Aquel viaje lo hacía siempre en mi coche. Se había convertido en una especie de terapia, de ejercicio evasivo, porque una vez que salía de la provincia y dejaba atrás el denso tráfico de camiones, conseguía distenderme y todo se reducía a manejar, a dejarme llevar por el predecible trazo de la ruta. Pero el día previo al programado para mi partida, Soledad me anunció con aire de tragedia que tenía una premonición, una mala espina que se concretaba en un nudo de angustia en la garganta. No que fuera infalible con sus nefastos augurios, pero a su favor jugaba haber anunciado el accidente hogareño de la abuela Carmen, la muerte por asfixia de una tía segunda adicta a las estufas sin salida al exterior y la inexplicable desaparición de nuestra gata gris, que ella había insistido hasta alienarme con que no la dejara sola de noche en la terraza. En otras predicciones de catástrofes se había equivocado. Diría que en un porcentaje elevado, pero Soledad conservaba el registro de sus aciertos con mayor escrupulosidad que el de las pifiadas. Tampoco yo, por regla, prestaba una celosa atención a sus «percepciones extrasensoriales», que era la designación que ella les daba, alternándola con la otra, más esplendorosa, de «mis poderes».
Recurriendo a las artimañas del cariño, volcando su cabeza sobre mi pecho mientras me envolvía con los brazos, me hizo jurar que evitaría viajar ese martes o, de no poder postergarlo, que en vez del auto utilizaría un colectivo. De antemano quedaba descartado el avión: ya desde nuestros primeros meses de noviazgo me había informado su terror a las alturas que, por ser su pareja, me incluía entre los que debían evitar los vuelos para que ella no sufriera ataques de claustrofobia o pánico. Para todas mis excusas tuvo una solución satisfactoria. A comprar el boleto podíamos ir perfectamente juntos una vez que terminara de limpiar la casa; de la estación a la finca de Gil & Tarabay podía trasladarme en un remís y todo ese tiempo muerto del viaje, bien podía emplearlo en leer, mirar películas o sencillamente dormir como hace cualquier persona que no puede mantener la mente en blanco. No es que Soledad fuese persuasiva, sino que, por sobre todo, deseaba evitarme los conflictos maritales. Yo, que sabía de sobra lo bien que me sentaba alejarme de la ciudad por unos días por razones seudolaborales.
Porque una vez allá, en las fincas y bodegas Gil & Tarabay, el trabajo se resolvía de inmediato. El mismo Leandro, —heredero de la propiedad de sus padres y, por esos beneficios de la ley y la muerte, dueño y gerente de la empresa—, me tomaba el pedido, arreglábamos las cuentas y la logística y, una hora o dos después, ya estábamos afuera dispuestos a entregarnos a nuestras inocuas pasiones. Los dos, con sendas escopetas y la ropa adecuada, nos internábamos para practicar la caza de catitas, un pájaro similar a la cotorra australiana que cumplía con el perfil de plaga para los viñedos que administraba. No sabría describirlas porque, salvo por las palabras de Leandro, las catitas quedaron para mí como un animal mítico, imaginario. Jamás cazamos una siquiera, y aunque las primeras veces terminábamos disparando por diversión contra los árboles, en algún momento dejamos de llevar cartuchos y empezamos a utilizar las escopetas como báculos. En las épocas cálidas nos refrescábamos en alguno de los brazos del río que cruzaba sus tierras o, a la orilla y tendidos al sol, conversábamos. Hacíamos negocios juntos, sí, pero los dejábamos afuera para que nuestra charla oscilara entre anécdotas juveniles y temas triviales que abarcaban, desde la política hasta la crítica de cine, pasando por el deporte y los espectáculos. Un extraño lazo de fraternidad nos estrechaba haciéndonos sentir amigos, y de los íntimos, por uno o dos días, nunca más de tres veces al año. Era extraño porque con ningún otro de mis proveedores, aun los locales, había conseguido un vínculo tan sincero, tan entrañable. La amistad resulta, en cierta etapa de la vida, una endeble tierra franca, una rima imposible y perecedera, el último bastión del recreo donde el alma puede pasearse sin temor a ser censurada.
Por eso viajaba a pesar de que todo podía resolverse por teléfono. Por eso, y no porque también hubiéramos tentado a la fortuna en el casino, algunas veces, buscado en la garganta de las calles oscuras de la ciudad afirmar sin urgencias una virilidad de la que no dudábamos. Por eso, incluso, ya que ajustándose a los precios del mercado, Leandro también había resignado la calidad de sus vinos y mandaba sus uvas a las bodegas grandes para que la competencia no se lo tragara. Con lo que le volvía, una parte escasa, hacía las veinte mil botellas de Malbec Gil & Tarabay que, para los entendidos, se había convertido sólo en un sello, en una ilusión, en una simple marca. Entonces, aunque Soledad no lo sabía, yo prefería atarme a su capricho visionario antes que perder aquel ritual que me devolvía a la rutina, renovado.
Sin embargo, cuando me bajé del taxi en la Terminal, pensé por primera vez que su advertencia y su ruego podían ocultar una trampa. Libre de mi presencia por tres días, era posible que montara la parodia para disponer a su gusto de mi auto. Podía, perfectamente, y el pequeño rescoldo de desconfianza fue alzándose en forma de llama. Claro, manejar ella sabía casi tanto como que yo aborrecía que lo hiciera. Más aún si yo no estaba allí para torturarla con mis consejos y admoniciones, para recriminarle cada vez que evitaba cambiar la marcha y hacía bramar el motor en segunda, a cuarenta por hora, en una calle solitaria. Era obvio, pensé mientras despachaba la valija, que me había dejado burlar por precavido y dejaba en manos de Soledad un arma mortal, y la licencia para emplearla.
Ya arriba del micro, mi malhumor caldeaba el esfuerzo del aire acondicionado. Todo porque siempre fui obsesivo y me cuesta librarme de la crítica voz interior que entonces, no hacía más que torturarme con sus conclusiones humillantes. Al final de cuentas, ¿qué tenía de tremendo que hubiera utilizado falazmente sus augurios para engañarme? Ella sabía que, por las buenas, era imposible lograrlo y si, con el objetivo de poder usar el auto sin mi control por un tiempo, había tenido que recurrir a métodos poco éticos, ella quedaba en falta y yo, su víctima, con el derecho y hasta el deber de tomar venganza. Apoltronado en mi butaca, era un ómnibus semi—cama, noté atendiendo por fin al exterior, no a mis lacerantes pensamientos, que los viajeros éramos pocos, que no debíamos sumar ni diez en el piso alto. Me entusiasmó la certeza de que no tendría que compartir el apoyabrazos con un desconocido, con un ser roncador o parlanchín que quisiera distraerse durante el recorrido filosofando sobre los males de la época o entregado a una serenata cruel surgida del sueño y sus obstrucciones nasales. Divisa de la resignación sabia es comprender que lo irremediable tampoco se enmienda con cilicios y lágrimas, que algunas veces la suerte está verdaderamente echada y que la ignorancia y el tiempo son los mejores services de las desgracias. Alcé la perilla del asiento mientras hacía presión con la espalda y el respaldo, silencioso, se inclinaba hasta dejar mi cuerpo casi en diagonal, en toda la actitud de quien, despreocupado, se dispone a entregarse al descanso.
Una vez en marcha, el leve zumbido del micro y el compensado movimiento de aquel vientre confortable, más la noche en ciernes, sin dudas, y el ligero sopor que sucedía a la bronca que se iba desintegrando, me fueron arrastrando a ese dulce entresueño donde el silencio y la calma parpadeaban en tropos oníricos. No sé por cuánto tiempo, pero al volver a abrir los ojos restituyéndome en la vigilia, ya atravesábamos la oscuridad de la ruta y pasaban, abajo, veloces, provocando una ligera zozobra, las luces amarillas que corrían en la dirección contraria. Creí que del sueño me había arrancado la película, ésa que, con el volumen apenas perceptible, temblaba en la pantalla que pendía, tres butacas más adelante, del techo. Pero de inmediato descubrí mi error, mi prejuicio. Porque no era responsabilidad del filme que proyectaban sino consecuencia de una voz de mujer que, justo detrás de mi ubicación, crecía aguda en un monólogo interrumpido, con crípticas pausas de mutismo. Debía estar hablando con alguien pero ella, a diferencia de su interlocutor, lo hacía contrariando la mesura en el tono que sugiere, a los educados y sensatos, el silencio del entorno. Por lo que resultaba audible, la mujer increpaba a su compañero de no prestarle la atención que ella merecía, de ignorarla en un sinfín de ocasiones, de dejarla sola en las decisiones que, por razones de tiempo y constancia, debían importarle a ambos. Me parecía ridículo que, ante la creciente virulencia de la acusadora, el imputado le permitiera continuar la escalada de reproches sin siquiera apelar a lo inconveniente del lugar, a que un colectivo con potenciales oídos indiscretos no era el ambiente óptimo para discutir temas que la sensatez exige tratar en privado.
Por el resquicio que dejaban los asientos —reclinado el mío, en un ángulo recto el del acompañante, vacío—, alcancé a otear gracias a la pálida luz que bañaba con su claridad de nave espacial al micro, una rodilla y un fragmento de muslo envueltos por un pantalón deportivo. Más arriba, fieles mimos de las palabras, una mano y un antebrazo enfatizaban con su danza el tenor de los regaños. Deduje que la mujer estaba justo detrás de mí, y su sumiso y resignado oyente en la hilera contigua, en la del pasillo para que se entienda mejor. Aunque no pretendía volcar en mi contra la ascendente irritación femenina, para auxiliar a la víctima y, a la vez, para volver a descansar tranquilo, me limité a soplar un imperioso «¡Shhhh!», logrando detener, por un instante, la verborragia desbordada.
—Escuchaste Juan Carlos… ¿me lo habrá hecho a mí? —inquirió ella desafiante, remarcando el «a mí» como si el pronombre en su pregunta remitiera a Dios o a una autoridad supraterrena.
Juan Carlos tampoco le contestó. Supongo que, en su interior, estaría agradecido del requerimiento que lo libraba del asedio de su mujer. Porque a esa altura, era innegable que se trataba de su esposa, sí, porque sólo un marido con décadas de abnegada carrera es capaz de tolerar esa monserga inagotable sin probar sus dotes pugilísticas o, al menos, salir corriendo a cambiarse de ubicación. Como era inevitable, mi reclamo se convirtió en una nueva prueba contra la actitud pusilánime de Juan Carlos frente a ella y, en general, ante la vida. Entonces, en el airado soliloquio, pasó a reclamarle que exigiera una reparación, que me interpelara ultimándome a retractarme porque ella era una dama y no podía permitir que un don nadie, que un cobarde que ni siquiera se atrevía a dar la cara, la callara como si fuera una mocosa. Yo no deseaba enroscarme en un conflicto ajeno. No, en absoluto. Pero más que los indirectos insultos de esa cotorra, me indignaba que Juan Carlos fuera un castrado, un pelotudo que aguantaba sin chistar a esa harpía que estaba buscando alguien que le pusiera virilmente un límite. Para invitarlo a actuar, carraspeé dejando en claro que estaba despierto, que escuchaba todo, que mi paciencia se agotaba.
—¿Oíste?… ahora tose el descarado —gritó ella haciendo crujir, más adelante, otros asientos del ómnibus donde, sin dudas, los pasajeros se asomaban para informarse de lo que sucedía.
Y me harté. Confiando que el Juan Carlos ése no representaba una amenaza, me impulsé con el respaldo para, poniendo mis rodillas en el asiento, enfrentar a la pareja de desubicados que ventilaban sin criterio sus dramas conyugales. No debía esperar mi reacción porque entre las sombras que alteraban las lucecitas de noche y el parpadeo del televisor, la vi dar un brinco y abrir los ojos como dos lunas en llamas. La voz, la imprecación que me aprestaba a lanzar se me atoró en la boca al descubrir que el asiento, junto a ella, estaba vacío. Sí: vacío, no había nadie, ni Juan Carlos, ni un teléfono celular, ni un retrato siquiera. Mientras el estupor se convertía en risa, verifiqué que atrás, que a los costados, no hubiera una sombra fugitiva, un hombre huyendo u ocultándose de mi ira. Y no, no había. Entonces, involuntariamente, brotó la carcajada, un vómito burlón, humillante, que descomprimía la tensión, el deseo de enfrentar a ésa, a esa desdichada. Por respeto a su edad, a su estado, me abstuve de insultarla. Hubiera sido un exabrupto, aunque merecido, bien ganado, llamarla idiota, desquiciada. No lo hice por compasión, porque cuando se me agotó la risa y el episodio exponía mi victoria y su desventaja, me dejé caer, nada más, volviendo a la posición anterior sin darle tiempo a ella de excusarse o atacarme. La gente está loca, definitivamente loca. Quizá no tenga relación con la vejez, pensé recordando a las catitas, a Leandro pronunciando el nombre de una plaga inhallable, de la que yo no podría testimoniar su existencia; o la misma Soledad con sus vaticinios incumplidos, ya porque el destino no puede anticiparse o porque, advertidos, hacíamos lo correcto para evitarlo. En fin, no era por la edad, sin dudas, sino tal vez un rasgo de la condición humana. De verdad que ya no importaba entonces, cuando mi carcajada había repuesto el silencio y la mujer debía ser una vergüenza acurrucada. Al fin podía relajarme, olvidar a Soledad, su posible trampa, el monólogo que había destruido y dejarme mecer por el arrullo del coche, dulcemente, con el cuerpo estirado, laxo, mullido. Se avecinaban dos días de libertad, de vacaciones, la finca oliendo a sol y yuyos, el aire limpio y la paz que propone la distancia. Alcancé a percibir que apagaban el televisor induciéndonos al sueño. Que afuera se extendía la oscuridad de lo inasible, que ningún ruido quebraba ese clima de serenidad ubicua, y mis párpados se cerraban, dóciles, se cerraban.
Ignoro cuánto tiempo pasó hasta que empecé a ahogarme, a boquear como el pez que cae en los pastizales. Me asfixiaba. La presión de dos manos frías, con todos sus dedos, me estaba estrangulando. Lo supe, lo sentí cabalmente aunque al abrir los ojos no encontré más que la cabecera de la butaca de adelante. No se me cruzó durante la agonía el compendio de mi vida, las instantáneas que destacan un puñado de fragmentos emblemáticos. Sólo la desesperación, el pataleo estéril y el recuerdo de aquella caída de un árbol, en la niñez, que tras el impacto me había dejado sin aire. Mi defensa era inútil porque no tenía contra qué enfrentarme y estaba perdido, irremediablemente, cuando me salvó el soplado e imperativo «¡basta Juan Carlos!» de la mujer que le hablaba a la nada que nos rodeaba. Volví a absorber el aire, con gula, con desesperación y después con furia, indignado. Fuera de peligro, respirando, me descargué lanzando un grito de rabia, estremecedor, que suplía a un insulto sin destinatario.
Detrás, la mujer sancionaba severamente a Juan Carlos y su preocupación mayor era que no sabría qué decir si me hubiera matado. En el desconcierto alcancé a ver que alguien, por el pasillo, se acercaba. Con la cara deformada por la penumbra y el sueño, se presentó el conductor que no estaba al volante. Seguramente, los otros pasajeros, al escuchar mi alarido, habían ido a advertirle la situación guiándolo hasta donde yo estaba todavía pálido y masajeándome el cuello, aterrorizado. Detrás de él se agitaban un surtido de sombras que condenaban mi exceso y una que pedía paciencia, que sugería que podía haberme dado un ataque.
—¿Qué sucede, señor? —gargajeó el chofer tratando de sonar amable—. ¿Se siente bien?
Quise responderle que habían tratado de ahorcarme, que me habían querido matar y la señora de atrás era la responsable, pero las palabras no se articulaban, no, no salían, no estaban. Se produjo entonces un murmullo airado. El chófer discutió con alguien que exigía que encendieran las luces mientras que otro, terciando, sostenía que yo debía haber tenido una pesadilla. Cuando consiguió alejar a los curiosos, devolverlos a sus asientos, se inclinó hasta casi chocar con mi cabeza para cerciorarse de que estaba vivo, de que respiraba. Pausadamente, hasta amistoso, me indicó que se quedaría cerca, ahí, a mi izquierda, por si podía ayudarme en algo.
Aquella noche en tránsito degeneró en una vigilia sobresaltada y angustiante. No podía volver a dormirme, por temor, para poder escapar presto si se repetía la agresión, y pasé las horas siguientes concentrado en los sonidos acechantes. La vista clavada en el resplandor azul que se vertía sobre la manga de la camisa del chófer, instalado en el asiento individual, a mi costado, y mis miembros trémulos, desvaídos, suplicando que el viaje terminara.
Porque, o bien yo deliraba o la mujer, advertida de la presencia del tercero que garantizaba el orden, había apagado el volumen de la voz para convertirla en un susurro que, monocorde y letánico, casi no se escuchaba. Pero sí, seguía hablando y el nombre de Juan Carlos reaparecía como símbolo de su demencia o como amenaza. Parecía que su enojo no había disminuido y, en conjunto, su continua intervención seguía acopiando ejemplos de actitudes reprobables del mentado. Como si toda la existencia de Juan Carlos hubiera sido un largo error, un rosario de acciones que había cometido para despreciarla. Aún en mi miedo, en mi espanto, no lograba entender cómo alguien, si es que lo había allí realmente, podía soportar aquella ofensiva perenne y denigrante. Y así prosiguió la noche, idéntica, con el murmullo serruchando mis nervios y mi voluntad de no desfallecer, de no volverme loco, siempre a punto de quebrarse.
Pero en algún momento empezó a clarear. En algún momento se asomó en el horizonte el contorno de las montañas. En algún momento se apagó, o dejé de oír, el monstruoso paliqueo de la mujer. En algún momento, también, se levantó el chofer, se estiró tomándose la cintura y me observó, parpadeando por la agresiva luz matinal o por la sorpresa que debió provocarle mi rostro descompuesto, fatigado. Sin hablarme, como apurado, se dirigió seguramente a relevar a su compañero en la cabina, allá abajo. Entonces supe que llegábamos, que ya estábamos cerca, que se había terminado la tortura que había soportado para evitar la desgracia, inventada o entrevista por Soledad, y que yo tendría al fin mis dos miserables días de asueto para recuperarme. El sacrificio había sido exagerado. A la vuelta vería cómo arreglármelas, pero ni por toda la fortuna de Bill Gates volvería a subir a un colectivo de larga distancia.
Apenas viró el coche para ingresar en la plataforma, creí ver a Leandro entre la gente que poblaba la estación, con la actitud inquieta de los que están esperando. Aquel gesto de camaradería, de amistad, consiguió anular la sensación de arrepentimiento que la experiencia del viaje me había sembrado. Sentí que todo se encausaba, que eso que se llama normalidad se había restituido y que ya no había voces ni garras espectrales que pudieran amenazarme. Antes de que nos detuviéramos, corrí hacia el frente y salté por la escalera, decidido a ser el primero en bajarse. Despreocupándome de mi valija, traté de ubicar a Leandro. No eran tantos los parientes y viajeros que ocupaban aquel sitio pero igual pensé que alguno me lo debía estar tapando. Estiré el cuello, di unos pasos medio torpes a uno y a otro costado, temiendo comprobar que había sido una confusión, que no se trataba de Leandro. En eso vi al chofer que me había estado vigilando salir del edificio de la estación escoltado por un policía, y escuché el alarido que escapaba del colectivo, y oí que detrás, alguien que bajaba del micro decía, en la misma frase, las palabras «mujer» y «muerta» y todos alrededor se desbandaban. Ignoro por qué motivo, o si sólo fue un reflejo, que me toqué la cara y percibí una sustancia fresca, húmeda, y encontré mi mano manchada de sangre. Y aunque no servía más que para demostrarme mi cordura, que la lógica existía y mis pensamientos la respetaban, dije o traté de decir para que los demás me oyeran y reaccionaran, el chofer, los pasajeros desconocidos, el policía: «no me culpen a mí, por favor, busquen a Juan Carlos…».

Federico Ferroggiaro según él mismo:
Como a estos fines, presupongo, no interesa dejar constancia de fracasos, deslices y aciertos casuales, como tampoco evocar que se nació, que hubo culpables, infancia, traumas, adolescencia, mujeres perdidas y una encontrada, amigos, hijos, viajes, borracheras; me resumo en lo que creo relacionado con este compartimiento. Prosa y no verso, cuento antes que novela, realismo descuajeringado en vez de autoayuda o policial negro. Dos libros editados: El pintor de delirios y Cuentos que soñaron con tapas, y otros tantos inéditos o huérfanos. Y sí, de tanto en tanto sigo escribiendo.
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Reunión de camaradas
Alrededor de las hogueras
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