Primero lo primero: ¿cómo te gusta referirte a la ficción hiperbreve? ¿Microficciones? ¿Microrrelatos? ¿Cuentos hiperbreves, o brevísimos..? Según tu punto de vista —y fuera de los límites de la enumeración previa— ¿cuál es la definición que mejor le cabe a la literatura hiperbreve?
Empecé a escribir este género en 1974, para presentarme al Concurso de Cuentos Brevísimos de la Revista mexicana El Cuento, dirigida por Edmundo Valadés. Nunca pensé que con el tiempo llegaría a usar términos científicos como minificción, o microrrelato.  Dentro de la literatura hiperbreve hay muchos géneros: la poesía, el aforismo, el pensamiento... Pero si nos referimos al microrrelato, los críticos dicen que es un texto con algún elemento narrativo que tiene menos de veinticinco líneas. En cuanto a la extensión, no hay dudas, pero... ¿qué es lo narrativo? No ahondemos: las definiciones son como cajas chinas, como muñecas rusas...

Fuiste poetisa, novelista y cuentista. ¿En qué terreno te sentís más confiada? ¿Cuál te ha brindado mayores satisfacciones?
No fui: soy y seguiré siendo. En cada país he disfrutado de distintos paisajes, sabores, alegrías. En ninguno me he sentido extranjera. La novela me dio popularidad, el microrrelato me dio prestigio. La poesía me dio mi primer libro y un par de premios literarios a los dieciséis años: hoy se ha convertido en un vicio secreto que se asoma, a veces, en mis textos brevísimos.

La microficción te ha conducido a un lugar de privilegio en el ámbito de la literatura iberoamericana. ¿Considerás al hiperbreve como un género literario per sé? ¿Qué importancia le otorgás en el contexto de los géneros que la academia —y el público en general— dicta como más tradicionales?
En el fondo, a los escritores, igual que a los lectores, todas estas clasificaciones y delimitaciones, tan necesarias para la crítica nos resultan casi indiferentes. Siempre me gustaron muchísimo los textos brevísimos de los grandes maestros del cuento en Argentina: Borges, Cortázar, Denevi escribieron maravillosas historias de menos de una página. Supongo que sí, que el microrrelato merece que se le asigne un casillero propio, ya que tiene características que lo distinguen del cuento. ¿Qué importancia le otorgo? Si son geniales, la máxima posible. Si no lo son, a otra cosa mariposa. El hecho ser breves no los hace mejores ni peores, les pasa lo mismo que a la poesía.  

Aunque otros idiomas tienen sus referentes —Ernest Hemingway trepó el podio de la brevedad con seis palabras—, la microficción pareciera ser un género eminentemente latinoamericano. ¿Qué características creés hacen de la hiperbrevedad literaria un género compartido por tantos autores de este lado del mundo?
Bueno, si dejamos de lado a Kafka y a Italo Calvino, si no consideramos a Breton, Arteaud, Lautreamont, Schwob, Jarry, de la Serna, Cocteau, podríamos decir, en efecto, que es un género latinoamericano. En los años cincuenta del siglo pasado, Borges y Bioy Casares desde el sur, Arreola y Monterroso desde el norte se encargaron de legitimarlo en nuestro continente. Nuestro género nació protegido y llevado de la mano por los grandes y tal vez por eso tuvo tantos continuadores.

Tal vez una de las características más interesantes del microrrelato sea la condensación de elementos literarios: personajes, escenario, conflicto y remate en apenas un puñado de oraciones que forman un universo no siempre claro pero sí bastante único y específico. Siendo que cada cuento es un mundo en sí mismo, y que es fácil confundir brevedad con simpleza, ¿cuál es la mejor manera de leer un microrrelato o, lo que es aún más complejo, varios? ¿Considerás la brevedad como una ventaja para leer más historias en menos tiempo?
No veo cuál sería la ventaja de leer más historias en menos tiempo... En cuanto a los microrrelatos, no es bueno leer muchos de una sentada. Leer microrrelatos es más trabajoso que leer novela, porque son, en parte, literatura cifrada y decodificarlos exige alta concentración. Hay un efecto de fatiga cuando se leen muchos micros seguidos sin parar. Yo tengo una anécdota que marca ese efecto. Estaba escribiendo Casa de Geishas, mi segundo libro de microrrelatos, con cierto temor de que no estuviera a la altura del primero, La Sueñera. Tenía los primeros treinta textos impresos en hojas sueltas y se los di a leer a cinco personas en cuya lectura confiaba. Pero por casualidad, como estaban en hojas sueltas, a cada uno se los di en distinto orden. Y todos me dijeron lo mismo: «Están bien: pero los diez primeros son mejores».

Entre Facebook y Twitter, Google y YouTube, se hace evidente una tendencia hacia la creación de contenidos breves y autoconclusivos, fáciles de asimilar y, hasta cierto punto, colectivos o comunitarios. ¿Cómo ves el futuro de la literatura en general —y de la microficción en particular— en un contexto de generación y consumo de contenidos tan fragmentarios?

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Mientras la industria editorial en Japón renace a partir de la distribución de textos a través de teléfonos móviles, en España se organizan certámenes literarios de microficción por mensajes de texto y en Latinoamérica, Twitter toma la posta como un espacio para la difusión de relatos hiperbreves. ¿Qué impacto percibís (en la literatura en general y, nuevamente, en la microficción en particular) a partir de la emergencia de las nuevas tecnologías? ¿Qué ventajas y desventajas considerás posibles, a primera vista, de una posible simbiosis entre nuevas tecnologías y creación literaria?
No se trata de textos que antes hubieran sido largos y complejos y ahora se han reducido. Facebook y Twitter son nuevas formas de comunicación escrita que antes no existían. No se los puede comparar con nada. Pero además, la pregunta me resulta incomprensible, es como si, en otro momento de la humanidad, me hubieran preguntado, qué va a ser de la literatura ahora que existe el teléfono, o el telegrama o las esquelas que escribía la mamá de Virginia Woolf. Bien, se puede hacer literatura en un telegrama o no. Se puede escribir una novela epistolar incorporando Twitter y se puede usar Twitter para escribir literatura. Son nuevas herramientas, eso es todo. Fui jurado en un concurso que se hizo en Uruguay, promocionado por la compañía de teléfonos celulares: textos de 140 caracteres como máximo. Se presentaron 42.000 textos. Al jurado final nos llegaron 7.000. Y había unos 300 que realmente eran buena literatura. ¿Por qué tanta sorpresa en relación con la brevedad? ¿Cuántos años tiene el haiku y no tiene que dar explicaciones?

Supongo que te habrás cruzado alguna vez con la mentada «eso no es una cuento, es una oración… hasta yo puedo escribirlo» en referencia a algún microrrelato. ¿Cuál es —o sería, en caso de que nunca te haya sucedido— tu respuesta a este tipo de reacciones ante la literatura hiperbreve?
Sí, por supuesto, y en muchos casos quien reacciona de ese modo, tiene razón. Los géneros brevísimos (reflexiones, pensamientos, aforismos, poemas, microrrelatos) se prestan mucho a producir el efecto «burro flautista». Como decía en su fábula Tomás de Iriarte, «Sin reglas del arte/ borriquitos hay/ que una vez aciertan/ por casualidad».  Y como decía Borges, hasta el peor de los poetas ha escrito un par de buenos versos en su vida.  Otra cosa es escribir un libro de microrrelatos que sea interesante, valioso, digno de ser leído... Ningún burro flautista puede hacer eso.   

¿Cuál es tu microrrelato favorito, y por qué?
No tengo. En la literatura no hay un texto que les gane a todos los demás, como el campeón mundial de tenis les gana a sus rivales. Si son buenos, cada uno tiene su particular encanto, su punto de vista, su reflexión sobre la humanidad. Si hay lugar, me gustaría citar el texto de un poeta norteamericano llamado Robert Hass, (en Estados Unidos se lo considera poesía, pero para nosotros es una clarísima minificción) porque sirve para desbaratar muchos prejuicios, como que en menos de una página no es posible emocionar, desarrollar personajes o ahondar en su psicología. El texto se llama «Una historia sobre el cuerpo» A story about the body»), la traducción es mía.
El joven compositor, que trabajaba ese verano en una colonia de artistas, la había observado durante una semana. Ella era japonesa, pintora, tenía casi sesenta y él pensó que estaba enamorado de ella. Amaba su trabajo y su trabajo era como la forma en que ella movía su cuerpo, usaba sus manos, lo miraba a los ojos cuando daba respuestas diverti­das y consideradas a las preguntas de él. Una noche, vol­viendo de un concierto, llegaron hasta la puerta de su casa y ella se volvió a hacia él y dijo: «Creo que te gustaría tenerme. También a mí, pero debo decirte que he sufrido una doble mastectomía». Y cómo él no entendía, aclaró «He perdi­do mis dos pechos». La radiante sensación que él había llevado consigo en su estómago y en la cavidad de su pecho —como música— se marchitó de pronto y él se obligó a mirarla mientras decía «Lo siento. Creo que no podría». Volvió a su propia cabaña a través de los pinos, y a la mañana se encon­tró un pequeño recipiente azul en el porche. Parecía estar lleno de pétalos de rosa, pero cuando lo levantó, vio que los pétalos de rosa estaban arriba; el resto del bol —ella las había barrido, seguramente, de los rincones de su estu­dio—, estaba lleno de abejas muertas.

Por último, ¿qué podés contarnos de tu nuevo libro, Fenómenos de circo?
Hace mucho que buscaba un tema que me sirviera para todo un libro. Lo intenté con el sueño y la vigilia en La Sueñera, pero no alcanzó. Pensé que un burdel de la imaginación podría servir, pero no fue suficiente para Casa de Geishas. Quise hacer un muestrario de raros ejemplares vegetales en Botánica del Caos, pero sólo pude dedicarles una sección. Y de pronto apareció el circo. Porque sí. Con esa mezcla de fanfarria y oropeles por un lado,  decadencia y deterioro por otro. Lentejuelas sobre terciopelo raído. Uno, dos, diez textos. Había venido para quedarse. Cuando me gasté todas las ideas convencionales que cualquiera tiene sobre el circo, mezcla de recuerdos de infancia y programas de televisión, empecé a investigar. La fantasía es limitada, pero la realidad es infinita. Me di cuenta de que el pozo del circo era inagotable. Encontré historias tan inverosímiles y maravillosas que ni siquiera me servían para escribir, porque no me dejaban grietas donde aferrar la imaginación. Decidí incorporar al final una sección dedicada a las verdaderas biografías de muchos de los personajes que menciono en el libro, porque quería que el lector supiera de dónde partí. Las traté, por supuesto, con delicadeza y crueldad literarias. Es difícil escribir un libro nuevo cuando ya se tienen tantos publicados. Creo que hasta cierto punto lo logré. Un escritor nunca está muy seguro de lo que hace...

 


Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. Poeta y narradora, su obra suma actualmente más de cuartena publicaciones. Ha incursionado en la novela, el cuento, la literatura juvenil y la microficción, género en el que se ubican sus últimas producciones. Ha publicado en Brasil, España, Italia, Alemania y los Estados Unidos. Fenómenos de circo, una colección de cuentos brevísimos de reciente aparición, es su último libro.

 

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