Algo iba a suceder. Y no me refiero ni a la lluvia ni a ningún accidente climático. Porque estaba claro que el cielo, que se imponía naranja, iba a reventar y que iba a llover a baldazos y que quizás nos íbamos a ahogar todos (o por lo menos se inundarían las zonas que siempre se inundan y los redactores del diario felices). Pero era otra cosa. Es difícil de explicar.
Se respiraba ese aire húmedo, caluroso, asfixiante, y catingoso de Rosario. La humedad. La famosa humedad pegajosa y mugrienta de Rosario, esa noche un poco más que de costumbre. Una noche de ésas en que las cosas se pegotean entre sí y en que se pegan al cuerpo: la roña y el sudor contra el cuerpo; las ideas entre ellas. Porque esas noches tienen un aura especial, un aura sucia, perversa en que las ideas fluyen friccionándose una con otra y en su fluir toman direcciones achicladas, confusas. Así y todo, la decisión de que había que hacer algo, que había que salir, llegó por obra y gracia del tedio y de la Empresa Provincial de la Energía y no por las posibilidades abiertas por la humedad y el calor y las ideas que orbitaban sobre la ciudad como un gran moco platónico. Al menos no directamente.
Era sábado y Lucrecia había llamado para decirme que no iba a venir, que el termotanque (a pesar del calor) y que la humedad rosarina y que la transpiración y que la pegatina y que todo lo demás. De nada sirvió que le diga que se podía bañar en casa porque dijo que no tenía el auto esa noche ni plata para el taxi; tomate un taxi que lo pago acá, dije; no tengo ganas de ir a tu casa, terminó por conceder, es siempre lo mismo, estoy harta de coger y mirar películas prehistóricas, tengo veinticinco años, quiero vivir, quiero salir, quiero que me seduzcan, que me miren, quiero sentirme viva, bailar, no sé. Y la verdad que tiene razón, esta no es vida, esto es un embole, no tendré veinticinco años pero tengo claro que esto no es vida; en casa hace calor y no hay aire acondicionado ni buen ventilador, y a ninguna mujer le gusta que se la cojan en un sofá mugriento, para que después le pongan una película de neorrealismo italiano, o alguna otra de las que alquilo para sentirme un intelectual, en un televisor que encima se ve mal y ni una Piña Colada o Don Perignón y después dormir mal hasta el día siguiente, pensé exagerando un poco. Tenés razón, Lucrecia, le dije, hacés bien, salí a vivir, salí a que te miren y todo lo demás y también bailá, bailá que el mundo se acaba en cualquier momento. No te enojés, no te pongás mal, vos sos buen tipo y yo te quiero mucho, pero me muero de embole con vos, y todo eso otro. No me enojo, si te lo digo con onda, andá y pasala bien y si cambiás de parecer me llamás y retomamos desde ahí. Y nos despedimos sin dramatismo pero tampoco con felicidad y vaya a saber qué hizo ella. Uno nunca sabe qué hacen los demás realmente; menos en una noche como ésa.
Entonces, otro sábado pajeándome viendo alguna película con tetitas y culitos y pubis con pelitos (De Sica, Rossellini, o Minnelli, después o mejor mañana). Hasta ahí otro sábado como casi todos; pero sólo hasta el apagón que fue súbito y cargado de realismo: no había duda de que era un apagón, estaba clarísimo, sucedía en ese momento, y por alguna razón inexplicable se volvía todo-presente, ubiquitario, todo-poderoso, un Gran Apagón, nada de realismo mágico, un apagón materialista. Y de pronto el sábado era el saber la ciudad entera sin luz, a oscuras, sin ascensores, sin televisores, sin tetitas ni culitos, ni pubis con pelitos, y sin termotanques, un sábado de posibilidades. Y de golpe me sentí bien. Sentí que el destino me sonreía. Sentí que la mejor, que la única, cosa para hacer era salir a caminar, dejar que las narrativas pegoteadas se entretejieran con libertad; dejar que lo que tenía que suceder sucediese. Pero primero fumar. Fumar a oscuras. Un poco por las ganas. Y otro poco porque quedaba lindo fumar en la oscuridad.
Busqué unas velas en el cajón de la cocina y encendí una hornalla y después la vela con la hornalla. La cocina se iluminó con una amarillo oscuro que titilaba con la poca brisa que entraba por la ventana y no llegaba bien al amarillo por la falta de intensidad de la luz, era más bien un sepia anémico, o un amarillo al óleo (un óleo berreta). Y alguien puteó en uno de los pisos de arriba, una puteada corta y solitaria. Y esa puteada solitaria puso en evidencia un fondo de silencio, lo desautomatizó. Pasaron varias pitadas y sólo era el fondo. ¿Cómo es posible este fondo de silencio? ¿Cómo puede ser? Yo apoyado contra la mesa, fumando, tratando de pescar los ruidos del edificio. Pero nada. Ni un sólo ruido. El puteador anónimo se había callado. Era como si todo hubiese desaparecido con la excepción de mi cocina, yo, el pucho, la vela, la hornalla y el calor. Pasaron varias pitadas y nada. Racional, atribuí el silencio a algún problema de presión en el aire: las ondas de sonido también se habían pegoteado. Así que me sumé al silencio y fumé, en silencio, con la excepción de mi voz en off interior: voy a bajar por Entre Ríos hasta el Parque España; después voy a caminar por la avenida Belgrano que es un buen lugar para caminar en noches oscuras; subo por San Lorenzo; vuelvo por Mitre hasta Urquiza; doblo; y seguro que ya volvió la luz y tetitas y culitos y pubis con pelitos y bollitos de papel higiénico por el piso para celebrar que Lucrecia salió a vivir. Un ruido de cacerola dándose contra el suelo me sacó de mi abstracción. Entonces hay alguien. Entonces no estoy solo en el mundo. Entonces no desaparecieron todos. (Para esta altura ya me había olvidado del puteador). Terminé el cigarrillo y lo apagué con la canilla. Y ahí mismo empezó a llover, como una reacción al acto de mojar el pucho (un montaje perfecto). A llover como si fuera la última vez. Una lluvia majestuosa, ensordecedora. Sin relámpagos, ni truenos, ni efectos especiales. La lluvia sola, cayendo a lo bestia, un puto diluvio. Una lluvia de la puta madre como ya había anticipado. Precipitando todo el moco orbital sobre la ciudad. Qué lindo.
No había sentido miedo de salir a caminar con la ciudad a oscuras. De haberlo sentido, ese miedo se habría disipado con la lluvia. De pronto imaginé calles completamente vacías. La ocasional cara que mira desde la ventana de un PB, pero nadie ensuciando las veredas, nada de viejos tomando fresco en camiseta, ningún mamochone paseando el perro, ni personajes costumbristas. Sólo la calle vacía y yo, caminando con mi piloto beige que tan poco uso tiene y que tanto me gusta usar porque me hace acordar a Philip Marlowe o Rick Blaine y me vuelve un personaje casi en blanco y negro, un poco más interesante y un poco más en otro lugar aunque el escenario sea Rosario. Y así, imaginándome todo esto, salí.
La escalera la bajé guiándome con las paredes. Había una gotera en algún lugar y olor a humedad. Los tres pisos a oscuras. Y después, la planta baja con una luz de emergencia que latía. Y ya estaba afuera, paraguas abierto y me largué a caminar.
Las calles no estaban oscuras ni vacías. El bar de la esquina tenía luz. El edificio de al lado también. Grupos electrógenos o el apagón que no era general. Había gente por la calle. Autos. Un mamochone paseando el perro bajo la lluvia, que tampoco era tan torrencial como la había imaginado desde la cocina; no hacía falta usar paraguas. Igual seguí caminando sin cerrarlo. Pero en vez de ir hacia la costanera me volví hasta Tucumán y doblé para el lado de Corrientes y cuando llegué a Corrientes volví a doblar y caminé hasta el bar que queda dentro de la galería Dominici, en la esquina con Catamarca, buscando una escenario adecuado, más de acuerdo con la noche (o con lo que yo pensaba que la noche era). Ahí no tenían luz, pero tenían velas y las velas encajaban bien con el resto de la escena. Entré. No había nadie, excepto el tipo atrás de la barra, el mismo viejo de siempre, un tipo un poco enano de bigote finito.
Me senté en una mesa que daba al pasillo de la galería y le hice la seña de un cortado. Encendí un cigarrillo. Fumé en silencio.
«Acá tiene», dijo el viejo y apoyó un vaso en mi mesa.
«Gracias.»
«No tengo luz. No le pude hacer un cortado. ¿Le gusta la ginebra? Tiene cara de que le gusta la ginebra.»
«Ginebra está bien», dije.
«Tenía cara de ginebra... ¿Le molesta si me siento?», preguntó el viejo. No contesté pero le hice un ademán para que se siente. Se sentó. Tenía alguna lógica que el viejo se sentara frente a mí.
Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y encendió uno con mi encendedor. Me miró en silencio. Yo lo miré en silencio. Los dos fumamos un rato mirándonos. No era un silencio incómodo. Después miramos hacia afuera. Hacia el final del pasillo: luces, figuras humanas, la lluvia atravesada por los faros de algún colectivo y bocinas.
«Una noche de perros», dijo el viejo.
«Noche fea», dije.
«Noche triste», dijo él.
Y ahí noté algo grave en su entonación (esa gravedad de los que trabajan detrás de las barras en los fondos de las galerías). Me pareció excesiva, sobreactuada y peligrosamente bordeando lo confesional o el tango o Ulises Dumond.
«Tenía que llover. Tarde o temprano...», dije tratando de moverme a un terreno más neutral.
El viejo no agregó nada y fumó una pitada larga del cigarrillo y lo aplastó en el cenicero. Me miró largo rato. Y yo lo miré. Esta vez sí era un silencio incómodo. Y ahí entraron los tacos a descomprimir la situación y yo miré hacia afuera una vez más. Una mujer entrando por el pasillo. Vestida con un piloto largo, beige. Fumando. Sosteniendo un paraguas. El sonido de sus tacos llamó la atención del viejo también. La mujer llegó hasta la mitad de la galería y de golpe dio media vuelta y se fue, pisando sus propias huellas, que estaban mojadas. Salió. Desapareció hacia la izquierda.
«La relojería... —dijo— Todos buscan la relojería. Pero está cerrado. Está siempre cerrado.»
«No sabía que hay una relojería ahí», dije y tomé un poco de la ginebra.
«Sí. Dominici.»
«¿Como la galería?»
«Sí. Pero ya le digo, está siempre cerrado. En fin», dijo el viejo.
Algo en su tono de voz me llamó la atención. Era un tono diferente. Me pareció que estaba tratando de decirme algo. No entendí muy bien de qué venía el tema de la relojería. Pero era evidente que me estaba queriendo decir algo. Miré hacia la galería tratando de entender mejor la situación. No vi nada.
«¿Me está queriendo decir algo?», pregunté al fin.
«¿De qué?»
«De la relojería.»
«¿De la relojería? No. ¿Por qué?»
«Como me dice que está siempre cerrado...»
«Eso nomás. Está siempre cerrado. ¿Qué entendió?», dijo el viejo.
«No, está bien...»
«En serio.»
«No, nada. Me pareció raro su tono de voz.»
«Está siempre cerrado. ¿Qué le parece raro en eso?» preguntó con una sonrisa a medias.
«Me pareció un comentario raro. Un poco accesorio. Como si quisiera decirme algo. Nada más. Olvídese.»
«Usted vio mucho Columbo», se rió. Yo no me reí. Me sentí un poco herido.
El viejo encendió otro cigarrillo. Tiró el humo en mi dirección. Nos miramos en silencio nuevamente. Había algo de desafío en nuestras miradas. Me ofreció un pucho de los suyos. Saqué uno. Parisienes. Encendí y fumé. Me dio un poco de tos.
«De vez en cuando fumo negros. No siempre», dije sin que él pregunta nada.
«Son fuertes —dijo él— Pero uno se termina acostumbrando.»
«Sí», dije y tomé el resto de la ginebra de un sorbo. Apoyé el vaso sobre la mesa con cierta violencia.
«¿Le sirvo otro?»
«No, gracias.»
«Como quiera.»
«Me tengo que ir.»
Me levanté de la mesa y acomodé mi piloto. Guardé los cigarrillos y el encendedor.
«¿Cuánto le debo?»
«Tres pesos», dijo el viejo.
Saqué tres monedas de mi bolsillo y las dejé sobre la mesa. Agarré el paraguas y me fui del bar.
Cuando pasé frente a la relojería miré hacia la vidriera. En la oscuridad no se veía mucho pero sí se veían relojes, algunas pulseras, y un despertador que marcaba las once y veinte; atrasaba o estaba detenido o tal vez adelantaba. Miré hacia al bar. El viejo fumaba pero no se le veían los ojos. Sólo se veía el punto rojo de su cigarrillo, como no podía ser de otra forma. Dejé la galería atrás.
Todavía llovía. Todavía había gente por la calle. Autos. Colectivos. El sonido mojado de las ruedas en el pavimento.
Abrí el paraguas y encendí otro cigarrillo. Pensé algunos instantes antes de comenzar a caminar. Era una noche rara, estaba claro. Había algo en el aire. Y el viejo. No me terminaba de cerrar su comentario. ¿Qué había querido decirme? ¿Por qué ese tono? No terminé de preguntarme sobre el viejo cuando vi a la mujer del piloto dar la vuelta desde la esquina otra vez. Esta vez cruzó la calle y se subió a un taxi que estaba estacionado del otro lado. ¿Qué hacía a esta hora por la calle, una noche de semi-apagón y algo de lluvia? ¿La volvería a ver? ¿Cómo se llamaba? ¿Cuántos años tendría? ¿Cómo era en el momento del sexo? ¿Era linda de cerca como lo era a la distancia?¿Y la relojería? ¿Por qué estaba siempre cerrada? ¿Por qué eran las once y veinte en ese reloj si en realidad eran como las once y treinta y cinco, doce menos veinte? Tantas cosas flotando en el aire. Tantas direcciones posibles. Tantas tramas, si se quiere. Terminé mi cigarrillo y lo arrojé al agua del cordón. Por segunda vez en la noche el sonido de la brasa contra el agua, esta vez atenuado con el sonido del tráfico.
Volví a caminar, otra vez bajo la lluvia. Seguí pensando. Sentí mi corazón un poco acelerado. Cualquier cosa podía pasar. Lo sentía en los huesos. Estaba claro que algo tenía que suceder, que en una noche así algo debía suceder. Había que seguir andando. Aprovechar la oscuridad, las condiciones de posibilidad. Algo iba a suceder. Estaba escrito.
Pero no estaba escrito; no sucedió nada. La luz volvió antes de que llegue a la esquina y yo regresé a casa.

Sobre Fernando Sdrigotti:
Escritor y fotógrafo. Nació en Rosario en 1977 y desde comienzos del milenio vive entre Londres y París. Tríptico, su primer libro, fue publicado en 2008. Es licenciado en Historia del Arte y Magister en Estudios Culturales Latinoamericanos. Actualmente desarrolla su tesis doctoral sobre cine, espacio urbano y filosofía en la Universidad de Londres.
En otra vida fue músico full-time, melancólico part-time y ocasional bohemio. www.fernandosdrigotti.com.
Otros cuentos de Fernando Sdrigotti publicados por eSe:
Horas azules
N35
Alisteir Crowley
Share
|