Coni tiene trece y hace un año que está asustada. En estos días se siente peor, la playa que siempre le gustó se volvió un lugar horrible. Se puede llamar Coni como Shirley o Delfina. Es rubia, pegó un estirón, el de la mercería dijo 110. Ella tiene la espalda chiquita. Su amiga, que también es chiquita, juega alrededor y la siente cada vez más lejos. Coni se aburre con sus amigos de siempre, pero prefiere seguirles la corriente y no pensar en que cada vez que vuelve la mirada encuentra un dedo señalándola, un intento escondido por marcarla. Todavía no sabe disfrutarlo, todavía le da asco. Ella dice que no entiende lo que está pasando, que se siente un blanco, no puede explicar mucho más. Sabe que los amigos de papá ahora la miran con otros ojos, ya no le parecen los tíos más dulces del mundo. Sabe de la discusión de la otra noche, pero prefiere no saber de qué se trató, aunque todavía le resuenen los gritos de mamá ¡Es tu hija! Cuando se duerme sueña con demonios de mil ojos que la persiguen. Coni está cansada, uno de estos días se deja atrapar.


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