Al final de tu minuciosa crítica/ensayo a «La joven guardia», la compilación de Maximiliano Tomas, concluís diciendo que es «[...] en conjunto muy estimulante y que si estos escritores —como afirma de nuevo Tomas— “buscan crear las condiciones para el surgimiento de nuevos lectores”, la colección resulta un medio más que apropiado para esos fines.» Hoy, seis años después de la publicación, un lapso sideral en términos de internet y burbujas literarias, ¿cómo encontrás esa proclama de Tomas y a los autores que formaron parte de ella?
La joven guardia fue un caso singular: aunque se puedan criticar algunas inclusiones u omisiones, la antología era representativa de los narradores éditos menores de 35 años en 2005: era de algún modo una foto de ese momento y de esa generación. En los meses siguientes se publicaron varias antologías similares y aparecieron algunos primeros libros interesantes, como los de Iosi Havilio (Opendoor), Félix Bruzzone (76) o Gonzalo Castro (Hidrografía doméstica). Un poco más tarde, en 2008, apareció Las teorías salvajes de Pola Oloixarac, muy autorreferente del mundo de los estudiantes de humanidades porteños. Digamos que Pola fue el último capítulo de la saga de La joven guardia y, de hecho, algunos de esos autores se incorporaron a la edición del libro en España. La larga crítica que publiqué en Los Trabajos Prácticos no se limitaba a la antología sino que apuntaba a los escritores, a completar por así decirlo esa foto: de cada uno leí en ese momento lo que pude encontrar de la obra publicada y a partir de allí escribí esas interminables entregas. Alguien señaló que la reseña completa podría ser más extensa que el libro pero no me gustaría averiguarlo.
Como suele ocurrir, de los veinte nombres elegidos por Tomas, algunos se abrieron camino más fácilmente que otros pero es un poco prematuro para evaluar sus carreras. De todos modos, me da la impresión de que los que parecían más promisorios dieron señales posteriores significativas, especialmente Pron, Coelho, Falco y Schweblin (Cucurto había empezado antes y lo veo como parte de una generación anterior). De todos modos, no sé por qué Mariana Enríquez no despega del todo, por qué Pedro Mairal se ha estacionado en cierta tibieza, por qué Hernán Arias no escribe más, qué clase de escritor quiere ser Juan Terranova —demasiado profesional— o a qué apunta Gabriela Bejerman —demasiado amateur. Y especialmente, me gustaría leer una segunda novela del dentista Germán Maggiori. No había leído la primera, Entre hombres, al momento de escribir aquella crítica, pero cuando la conseguí me pareció de lo más importante de la década y todo un acontecimiento ya que la novela negra no tiene grandes antecedentes en la Argentina. Es como si hubiese refundado el género, que poco después dio otro muy buen libro como Bajo ese sol tremendo de Carlos Busqued.
También debo decir que, a mi juicio, ninguno de los autores de La joven guardia ha producido después una obra deslumbrante, aunque Pron es el que más le ha encontrado la vuelta al oficio, con una producción sostenida y recursos de un escritor internacional «de calidad», con un toque alemán y cierto estilo propio. De todos modos, creo que está demasiado pendiente de su estrategia y del efecto, lo que se nota en la crueldad gratuita de sus narraciones —típica de del mainstream fino— y en una cierta «actitud de escritor». Coelho está en un camino parecido: publica seguido pero su característica torsión del lenguaje me parece más forzada que antes mientras trata de equilibrar esa experimentación mirando un poco al mercado.
En tu crítica echás luz sobre la relación de varios autores de esa antología con un taller en particular, el de Diego Paszkowski. Si bien elogías la producción de algunos de sus talleristas, ¿qué alcances creés que tiene esta práctica en la literatura actual?
Lo que descubrí de Paszkovski era un poco bochornoso: sus alumnos del taller literario le agradecían la publicación de sus libros de una manera ritual, como si estuvieran cumpliendo un contrato. Se ve que después les dio un poco de vergüenza y no lo hicieron más, al menos de un modo tan descarado. Muchos escritores de esta generación y de las siguientes pasaron por el taller de Paszkovski, un escritor con cierta habilidad pero bastante mediocre y sin vuelo. Independientemente del talento de cada uno, creo que el taller literario se nota en la prolijidad forzada de los textos o en algunas narrativas cerradas, muy paramétricas, como si fueran ejercicios de estilo impuestos como deber. Confieso que nunca entenderé por qué alguien que quiere escribir acude a un taller literario, ya que la mayor gracia del aprendizaje de la escritura es tratar uno mismo de descubrir de qué se trata. Pero me dicen que se conoce gente de ese modo. De todos modos, no es un tema del que pueda hablar con propiedad.
Buen número de los que participaron de esa antología continuaron sus caminos con diferente suerte; algunos han logrado reconocimiento internacional y la inclusión dentro de los grandes mercados editoriales. Recientemente, se despertó una polémica debido a la La lista de Granta en español, en vista de la promoción de los autores y su relación con agentes, editoriales y concursos literarios, como señaló el crítico peninsular Ignacio Echevarría, ¿cómo ves este asunto? ¿Qué relación tiene esto con la validación o legitimación de los autores?
Antes hablé un poco de lo que ocurrió con los escritores, aunque no tengo del todo claro cuál es el valor de cada uno en el mercado internacional. En este punto, debo confesar algo. Cuando salió esa edición de Granta, se me ocurrió repetir lo de La joven guardia, y analizar uno por uno a esos escritores, suponiendo que esa nueva foto podría servirme también como punto de partida. Conocía a unos pocos, empezando por los de LJG, pero no había leído sus últimos trabajos. Así que hice lo mismo que aquella vez y compré los libros que pude encontrar en un viaje a Buenos Aires. Así se armó una pila bastante respetable de libros para leer, de los cuales intenté con un par que no me convencieron mucho. Y entonces me cayó en las manos el artículo de Echevarría, que destruye la selección de Granta de un modo tan claro y tan contundente que me hizo desistir del proyecto. Es un artículo ejemplar de crítica literaria. Lo que lamento es no tener una referencia para poder seguirle el rastro a la literatura en castellano de esta generación.
¿Creés que hay indicios de una generación que le siga a la NNA?
Primero, convengamos en que lo de Nueva Narrativa Argentina fue nada más que un eslogan de mercado con el que se lanzaron algunas antologías que siguieron a LJG. No lo aclaré antes, pero no creo que esos escritores se puedan agrupar más que por esa casualidad oportuna que fue el libro, pero esa foto se podría haber tomado en otro momento y arrojado resultados distintos: la NNA sería tal vez distinta. Supongo que la pregunta está dirigida a la mención de nuevos nombres, posteriores a los antologados en aquella oportunidad. No tengo una respuesta. Leí menos narrativa argentina en los últimos años y lo que alcancé a conocer no da para una respuesta equilibrada. Recuerdo que alguna vez escribí sobre el grupo que se autodenominaba «El quinteto de la muerte», que sí tenían una especie de mística conjunta. El nombre que más ha trascendido de ellos es Leonardo Oyola, una especie de narrador a destajo que publica muy seguido. No logro decidir si me interesa o no y me pasa un poco lo mismo con los otros, aunque creo que tienen un proyecto literario consistente y más bien autóctono: no parecen estar pensando en el agente que los venda afuera aunque por ahí es una ingenuidad mía y ya lo tienen. Lo que estoy esperando es la generación kirchnerista (esperando con cierto terror, diría). Aclaro: como es público y notorio, hay muchos escritores kirchneristas, pero no hay una narrativa que dé cuenta de esta época. Hay unos cuantos relatos sobre desaparecidos, sobre la época de la dictadura, pero aun no apareció siquiera un equivalente literario de El estudiante, la película de Santiago Mitre. Claro que no necesariamente la narrativa K debería ser realista, pero tampoco estoy en condiciones de describir las constantes de la época. No sé si hay grupos como «los jóvenes serios» y «los jóvenes mediáticos» que Damián Tabarovsky identificó durante la era menemista en Literatura de izquierda, pero tiendo a sospechar que deben andar por ahí proyectos de «jóvenes militantes». Me parece que el estilo de época se inclina finalmente hacia alguna forma de realismo sucio, cargado del cinismo y la arrogancia de quienes se sienten vencedores en una batalla generacional. Pero tal vez esta predicción sea completamente errada. Por otro lado, me gustaría mencionar en el campo opuesto, la vanguardia, a un Pablo Katchadjian, que me parece sorprende por su originalidad.
En tu crítica a la Joven Guardia afirmás que la inclusión de Abelardo Castillo como prologuista de la serie (quién en ese mismo prólogo reconoce no haber leído la antología) es un «lapsus que parece confirmar la poca pertinencia de Castillo como prologuista», haciendo más notorio este mismo lapsus al exponer una frase del compilador (Tomas), donde «menciona una serie de autores argentinos a los que supone que la nueva generación ha leído. Estos se listan por orden alfabético desde Aira a Walsh. Castillo aparece después de Walsh, agregado como si alguien hubiera advertido a último momento su ausencia.» Luego, a medida que evolucionan tus lecturas de los antologados, razonás que el complicado sistema de herencias de esta Joven Guardia parece tener un lazo más fuerte con el realismo estadounidense. ¿Cómo se explica la compleja relación de la Joven Guardia con las «figuras paternas»? ¿Hasta donde influye el realismo estadounidense en ella?
Lo de Abelardo Castillo fue una deducción al pasar. Era un prólogo muy malo además de muy poco comprometido con los autores. Se dieron cuenta de que habían escrito la verdad, que esos escritores no leían a Castillo, y lo agregaron de apuro porque si no era imposible justificar que le hubieran pedido el prólogo. No más que una anécdota, de todos modos. Lo de las influencias es muy complicado. Creo que los noventa fueron los años de una gran contracción del mercado en la que poco sobrevivió además del dogma de que la literatura era «contar historias» con toda la carga populista, antivanguardia y antiintelectual que conlleva la frase. De ese estado de cosas un poco anómico resultó LJG. No creo que sus integrantes hayan tenido influencias excluyentes, ni siquiera muy importantes, aunque se podría decir que la mayor parte de la producción de esos autores es realista y —forzando un poco— vagamente hemingwayiana. No creo que, en general, fueran fanáticos de Saer ni de Aira ni de Chejfec, ni de Lamborghini, para nombrar a escritores de los que se ocupaba la academia entonces. Acaso eran vagamente lectores de Fogwill y también seguramente de Cortázar, de Soriano o de Puig. Pero lo veo como un grupo bastante huérfano de influencias rotundas.
En un diálogo reciente con Juan Terranova ponés en tela de juicio una idea en boga de que «[...] la palabra “cuento”, [...] debe ser reemplazada por “relato”», señalando que «Esto plantea un problema: si escritor es el que escribe, narrador el que narra, poeta, novelista, cuentista el que hace poemas, novelas, cuentos, cómo se llama al que produce relatos. ¿Acaso relator, una palabra que remite más a José María Muñoz que a Jorge Luis Borges?». ¿Por qué pensás que en ciertos ámbitos se tiene tanta aprehensión en usar la palabra cuento, escritor o literatura? ¿A qué se debería la profusión de eufemismos de este tipo, como el uso de la @ o la «X» en lugar de los géneros, incluso cuando el término español sea expresamente neutro?
No sé, al poco tiempo de que Terranova dijo eso, se lo leí también a Fabián Casas, tal vez el escritor argentino más visible entre quienes se agrupan bajo la palabra «jóvenes». Por un lado, veo cierto rechazo a la imagen un poco impostada del escritor como «literato», un señor que ocupa un lugar determinado en la sociedad, que trabaja desde esa pose. Por el otro, me parece que es una cuestión de marketing en un momento en el que no hay un escritor que no piense que la estrategia es una parte importante de su actividad. Da la impresión de que muchos escritores intervienen en el mundo cultural de un modo que excede lo que podría llamarse su obra, que se mueven en un circuito fluido, interdisciplinario y mediático. Pero ante todo, ese rechazo a la palabra «escritor» es un acto de coquetería. Y lo de la arroba es simplemente una pavada: ¿Cómo se pronuncia la arroba en medio de «escritor@s».
En ese mismo diálogo se discute la posibilidad de una crítica efectiva y que rehuya de la complacencia, ¿qué haría falta para activar una crítica de este tipo? ¿Internet y sus modalidades pueden cumplir esa función de manera gravitante?
Es muy difícil encontrar una crítica, aun reseñas aisladas de libros, que escapen a cierta costumbre ya impuesta de complacencia, amiguismo y circulación de las novedades editoriales. En una época pensé que la internet sería liberadora, abriría los candados de la censura del mercado y de la academia. Pero la verdad es que no ha ocurrido, al menos en la Argentina. Incluso, si uno compara lo que ocurre en la literatura con lo que ocurre en el cine, verá que hay muchísimos críticos de cine en la web, la mayoría amateurs o semiprofesionales que se lo toman con gran entusiasmo. En literatura hay un miedo tremendo de contradecir a las autoridades, de transitar por caminos distintos a los que reciben la bendición de la facultad de letras. Y también hay cierto desprecio por el medio electrónico y mucho más por el amateurismo. Hay muy poca gente dispuesta a aprovechar la libertad casi absoluta (de tema, de extensión, de tono) de la que se dispone en la web y, la mayoría de los estudiantes prefiere hacer reseñas de 2000 caracteres para un medio gráfico por una paga ínfima y el libro de regalo. O escribir monografías y trabajos de tesis que nadie leerá pero le permitirán una beca, una ayudantía, una carrera en el futuro. El mundo de la literatura es extraordinariamente engañoso en ese sentido: desde afuera parece abierto e infinito, disponible para quien quiera ponerse a leer, pero está tremendamente balizado.

Eduardo Antín (Quintín) nació en Buenos Aires en 1951, es licenciado en matemática y tiene un pasado como árbitro de fútbol. Más conocido como crítico de cine, fundó junto a otros socios la prestigiosa revista El amante. Fue además director del BAFICI entre el 2001 y 2004. A propósito de la antología de cuentos La joven guardia (Norma, 2005), se aproximó a la crítica literaria con una infinita y minuciosa reseña publicada en Los trabajos prácticos ese mismo año. Entre otras actividades periodísticas, actualmente administra con su esposa Flavia de la Fuente el blog La Lectora Provisoria.
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