El origen del tiempo de Sonia Contardi (Editorial Serapis, Rosario, 2008) es en realidad el arduo devenir del tiempo, o bien, lo que es igual, la eterna agonía de un instante repetido circularmente. Los primeros versos los adivina el desconsuelo de la poetisa; los últimos, los presagia la ambición desmedida de su memoria.
Dos odas introductorias (una a la Memoria y otra a La Patria Suiza) separan el comienzo de la primera parte: Paraísos perdidos. Allí termina la referencia a Milton, poeta que a mediados del siglo XVII defendió la formación de una Inglaterra Republicana y murió ciego, en el escarnio y bajo una restauración monárquica. Antes nos dejó Paradise Lost.
Ya desde las Raíces (primer poema de la primera parte) la cadencia personal de los versos remite a la culpa de los que sobreviven y su tono al homenaje a los caídos. Las torturas más sangrientas de una década infame y relativamente cercana que, si bien nunca se hace explícita, es el primer motor del poemario. De allí en más, el porvenir existe únicamente para revivir ausencias y el presente, por extraña inercia, perdura para resucitar el pasado. Uno particularmente atroz.
Es cierto, el hoy llega; pero como despertando de una pesadilla donde la autoflagelación es insistente: «Como el agua / entre las hojas / recuerda cuerpo / el dolor». No se merece subsanar, no se merece el mañana, no se merece avanzar; se debe sufrir una derrota, se debe llorar a los muertos, se deben secar las lágrimas con el fuego del insomnio.
Como un paréntesis olvidado, el sol entra de repente por la ventana y el aire infla los pulmones: «[...] Respira, / vive, / la noche se ha escapado / con sus animales ateridos, / como una hoguera apagada / por el frío [...] Afuera con su ruido / la vida es un abrazo extendido». Pero la noche está al caer.
La primera parte habla de tumbas sin nombre, recuenta los epitafios inmanentes de un país que conoce la libertad sólo como el estribillo que acompaña los ritos fúnebres: «[...] la libertad / la libertad / la libertad» pone fin al poema Aniversario I.
La segunda parte promete algo: Paraísos reencontrados. Milton también lo intentó.
Hace una Ofrenda para conciliarse con el pasado: «Porque tanto me has dolido / guardo: / Un silencio rojo ante tu nombre».
Y escucha su Corazón: «Y en la clara / letanía de tu nombre repetido / ante la imagen / te resguardo / un sitio / del olvido».
Y habla de una Magdalena que es «indestructible».
Y le recita a Venus («viene del mar amor»).
Y se encuentra con El huérfano que, con «ojos claros como el llanto», la arroja a la poesía.
La tercera parte es Estampas. Al superar las primeras dos, regresa sobre las huellas y describe recuerdos anteriores, de la infancia.
Se encuentra con un espejo, con la naturaleza, con un cajón de secretos («Mendrugos / y sones, / de una edad / perdida.»), con la Ascensión («Ala, / crisálida leve / despega, / sube al cielo»), con personajes e ídolos, con países limítrofes («Sobre los huesos de Chile / descansa la cordillera... [...] sobre los huesos / de Chile [...] Temuco en cruz / y la sombra de Neruda pasan»).
Sólo entonces aparecen los Linajes, la cuarta parte, que sólo consta de dos poemas: Padre y La morada. Los últimos dos versos de La morada son «la nostalgia, / el desamparo...».
A la quinta y última parte, Oraciones, también la componen dos poemas: Artemisa y Apedrea la noche. El segundo, unas estrofas antes de cerrar el libro, dice: «[...] Apedrea la noche / en la que duermen / los solitarios / niños del espanto / y en la calle sola / no hay camino / ni pan / ni cielo / ni esperanza [...]».
Revivir una pesadilla suele ser tortuoso; revivir un sueño no lo es menos. En este poemario, el futuro tiene cada uno de los rasgos del pasado y el presente entra a través del resquicio de una persiana rota, que oculta un día nublado y replica el sonido de la lluvia. Las estrofas parecen reunirse gracias a la nostalgia de la autora y el desenlace, como la noche que describe una y otra vez, es oscuro, silencioso e implacable.


Share
|