Hoy he hecho un descubrimiento horrendo. ¡Tengo la mentalidad de una abuela! Tal vez sea muy penoso encontrarse con semejante aspecto de una misma pero ha sido inevitable. Comprobé en mí esa forma de sospecha y saña que llevan las ancianas ante el Planeta en el que han nacido. Volví de la verdulería sintiéndome completamente estafada.
«¡Embaucadores, cretinos y fariseos!», me encontré vociferando mientras subía las escaleras con menos puerros de los que había pagado y más indignación de la que podía cargar. Allí me atacó una imagen bestial. Vi una turba de viejas con mirada salvaje y cabello violáceo, clamando por la sangre de algún verdulero. Yo estaba de su lado. Formaba parte de una de las guerras en las que se divide la raza humana desde tiempos ancestrales. Hablo de esa vesánica riña entre verduleros y ancianas.
Como justificación diré que he tratado de no adoptar tal grado de suspicacia a la ligera. Antes he explorado verdulerías cinco leguas a la redonda, he vadeado cajones de naranjas, he testeado mi entereza ante tomates insípidos. Es triste llegar a la conclusión de que las viejas están en lo cierto. La especie «verdulero decente» parece faltar en el stock de la humanidad. Me pregunto si estos hombres podrán dormir por las noches. ¿Pueden prescindir del Alplax y la cuenta de ovejas para conciliar el sueño? ¿O despiertan a las tres de la madrugada bañados de pesadillas, astillados de pánico, aún perseguidos por la imagen de Charlton Heston iracundo y en pollerita? ¿Acaso los verduleros no tienen conciencia?
Mi peregrinaje comienza en lo de Pocho. Éste es un hombre pequeño de una inocuidad incómoda. De sus comisuras siempre cuelga la exagerada expresión del trabajador explotado. Los arcos de sus cejas nunca están fruncidos de enojo, sino laxos de lástima. Todo lo vende con albricias piadosas. Eleva cánticos maravillosos a los repollitos y estira largamente sus adjetivos cuando se refiere a las frutillas de estación. Unas vibraciones extrañas se percibían en el aire la mañana que entré en su negocio. En el fondo, una mujer madura ordenaba el dinero de la caja. Su atención no parecía ser atraída por el resto del mundo. Estaba presa de una especie de hipnosis. Tomaba los billetes manoseados con resignación, como si comprendiera que la suya sería otra de las manos que tampoco los retendría por mucho tiempo. Su marido vendía fruta a una vieja implacable que insistía en que todo estuviera «fresquito». El ambiente tenía un aparente aspecto de calma. Sin embargo había algo que anticipaba la crispación. En ese instante se produjo un corto en las líneas de energía. Pocho en su empalagoso tono de buen cristiano, dijo: «No se preocupe. Me alcanza la plata otro día». No creo que nadie más haya notado el frío que expulsó la mirada de la mujer del fondo. Atravesó el lugar con la puntería perfecta de una estrella Ninja que se clava en la espalda del enemigo. Sus rulitos oxigenados se sacudieron y su expresión se solidificó hasta ser de la dureza del odio puro. Por esa mirada supe que ella detestaba a su marido. Supe que cada vez que él fiaba algo, ella salía de su hipnosis y en un flash de vigilia recordaba que su marido era un boludo. Me dio pena por Pocho que continuaba con su mímica sin enterarse de nada.
Al llegar a casa aún pensaba en el pobre Pocho, pero el sentimiento de compasión duró muy poco. Un gusano lechoso se retorcía en el mismo centro del morrón que me había vendido.
Continuando con mi pesquisa de verdulerías, he llegado hasta el cruce de calles donde las mujeres son capaces de despellejarte viva por mantener su lugar en la cola. En esos páramos hay una verdulería ambulante atendida por un gitano adulador y Jim Morrison. En cuanto vi a Jim me sentí mejor. Me acerqué feliz y le pregunté por el precio de las berenjenas. Pero Jim debía tener un flashback de ácido de su vida pasada y no estaba en condiciones de hablar sobre verduras. Sin abrir la boca apuntó hacia el gitano que en ese momento echaba piropos sobre dos señoras que revoloteaban entre los cajones de palta. Parecían estar al filo de un episodio psicótico. Nadie podía anticipar si picotearían la fruta o el primer ojo que tuvieran cerca. Me mantuve alejada. A cada senil que llegaba hasta el puesto el gitano la llamaba: «guapa», «buena moza», «niña bonita». Sus halagos sonaban tan groseramente barrocos que comencé a sospechar que Jim había introducido droga en el mate que compartían. Al llegar mi turno el gitano preguntó afablemente: «¿Qué le vendemos muñequita hermosa?» Pedí un módico kilo de berenjenas. Sin mirarme y con aspereza quiso saber si iba a llevar algo más. Para este momento él ya lo olfateaba, yo no tenía ningún potencial como clienta. Mis neuronas aún estaban distantes de la arterioesclerosis y eso no era bueno para el negocio. Comenzó a cogotear con impaciencia. Sólo le interesaba deshacerse de mí con rapidez y sin escándalo. No quería perder el cardumen de veteranas que gorgojeaba alrededor. Una vez que sostuvo el pago en sus manos, ni siquiera se molestó en devolverme el saludo.
Bueno, supongo que todos los verduleros tienen sus propios y secretos motivos para intentar una revancha contra el mundo y cada kilo de zapallitos representa una oportunidad para llevarla acabo. Recuerdo el suspiro que elevaban las abuelas de mi barrio al recordar al finado Don Mario. ¡Era tan bueno! Siempre imaginé que Don Mario era honesto porque ya no podía engañarlas. Había pasado a las regiones celestiales donde la falta de monedas y la fruta machucada existen solo en cuerpo astral. Lo cierto es que poco tiempo después de su muerte las viejas comenzaron a soñar con un cielo de verduras manoseables, tomates turgentes, uvas lamibles. Un lugar donde se pudiera elegir la fruta sin intermediarios y dar rienda suelta al tacto. Así surgió, como respuesta a la plegaria colectiva, «El mundo de Raymundo».
«El mundo de Raymundo» era una tierra —anterior a los supermercados— donde se podía deambular por distintas mesas servidas con abundantes cantidades de frutas y hortalizas. Todo estaba el alcance de la mano. Todo estaba permitido. Todo era impúdicamente legal. Al principio las ancianas experimentaron algo que habían olvidado por completo. Vibraciones orgásmicas se metían en sus cuerpos al toquetear las diferentes consistencias, sacudir los cocos y apretar las puntas de los melones. Era evidente que una poderosa lujuria había tomado el control de sus mentes. El local nunca estaba vacío. A toda hora podían verse mujeres de mirada esquiva escudriñando las bandejas con recelo y manteniendo con gruñidos su primacía territorial. ¡Por Dios algunas hasta hablaban en voz alta como si estuvieran borrachas! Otras se escondían en las esquinas más oscuras para tener charlas tête à tête con los pepinos.
Más pronto de lo esperado el «Mundo de Raymundo» se convirtió en un infierno. La mercadería comenzaba a verse degenerada. Prostituída por miles de dedos nudosos que penetraban las superficies vírgenes. Había que ir a primera hora de la mañana y codearse a muerte con otras pederastas de repollitos, que también intentaban llevarse los más tiernos.
La tregua que se había suscitado en «El mundo de Raymundo» duró sólo dos temporadas.
Los orientales creen en la posibilidad de un orden que trasciende los enemigos, las dualidades, los verduleros y las ancianas. Me encantaría poder observar a través de ese lente imparcial y equilibrado cuando vuelvo de la verdulería. Armonizar la respiración y relajar el cuerpo. Sentir que todos somos uno. Me digo: «Los problemas son una ilusión del ego. No me enojaré». Abro la bolsa de puerros lentamente y estallo. «¡Pero qué barbaridad! ¡Estos verduleros son todos unos sinvergüenzas, malnacidos!» Mi cerebro lanza espuma de rabia por las neuronas y siento estremecimientos brutales bajando por la médula espinal. No puedo detenerme, ante mí se desbordan imágenes de masacres inmemoriales.
Intento calmarme nuevamente. Exhalo y en un flash imprevisto se activa el recuerdo de Don Mario. Me descubro en un largo suspiro al decir: «El único santo. ¡Dios lo tenga en su gloria para verduleros buenos!».

Sobre Mara Gena:
Mara Gena (Buenos Aires, Argentina, 1975) se ha desempeñado como redactora creativa en distintas agencias de publicidad. Actualmente se desenvuelve como escritora y periodista freelance para revistas y medios alternativos. Ha publicado cuentos en OBLOGO, Revista Alrededores, Psykhé Art, Agitadoras y Victoria Rolanda. Regularmente escribe cuentos para su blog: www.cerditosmalcriados.blogspot.com.
Otro cuento de Mara Gena publicado por eSe:
Ataques de pánico a un cuerpo de distancia
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