombre nórdico ya no encontraban combustible en el alcohol, resbalando y mezclándose entre diversos dialectos europeos que acababan en un inglés malogrado o en algo que supuse hierático. No entendía nada de lo que decía, pero todavía no sabía qué había ocurrido finalmente con Gunnar y Johan, e insistí en que me lo contase luego de sacarlo del piso del baño y pedirle un café cargado.
El mar había perdido su oleaje y su historia; el celeste y el blanco ya no podían delimitarse y empezaban en el cielo o en el mar o no empezaban nunca. Ambos colores, sin embargo, parecían unirse con el frío hasta formar el hielo, sugiriendo un continente sin vida y aletargado, allá, donde el sur comenzaba a confundirse con el norte. Tanto Gun como Johan sentían la caricia del frío como si fuera el arrullo de Thor, o de sus padres. Entraron en cubierta y Johan se dirigió a Cristian, capitán del San Martín, buscando ingenuamente la risa en su rostro: «¿Falta mucho para llegar al fin del mundo?». El capitán, entrenado por la rigurosidad que representa mantener a flote una barca sobre la cáotica geometría del océano, ensayó una leve presión en su labio inferior (que no parecía una sonrisa) y contestó: «Ya lo crucé tantas veces que habitualmente lo confundo con el principio». Johan se quedó mudo y con un gesto incómodo dio media vuelta para corroborar a través de las escotillas si el capitán hablaba en serio, recayendo en el mismo mar infinito que antes había visto congelar la imagen del cielo: creyó profundamente en su paradoja. «No falta mucho, en tres horas aproximadamente llegaremos al cabo…», agregó el capitán.
Los marinos eran todos taciturnos pero obstinados, la mayoría llevaba barba al menos de dos o tres meses y un fuerte perfume corporal, exudado incluso por la mujer que viajaba con ellos, que no tenía barba pero sí un ligero bigote. Sólo el capitán hablaba inglés con propiedad por lo que comunicarse con los demás era tortuoso. Johan preguntó al capitán por qué querían ir a Argentina, y éste le contestó que seguramente por las mismas razones que ellos. Johan le contestó que no creía, que no podían estar todos buscando a la misma mujer, y entonces el capitán dijo que «probablemente no», sin profundizar en la identidad de la mujer que había mencionado. «Pero, entonces, ¿qué hacen aquí?», insistió Johan. El capitán permaneció imperturbable un rato, luego dijo: «Yo simplemente los guío, ni siquiera soy argentino… deberías preguntarles a ellos…».
Johan entendió que no debía (o no le convenía) perturbar más a Cristian, el capitán. Se sentó junto a Gun en un rincón del barco, en el comedor más precisamente, donde su amigo parecía cerrarse más y más en sí mismo, casi formando un capullo. Le llevó una taza de café y le preguntó si estaba bien, y Gun contestó suavemente que sí, con la cortesía de una mentira bien intencionada. Después de un rato, uno de los tripulantes se sentó a la mesa enfrentándolos. «¿Cuál es su historia? Dice el capitán que pagaron buen dinero para que los lleve a Argentina… ¿qué quieren hacer allí?», preguntó, con cierta prepotencia. Ninguno de los escandinavos entendió otra cosa que la prepotencia. «No espaniol», dijo Johan, desafinando. «No español», corrigió el sujeto prepotente. «Sí, sí», dijo Johan. «What want with Argentina, you?», intentó el sujeto con el inglés que recordaba del secundario. «Find a woman», dijo Johan, adelantándose a la terminante indecisión de Gun. «Una mujer… encontrar una mujer», dijo el sujeto como si hubiera descifrado un difícil acertijo, agregando «¿es broma?». En ese instante el capitán había entrado al comedor y, camino a la cocina, les tradujo la última pregunta. Johan y Gun miraron al capitán pensando que él les estaba preguntando si era una broma, y quedaron todavía más perplejos. Cuando el capitán vio sus rostros desfigurados por la duda (y un poco de terror, a esa altura), les dijo, mientras señalaba al tripulante con el mentón: «él pregunta si están bromeado… ¿qué le dijeron ustedes?». Los escandinavos respiraron aliviados, al menos un poco. «Le dijimos que estábamos buscando una mujer, que esa era la razón de nuestro viaje…», contestó Johan, mientras Gun, por su parte, asemejaba cada vez más a un mudo que ni siquiera encontraba sentido en hacer señas. El capitán hizo un gesto dando a entender que comprendía: «Es mejor razón que la de ellos, probablemente…», dijo. El sujeto prepotente no entendía una palabra de lo que decían, pero entendió el guiño irónico en el tono del capitán, y se enojó. Saltó de su asiento y le gritó al capitán algo que los suecos no entendieron. El capitán estaba tomando café de su taza enfrentando los gabinetes de la cocina cuando oyó el grito; sin sobresaltarse, se dio vuelta y miró amistosamente al tripulante. Inmediatamente éste retrocedió un paso, se volvió a sentar y se tranquilizó. El capitán sintió el aroma de su café, deseoso de que fuera mucho más rico de lo que era, y dijo, en inglés: «Son patriotas; él es su líder…». Johan miró de reojo al tripulante, que ahora permanecía tranquilo; luego a Gun, que no parecía entender nada; y entonces sostuvo la mirada pacífica del capitán por un rato. «¿Patriotas?», preguntó Johan, rompiendo el silencio. Al repetir la palabra el tripulante la comprendió (por su cercanía fonética), miró al capitán y, adelantándose a su posible respuesta, dijo: «Yes, Patriots». Johan se derrumbó sobre el respaldar, hizo una pausa que hasta Gun advirtió con expectativa, y preguntó: «So, ¿ustedes tienen que saber dónde está Argentina?». El tripulante esperó la traducción del capitán; al recibirla, un rictus tragicómico tomó posesión de su rostro: «No», contestó.
A lo lejos divisaron la costa. Por la hora debía estar atardeciendo, aunque a esas latitudes todavía había luz. «Ushuaia», dijo Cristian. Una hora más tarde se pudo distinguir un edificio que podía ser, a los ojos de Johan, un faro, una mazmorra o un claustro. También, en el cielo, terribles nubarrones. El instrumental había avisado del cambio climático inminente, y la intención era llegar al puerto antes de que se desatara la tormenta. No lo lograron. Lo último que escucharon provino de la radio de onda corta. Había levantado una señal sucia, intermitente, como el eco dentro de una pesadilla que se borraba en sus mentes con la misma pasión que se escriben los poemas épicos: «… esta… crecie… est… os… cre… ndo… e… mos… cr… ndo…».
El sábado no hice otra cosa que dormir; cuando desperté, pensé que todo había sido un sueño. En él, el hombre escandinavo había balbuceado algo sobre la marina mercante chilena, sobre un rescate, sobre haber dejado su trabajo; todo antes de desmayarse sobre la barra del bar y ser arrastrado por el dueño afuera. Quedó tirado allí sobre la nieve blanda y ennegrecida, recostado sobre la pared, con la cabeza vencida sobre su hombro derecho y sus brazos estirados como queriendo meditar en la posición de loto. En la cara interior de su muñeca, circunstancialmente liberada de la manga del abrigo, pude ver un tatuaje que decía «Carla».

Gabriel Cirelli según él mismo:
Nací en Rosario en 1982, donde actualmente vivo. Aquí mismo cursé, cierta parte en mi ausencia, un traductorado público de inglés. En 2009, publiqué una novela de título largo y contratapa dudosa: Las islas y los continentes (el libro muerto): escrita de tú, no menciona el río Paraná ni el Monumento a la Bandera, tampoco tiene héroes o villanos; sí tiene un protagonista que, en su afán de descubrir la verdad de un misterio asombroso, pierde todo lo que tenía a su alcance. A partir de 2010, tras la muerte de Severino y una serie de malentendidos, coedito revista eSe junto a dos adorables bribones.
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