Quizás el humilde esplendor de lo que juntos fueron capaces o la ansiedad de la espera que inundó todas las conversaciones hubieran bastado para hacer de aquello un acontecimiento único, pues la emoción de esos días no encontraría espejo en la historia con alguna que se le pareciera.
Sin embargo, la total y contundente ausencia de su muerto fue lo que distinguió el recuerdo de tan elocuente funeral.
Jamás hubo en el pueblo una ceremonia como la que tuvo lugar ese año. Ni en pompas, ni en detalles, ni en preparación, ni en concurrencia.
La gente salió a la calle y adornó con flores el frente de sus casas, horneó pasteles y cocinó dulces, tendió la mesa en las veredas para que se sentara a ella quien quisiera compartirla y lució su poco acertado y liviano ropaje blanco de navidades en invierno.
La noticia de los festejos había logrado lo que muchos lugareños nunca se propusieron; salir del pueblo, y con un joven entusiasmo de comparsa formó la caravana de forasteros que durante dos días nos visitaron.
A pesar de la lluvia inagotable que copiosa caía en estas tierras de desierto las veces que a ella se la nombraba, nada en la anticipada programación puso en duda el buen clima de tal fin de semana; un viento norte barredor, ardoroso y espeso de polvo alejó por completo las opacas nubes de agua que velaban el sol justo antes de que amaneciera.
Así, sonando las doce del día, empezaba la fúnebre fiesta de despedida.
Llegó sola con una valija en cada mano y arrastrando un estrecho baúl con empujones de pie. No bajó de ningún tren ni la trajo el colectivo quincenal que conecta nuestra pequeña aldea con la capital. Apareció; y lo hizo en el medio de la plaza al finalizar la misa del Viernes Santo sin que nadie pudiera afirmar que antes la habían visto cruzar el puente.
—Tal vez —apaciguaba de incógnitas el relato mi Madre—, como estábamos recién saliendo de la iglesia en ese momento y la vimos ahí, altiva, parada, sola entre todos nosotros, fue que no pudimos verla antes… en otro lugar… llegando… porque estábamos ahí… y no donde empieza el camino.
Pero su tono declinaba en firmeza hacia el final para terminar sonando como el de quien no está convencido por mucho que lo repita.
Se deshacía del tema rematando con un reproche que le salvaba la conciencia;
—De todas maneras, ¿a quién en su sano juicio cristiano se le ocurre andar vagando un Viernes Santo sin guardar ayuno?
El efecto fue uniforme. Un silencio palpable arrasó con el murmullo comedido del saludo de los que vuelven a verse a la tarde, y se abrieron los ojos y las bocas de los sorprendidos que creyeron que allí vivirían los que eran y algún crío con el que dios bendijera a las parejas recientes, nadie más; pero las viejas, que todo lo saben, aseguraron que esa mujer, la que ojalá nunca hubieran visto, llegaba y se quedaba y tardaron lo mismo que los primeros truenos que destellaron el cielo en santiguarse tras verla y lo siguieron haciendo en su recelosa presencia, tanto que ninguna se la olvidó nombrar cuando les llegó el instante de dejar este mundo; algunas burlando su suerte, otras, las menos, deseando su compañía a esa hora desconocida. Pero presente en todas.
Cobijados nuevamente en la iglesia que temblaba tanto en su estructura como por sus fieles, vieron cómo, sin que nada los hubiera puesto en aviso, esos truenos desconcertantes se convirtieron sin pausa en la peor tormenta que con vientos feroces arremolinaba y se llevaba a volar los árboles viejos que nadie se acordaba ya quién había plantado y que las calles sin nombre no iban a volver a tener. Pronto los asustó el estridente ruido a vidrios rotos y más la indiscreta mirada de la extraña que, aún de pie, les devolvía con ceño contraído (y actitud de futuras venganzas, agregaba mi Madre) la indiferencia y la falta de colaboración.
Pero, sin imaginarlo, se equivocaba, porque a nadie de los tantos presentes y de los escasos ausentes ella le resultó indiferente nunca y menos con tan original arribo, pues desde ese día y para siempre asociaron sus dichos, hechos y sentires con lo que acontecía en la vida del pueblo y de sus parroquianos, sea un pobre diablo o una de las hogareñas niñas que bordaban para los muchachitos del ejército.
Por fin las siestas se hicieron más cortas terminando con el impuesto letargo de los que no haciendo nada veían pasar el tiempo y confinaban a su prole a la misma nada sin sueño que protagoniza los ratos muertos de los pueblos calurosos y esto porque la gente empezó a visitarse a la hora del té con el pretexto de emergencias por resolver; sin embargo había un solo tema con intención de debate.
Concentradas en averiguaciones, las amas de casa junto con las empleadas de los comercios y las damas de la comisión de fomento olvidaron horarios y obligaciones, fiestas patronales y quehaceres comunitarios, la atención de los esposos y la crianza de los hijos y dejaron descansar en la sombra la mala fortuna del cura del pueblo, único del que hasta ese entonces se amontonaban habladurías porque no era pariente de nadie.
Pero lejos de ser un pasatiempo exclusivo de las señoras, con artilugios de disimulo y secretos de pasillo las muchachas celosas y hasta los hombres repararon en ella y le agregaron su comentario al catálogo de chismes.
Con este panorama y luego de condenar con dires y diretes a uno de los intachables por haberle alquilado una casita moribunda, la misma en la que vivió siempre, no hubo más entretenimiento que la recién llegada y cualquier cosa que la rodeara o la llamativa advertencia del porqué de lo que no la incluía, y esto ocupaba todo el tiempo persignándose antes y después de nombrarla, involucrando al pueblo en una danza de ademanes que hubiera cautivado al más distraído de los muchachos de ciencias de hoy en día.
El tiempo me hizo esta mujer mayor que soy y se atravesó irrefutable entre los festejos en unos cuantos años ya, pero nada de lo poco que pasó después pudo persuadirme de que no fui yo la única persona triste en esos días de feria ni me quitó los fragmentos de los sucesos que nos tocaron vivir.
Mi Madre, de unos veintitantos en ese entonces, la recordaba en muchos de sus cuentos de vieja sin esconder aun su hostil sensación de invadida y rival ni escuchando mis súplicas de silencio y homenaje, propias de mi condición de amiga abandonada, contándola como
—Una mujer alta pero bastante fulera, de piernas eternas y un cabello frondoso que se atrevía a soltar a pesar de los arrebatos del clima que desde su llegada no dejaron de acontecer, fuera y dentro de nuestras casas —remarcaba enfatizando con su dedo señalador; el mismo con el que apuntó a mi Padre y al suyo poniéndolos en su lugar cuando hubo situaciones escandalosas creadas y exageradas en sus propios pensamientos—; serena, como siempre lució esa ingrata que tenía mi misma edad pero muy distintos modales, ni bien terminó de acomodar sus petates se paseaba por las casas de familia, sin importarle la hora, para contar con su acento de inmigrante que se llamaba Clementina Bengoa; cosa que desde el principio sonaba a invento y aunque hubiera sido cierto, nadie la llamó por su nombre alguna vez, y que vivía en tal y cual lugar, en la casita verde y roja, y nos la mostraba como si nosotros no supiéramos dónde era.
Sinceramente no había nada en ella que alguien, más que mi Madre, se animara a marcar como fulero. Desde luego, aquellos ojos suyos robaban la intención del más mínimo desvío de la mirada y embrujaban las voluntades tras mirarlos fijos pero por tan diáfanos, negros ébano y pícaros, nunca por fuleros. Quien se cruzaba con ella, muy a pesar de la venia de santiguarse y atarse al pecho un ajo, no volvía a opinar igual sea cual fuera la cuestión que se tratara y es posible que hasta cambiaran sus sueños. Muchos gritaban indignados que daba lo mismo ingerir brebajes de ruda, bañarse en leche o persignarse ininterrumpidamente; luego de verla ya no había cómo evitar empezar quemando la comida y terminar prendiéndole fuego a algo.
Por eso todos los años de su estadía en estos pagos se dice que fueron el resultado con éxito de un ardid de esta calaña pues, aunque se sumaban las envidias y el desconcierto de sus actos, nadie insistía con su destierro. Y quizás sea cierto o tal vez el fin de las mudanzas se debió al pensar en nuestro pueblo como el escenario perfecto donde el aburrimiento y la superstición de sus habitantes consiguieran ser el disfraz creíble de las incómodas expresiones de sus estados de ánimo a menudo ondulantes.
—Es mayor la tentación de sentirse mejor por las certezas que te da el rechazo explícito sin pizca de remordimiento que la incertidumbre emocional del que te acepta con reparos. Con el paso de las estaciones, quién te dice, consiga que se mezclen los sentimientos y un poquito del cariño del que te conoce mejor contagie y le gane lugar al inconmovible doblez del rechazo —dijo una vez que cediendo en su guardia nos cruzábamos fingiendo casualidad a contarnos nuestros pareceres a orillas del río; lugar en el que unos cuarenta años después tiraron las flores en señal de despedida.
Al principio de la farsa apenas me asomaba por la ventana; me negaba a considerar su distancia como un augurio de aires de renovación y el comienzo de una primavera añorada como alegaron ese domingo en la iglesia, pero a medida que llegaba más gente la curiosidad venció mi nostalgia de amiga y salí a buscar la respuesta de tanto alboroto.
Entonces fue que descubrí el origen de cosas que en mi casa no se hablaban en frente de los niños a pesar de que sufriéramos como todos las desventuras de sus caprichos; cosas que por eso mismo recuerdo bien, a veces con espanto.
Agitadas en su propio entusiasmo las personas de mi pueblo le contaban a los de más allá distintos episodios y pesadumbres además de los inmensos que los foráneos conocían porque también los había afectado.
Escuché de ráfagas de humo que durante meses sobrevolaron los rebaños de animales privándolos de sol y agua por el desinterés que mostró la almacenera al rechazar la oferta de sus empanadas caseras; supe que al cielo lo perturbaba a su antojo y le dibujaba máculas y lunares púrpura con relámpagos anaranjados sin una lluvia que calmara los campos, desde años en sequía por su culpa, claro, anhelosos de agua dulce; también oí de cataratas de granizo cuando quiso disimular la autoría de un calor abrasador; pretendiendo leer presté atención a un grupo de señoras desconocidas en el que mi Madre aseguraba que cuando una estela de olor a café quemado se abría paso después de ella era antesala de embarazos vergonzosos y este indicio nunca fallaba…
—…sobre todo en los últimos años, que creció la población y cómo se notará, que hasta hubo que hacer aulas nuevas en la escuela, ¿por qué? porque nos llenó la comarca de bastardos. —Continuaba con fascinación mientras se jactaba de su viudez anticipada, que si bien le había quitado su amor temprano amargándole la vida por extrañarlo tanto, la puso al resguardo de que mi Padre tuviera hijos naturales por ahí al momento en que la ingrata (como la llamaban sin que les debiera nada) vengó con metejones desafortunados (entre casados y solteras, mujeres inconvenientes y casados con otras) la existencia sin sobresaltos de la comunidad entera después de que le llegó una carta firmada por las damas de la comisión de fomento donde le pedían por favor «se abstenga de provocar a nuestros maridos, hombres de bien y padres de familia cuya distracción del trabajo sólo era, de vez en cuando, el juego de cartas y su entera devoción a la fe cristiana y que ahora andan embobados por las polleras cada vez más cortas de una mujer que vaya a saber uno desde dónde llegó y hasta dónde llegará que a sus tantos y pico de años no ha formado una familia como dios manda».
Sin embargo, ninguno de los hijos fue de ella y no hubo reclamo de esposos propios en casas ajenas más que entre las mismas señoras de la Comisión de Fomento. Igual, por entera responsabilidad de la ingrata, afirmaban.
Algunos hombres, ahora con arrugas, contaban que habían escarmentado de molestarla robándole los animales, la ropa y no se cuánta cosa cuando niños porque sus familias perdieron mucho con la respuesta a tales agravios pues estalló una crecida del río tan severa que todavía, y por incontable pintura que se le ponga, se puede ver la marca de barro y de desconsuelo que dejó el agua al meterse en sus casas.
Caminando las veredas llenas de guirnaldas y globos bicolor que caracterizaron el funeral repitiendo los colores de su casa, admito que sonreí al escuchar que maldecía los desplantes con pequeños incordios dirigidos a algunos miembros de la comunidad; así se le adjudicaron tropiezos, constipaciones, disgustos llorosos sin motivo, mal de ojos, equivocar la propia casa y olvidar los nombres, orinarse los pantalones, que no funcionaran los relojes y perder dinero; y la menos usada pero por mucho la favorita: un repentino y exagerado volumen en la voz que ridiculizaba al malvado interlocutor cuando se le ocurría proferirle insultos y palabrotas mientras eructaba flores.
Con la calma del viento y a medida que los años iban pasando, se acomodaron los ánimos; los hostiles se mostraron casi amistosos y ella soportó con paciencia y frente alta los pasquines en su puerta, que menguaron en reproches de letras y frecuencia pero no desaparecieron.
Cada tanto los vapores de una paz aparente pero que al menos alcanzaba para mantener las cosas en los carriles saludables de la tolerancia bullían expectantes de estallar en los rincones atizados de malhumor, hasta que de tanto amenazar, un día fatal amaneció el pueblo más temprano de lo habitual envuelto en un hedor repelente que se coló indiscreto por las hendijas de puertas y ventanas.
Dormidos aún, incrédulos como quien se siente parte todavía de los últimos sueños de la noche, les bastó con asomarse a las calles para advertir la procedencia de tan inmundo e invasivo olor húmedo.
Bandadas de mil especies conocidas yacían sin aliento en cada pedacito descubierto del pueblo. Calles, veredas, árboles, techos, sembradíos, caminos y todas las jaulas y gallineros tenían montones de cadáveres con pluma y pico.
Como si el río con su caudal de hilo hubiera arrojado por los vericuetos del pueblo la basura del cielo, lo que ya no vuela alfombró la tierra. Como un ruido absoluto que no muestra otra cosa. Como el vómito más brilloso que jamás se vio de alas secas y huesos huecos por donde silba el viento.
Repugnaban a la vista, ojos con lágrimas, la realidad del desastre nublaba y se afligían los corazones con la obligación de remediar las cosas, la certeza del remitente corroía el alma con ganas de matarla.
Pero nada sucedió. Miraba tan fijo que los llenaba de miedo, miedo oloroso, miedo cobarde, y sólo miraba. Ella vio día a día crecer la montaña podrida de aves fétidas que le depositaban en la puerta de su casa y supo de los rumores agresivos que la alejaban cada vez, pero tampoco hizo nada. Esperó.
Los días del funeral trajeron a casa disfrazados de cotorras, pavos, gallos y gallinas a todos los que huyeron después de la lluvia plumífera y también, con cajones de frutas, a los expatriados que se fueron con lo puesto después de la depresión. Se abrazaban entre sollozos los reencontrados, felices del motivo que los reunía. Deseosos de un nuevo tiempo brindaron infinitas veces por lo que no volvería a pasar y por los pobres infelices a quienes en suerte les fueran a tocar sus pesares en el futuro.
No fue hasta el próximo otoño que tras la noche cerrada llegaron los años dulces. De repente, como si nos hubieran bendecido con prosperidad y abundancia, el campo pedregoso floreció. El asombro de las primeras cosechas se convirtió en un hecho periódico y hubo que aprender a manejarnos en lo desconocido.
Con las últimas oleadas irrespirables que asomaban con la correntada, crecieron por doquier las más bellas y sabrosas frutas exóticas de este suelo árido.
Durante diez años, no importaba qué se sembrara, desbordaban los acopios de frutos de colores extravagantes que los libros nos enseñaron como mangos, guayabas, arándanos, pitajayas, nísperos, kiwanos, mangostinos y también esos otros a los que estamos acostumbrados en sabor pero no en aquellas cantidades y tamaños increíbles: peras, manzanas, duraznos, frutillas y naranjas que perfumaron el ánimo.
Hubo lecciones de recolección, embalaje y posibles destinos. Hicimos dulces, conservas, pasteles; hubo tartas, jaleas y helados; galletas, licores y confituras, infusiones, licuados y compotas; las preparamos en jugos, hervidas, asadas y al horno; crudas, en ensaladas, acarameladas y en almíbar. Y vendimos todo.
Temporadas de júbilo embellecieron la aldea y a cada uno de nosotros.
El bienestar crecía a medida que se traspasaban las fronteras; conocimos el mundo y el mundo nos encontró en el mapa.
Tanta alegría logró lo cortés y lo cordial y aunque aún se seguía bajando la vista si ella caminaba las calles, al menos con una pequeña reverencia de cabeza, se la saludaba reconociéndole el mérito, el esfuerzo en el logro y la generosidad. Pero a esa mezquina amabilidad se limitó la recompensa.
Ciertamente la conocía. A pesar de que tenía prohibido hablarle, mirarla y andar cerca de su casa ya había hecho todo eso desde niña cuando en una desafortunada tarde de pesca caí del puente al rocoso fondo de nuestro río casi seco. No recuerdo haber gritado o saber dónde huyeron los amigos que me acompañaban, sí desesperarme por el golpe que me quebró las piernas. Al abrir los ojos apretados la vi, sin saber cómo había llegado, levantándome en brazos a pesar de ser grande como ella. Acepté su consuelo y sus curaciones no sólo por no poder salir corriendo sino por saber, aunque temblando por nerviosa y dolorida, que había querido siempre que algo nos acercara: mis piernas rotas bien lo valían.
Me envolvió entera en hojas secas de alguna de nuestras plantas nuevas y la sensación fue tan reconfortante que no sé exactamente cómo fue pasando el tiempo. A la noche, o a la noche del día siguiente quizás, llegaron a la puerta mis familiares, mis amigos y hasta el último vecino a reclamarme a viva voz de manos de mi raptora; así que para evitarle mayores disgustos me paré de la cama improvisada que me había armado y mientras caminaba a la puerta le pedí si podía ser su amiga, que le prometía ser mejor que los demás hasta ahora con ella, y tras el sí como respuesta nos volvimos a encontrar durante muchas tardes a lo largo de muchos años, incluso después de que se acabaran las frutas y renacieran las miserias.
Cumplí lo prometido; y disfruté el privilegio.
Volvió el viento y arrolló con tal furia los éxitos que a las horas el cuadro era el de los años de mi niñez.
Arena y grises cenizas, ninguna fruta, sólo las inservibles pegadas al fondo del cajón, la espera desconsoladora de lo que no llega a los mostradores de los negocios, el horno apagado, la radio sin noticias para transmitir, otra vez el colectivo de mula como único contacto con la ciudad… el mismo frío que carcome y que habíamos olvidado cómo dolía en los huesos.
Los previsores se fueron del pueblo con sus ahorros y sus muecas de incertidumbre, abandonaron sus casas hasta el deterioro; nadie las volvió a habitar, nadie las necesitó, hubo más casas que personas y sólo volvieron a abrir sus puertas con motivo de la fiesta de despedida sin ninguna roncha de humedad.
Yo había viajado al pueblo vecino por el casamiento de una de mis primas, ella me despidió en el andén dándome en la mano un ramito de azahares y romero que sigue conmigo y huele como esa misma mañana, y nos saludamos hasta la próxima semana. Pero cuando regresé, desde el tren a casa, escuché que hacía varios días que nadie la veía.
Mi Madre terminó de confirmarlo y no me permitió que la buscara. Algo se hundió dentro de mí y tragué saliva como si el pensamiento anticipara las noticias de su ausencia. Corrí con mis piernas desde entonces perpetuamente doloridas para encontrarla descansando la siesta y, abriendo la puerta con una fuerza que no hacía falta, no hallé más que el vacío llenando las habitaciones. Supe sin dudas, como todos, que se había ido pero no fue eso lo que me dejó llorando, sino que no hubiera en esa casa de encuentros algo que fuera sólo para mí. Ni siquiera algo que el descuido y el apuro le hubieran hecho olvidar. Concentré en las flores de naranja todos los momentos compartidos.
Llamaron al juez de paz y al cura y no faltó nadie invadiendo la casa de curiosidad y agua bendita mientras regaban la mentirosa crónica de su muerte. Se profundizó el ritual de ademanes salvadores en agradecimiento; hubo viejos y jóvenes arrodillados por horas hasta que los echaron fuera para poder clausurar la casa.
Con el domingo en misa llegó la idea del funeral como bienvenida a la tranquila y normal forma en que la vida iba a llevarse desde ahora y por la que algunos habían quedado en el camino sin conseguirla.
Se recordaron las catástrofes y los escándalos, las pérdidas y los pájaros. Se rezó por los que ya no estaban, por los que se habían ido y por los que resistíamos. Se agradeció la década de prosperidad que nos permitió enfrentar las crisis de sus combates de ingrata que nunca se mostró a gusto entre nosotros, concluía el cura, y los farsantes, congraciados con el nuevo orden de las cosas, confirmaban con movimiento de cabeza pero dudándolo como si les picaran las entrañas.
Y hubo fiesta.
Yo daba vueltas buscándola con la fuerte convicción de que la iba a ver asomándose por entre la gente. Apretaba el ramo contra mi pecho para reforzar el deseo, pero no sucedió.
Los años que siguieron caminábamos de la rutina a las fiestas patronales sin más novedades que los nacimientos y los matrimonios. Ya no llovió y los que se acuerdan el cuento se fueron a vivir sus últimos días a la ciudad, allá están los hospitales.
No hubo anuncios ni presagios, ni novedades ni sorpresas.
La leyenda conforma a los que escuchan pero como si todo se redujera a sólo eso; los demás, ya viejos, nos aburrimos en la quietud sin batidos de guayabas ni frambuesas.
No me fui del pueblo esperando volver a verla. Mis homenajes fueron insuficientes y quizás por eso no se sintió complacida a regresar donde le habían cobrado tan caro sus cambios de humor. Recién le puse su nombre a una de mis nietas porque antes en el pueblo estaba prohibido usarlo, y con esa misma nieta conseguimos la casucha que aún se ve roja y verde y armamos allí una biblioteca.
Mi Madre repitió hasta el final que los fantasmas no se invocan, que ventilara mis pensamientos y me ocupara de mis hijos y que si alguno de sus conjuros le hubiera funcionado y estuviera viva sería tan vieja como ella, porque no hay milagrito que mantenga con juventud a un bicho raro como ése; pero llegó al pueblo hace dos semanas una señorita de vestido violeta que se le parece y ya hay en el aire olor a pájaros muertos.

Valeria Paciaroni según ella misma:
Nací en Cañada de Gómez un día con vientos de otra época mientras que en el resto del país se cazaba gente el 14 de Abril de 1976. Hija de artistas enamorados y hermana de mercaderes con éxito, me resfrío en cada primavera sólo por extrañar el polen de los árboles rosarinos que hace años no veo florecer.
Trabajo con ballenas, como si todo fuera parte de un cuento, después de estudiar un montón de otras cosas, un montón de veces.
Acerca de lo escrito, amontono hojas inagotablemente y algunas veces fueron a parar a teatros, bibliotecas de niños, concursos de cuentos, expedientes judiciales, columnas, blogs propios y ajenos, revistas escolares, proyectos inconclusos y por fin algo (las generosas voluntades, afirmaré) las hizo habituales en eSe, trayendo a casa, desde que se escribieron hasta hoy que vas a leerlas, gratas sensaciones.
Otros cuentos de Valeria Paciaroni publicados por eSe:
Tres personajes
Calma viento
Cerezas de cayena
Share
|