Cuando mis padres llevaban un buen tiempo muertos —aunque no aún el tiempo necesario— yo solía ocuparme de una inquietud recurrente: cuánto le toma a un cuerpo descomponerse. Digo: el adelgazamiento progresivo de la carne que se pudre y hace olor y se extingue hasta descubrir el andamiaje óseo que ha ocultado durante el tiempo de la vida y que es la única materia que nos sobrevive. Nunca lo comprobé —aún cuando sé que bastaba una pesquisa mínima— porque saberlo hubiese interrumpido de inmediato cualquier nueva cavilación al respecto y aquel era otro de los pretextos a los que yo apelaba para pensar en mis padres, ahora que ellos habían muerto y les sobrevivía apenas su recuerdo entre los vivos, y ese recuerdo es frágil y requiere ejercicio y método porque desfallece al mínimo descuido y comienza a difuminarse sin solución y todo lo que se pierde resulta irrecuperable, siempre.
Fue durante ese período de transición —un duelo aletargado del que en verdad conservo un recuerdo más asociado a la incertidumbre que al dolor, sobre todo porque la orfandad nos coloca ante la muerte en línea de sucesión inmediata— cuando conseguí al fin desprenderme de la casa —que era la que ellos habían ocupado hasta morir y en la que yo había vivido hasta marcharme a la ciudad—. Viajé a General White para firmar los papeles del caso y entregarle mis llaves al agente inmobiliario —un tipo desarmado de cualquier escrúpulo que había conseguido un precio de estafa y se felicitaba por ello en las conversaciones telefónicas que intercambiábamos a diario para acordar los detalles de la operación y me llamaba aún por el diminutivo de mi nombre, como si la declinación bastara para impostar un afecto que ni remotamente sentía—. Detuve el automóvil frente a la casa e introduje en el itinerario la escala que me había prometido eludir. Supongo que fue entonces, mientras recortaba la distancia hasta la puerta y hundía el par de manos en los bolsillos de la chaqueta buscando las llaves, cuando amontoné cronologías para conseguir medir la extensión exacta del intervalo de mi ausencia. Media década.
Dentro olía a encierro y apenas había luz. Es relativamente sencillo jugar a contraer o dilatar el tiempo cuando se lo recrea —en general, con voluntad evocativa— para hacer caber dentro de él lo que no cabe —enumerar, por ejemplo, el contenido exacto de cierto flujo emocional, fingiendo que el inventario es sucesivo e incluso aprehensible—. Yo jugaba a eso y todavía lo hago: un procedimiento catártico que alivia y consuela porque organiza el dolor, administrándolo. Aunque el contenido del tiempo, en realidad, es una marisma indescifrable y enceguecedora que replica el efecto de las luces altas del camión súbitamente descarrilado que nos va a matar con el primer impacto.
Yo pensé en la descomposición de los cuerpos de mis padres, en el extraordinario negocio inmobiliario que estaba a punto de cerrar, en la idea central de un libro que acababa de leer, escrito por autor que acababa de morir: la vida como desarticulación progresiva de una serie de fábulas complicadamente articuladas durante la infancia. Luego abrí las persianas y la luz del mediodía clareó el interior. Una empresa de mudanzas se había ocupado de evacuar el mobiliario y el vacío súbito produjo el natural efecto de expandir el espacio: un desierto de parqué; el esqueleto de la casa de mis padres —que ahora era mía y que en un par de horas pasaría a ser de otro, un incauto que pagaría de más y montaría allí otro escenario nuevo, para organizar el poblamiento con la voluntad virginal de los conquistadores—.
Por entonces yo escribía el guión de una película de espectros que afortunadamente nunca se rodó. Los objetos, pensé, poseen una facultad singular, puesto que sus fantasmas gozan de una rara visibilidad transitoria. Las malas películas, incluidas algunas que yo escribí, resuelven el inconveniente con el recurso de la aparición súbita del muerto: su cuerpo sin descomponer mutado en una transparencia espectral. Digo: la tontería del fantasma que podemos ver. A cambio, el espectro de los objetos puede medirse por las variaciones de intensidad en el color del suelo: muebles preferentemente rectangulares que habían custodiado la salubridad de la superficie que ocuparon a cambio del ostracismo al que había sucumbido la parcela de parqué del caso.
Lo que quedaba de la casa de mis padres —digo: de la colección irregular de cosas que habían acaparado durante el tiempo de sus vidas; ese amontonamiento contrarreloj de muebles, de lámparas de pie, de electrodomésticos— era un conjunto atomizado de figuras geométricas prolijas, casi perfectas, recortadas en el suelo en una tonalidad diferencial, a salvo del efecto nocivo de la intemperie doméstica —del polvo y de la tierra y del agua y de los productos químicos de limpieza que percuden y dañan a cambio del brillo, siempre artificial y transitorio, y de los líquidos vertidos involuntariamente y de la sangre, vertida incluso con alguna voluntad—. La frontera de la memoria acotada a los límites de un círculo, o de un triángulo.
Me entretuve un buen rato ocupando la jurisdicción de los objetos desaparecidos: territorios de la casa antes vedados; inútiles ante el achicamiento del espacio que exige una cómoda, una nevera, un sillón o la cama nupcial a cambio del servicio que prestan. De pequeño nunca jugué a alterar la disposición de los muebles aunque más de una vez fantaseé con hacerlo, sobre todo porque a mi madre le obsesionaba el orden de las cosas y la obsesión mía de aquel tiempo era perturbar la voluntad rectora de mi madre sobre el universo doméstico.
Supongo que pasaron un par de horas, sobre todo porque comenzaba a flaquear la intensidad solar de la luz que entraba por las ventanas. Volví a ocuparme de los tatuajes sobre el suelo de la geometría de las cosas que ya no estaban, la huella perdurable de los objetos, producto de todos esos años en el mismo sitio: cierta recompensa tardía y fuera del tiempo por la tenacidad de su estatismo fotográfico. Creí imaginar el pasado de mis padres anclado en el piso de parqué mientras sus cuerpos se descomponían a una velocidad de la que no quise nunca enterarme, aunque hubiese podido. Y pensé otra vez en la voracidad acaparadora, ese movimiento más sensato de la trascendencia, puesto que desconfía de la memoria y del espíritu y de la nostalgia como acto sentimental y entonces amontona materia y propiedad con facultades de sobrevivir al acaparador para convertirse luego en molestia o en beneficio transferidos a quienes le suceden: la retaguardia voraz o doliente o todo a la vez.
Recuerdo que me inquietó sobre todo por lo banal pero el caso es que me descubrí angustiado, de pie dentro de un rectángulo que definía el espacio que había ocupado la biblioteca de mi padre: sólo dentro de la cáscara o del hueco. Y salí de la casa y cerré con llaves y firmé los papeles del caso y entregue esas llaves y no volví nunca, aunque sí seguí durante un tiempo preocupado por la descomposición de los cuerpos y por el espectro de los objetos.
Luego leí —o lo leí antes y ahora confundo los tiempos— que la contramarcha central de quienes han perdido una mano o un pie —o un brazo, o una pierna— no es sólo la invalidez de la que ya no podrán escapar nunca sino cierto desequilibrio cerebral que distorsiona la percepción para conferirle estatuto de realidad a la fracción de cuerpo ausente y el variable dolor que aguijonea aquello que ya no existe: una mano, o un pie; un brazo, o una pierna.

Antonio Galimany según él mismo:
Nací en Rosario, en enero de 1987. Soy periodista. Entre 2010 y 2011 residí en Barcelona durante una larga temporada en la que estudié un máster en creación literaria. Regresé a Rosario, algunos meses atrás. Soy malo para el oficio de autobiógrafo. Desde mayo de 2010 edito, junto a Augusto Jacquier y Gabriel Cirelli, la revista que ahora leen.
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