«Sos una paranoica» le gritó a Lula y en lugar de contestarle una barbaridad, como hubiera sido lógico y costumbre en los últimos tiempos, ella lo miró con una mezcla de compasión, algo que parecía alivio. Le palmeó el hombro mientras se colgaba la cartera con la otra mano y salió de la oficina sin volver a mirarlo.

Toño sacudió la cabeza, incrédulo. «Las mujeres están todas locas; ésta peor que las demás.» Durante días lo había perseguido por celular, por Facebook y los rincones de la oficina para preguntarle qué había hecho ella, por qué la trataba así, por qué la ignoraba o la hería tanto. Justo a él, que hacía menos de una semana le había blanqueado al jefe, con los huevos en la garganta, que tenía una relación con alguien de su sector. Que la había presentado a sus amigos al mes de conocerse, que no le escondía nada, que incluso llegó a darle su clave del mail de la empresa como prenda de confianza. ¿Él la ninguneaba, la trataba mal, la ignoraba? 

Exasperado, se puso el abrigo y salió a la calle, el cigarrillo apagado temblando entre los dedos. Lo único que falta, que la locura de esta mina se me pegue, pensó. Después de todo, esa actitud posesiva podía perfectamente ser un síntoma de sus propias agachadas. Claro: alguien le está moviendo el piso y se ataja inventando todo esto para buscar que pise el palito. Encuentra una excusa, nos peleamos y el hijo de puta soy yo. Qué idiota, se dijo Toño, que se sabía siempre en control de sus emociones; qué ganas de complicarme la vida haciendo las cosas bien con una rayada más. En fin, borrón y cuenta nueva. Con el fin de semana por delante y muchos planes B en perspectiva, no se podía quejar. No iba a extrañar a Lula, quizá la olvidaría en una semana o dos. 

Se guardó el cigarrillo, cruzó las solapas del sobretodo y subió al primer colectivo que pasaba.

Como había asueto en la mitad de las oficinas del microcentro encontró enseguida asiento libre al lado de una anciana con olor a gatos. Se acomodó el maletín sobre la falda y sacó un libro, tratando de ignorar el vaho a pis y pelambre que cada tanto le agredía la nariz. Cuando llevaba apenas un par de párrafos, la señora se levantó y se sentó en el doble al otro lado del pasillo. Toño no la miró, pero le quedó la sensación de que se iba con asco. La idea lo hizo sonreír, al menos hasta que la chica que había ocupado el asiento libre se cambió rápidamente en cuanto se desocupó uno individual. Pero bueno, «¿qué pasa? ¿la vieja hede y el apestado soy yo?» Absorto en esa idea, se bajó dos paradas antes.

Ese viaje a casa fue el comienzo. El fin de semana lo pasó prácticamente encerrado por el mal tiempo y porque todos los planes que había hecho con sus amigos se fueron pinchando por una u otra razón. Aunque se había suspendido la salida con el grupo de tenis, le extrañó no encontrar a ninguno de los pibes conectados al chat. Revisó los mails, el contestador del celular: nada. Estaba solo y deprimido. Se fue a dormir con tres vodkatonics encima y tuvo una pesadilla donde se reencontraba con una ex de la secundaria; ella convertida en una yegua infernal y él en un empleaducho de correos pasado de peso, barbudo.

Despertó con taquicardia y dolor de garganta. A mediodía encontró un nuevo álbum en Facebook donde uno de los chicos de tenis había colgado las fotos de la noche anterior en Downtown. Volvió a revisar los mails, no podía ser que no se hubiera enterado. Pero sí. El domingo fue tan deprimente como el sábado, con el agregado de las fotos de Lula en la despedida de soltera de una amiga, divirtiéndose allí donde él no. Puta mala suerte.

El lunes se quedó duro al levantarse de una silla después de dos horas repantigado tipeando un memo. Lo mandaron al médico, donde le diagnosticaron un principio de lumbalgia. Se hizo inyectar Decadrón para volver al día siguiente porque no podía dejar el trabajo a la mitad; tuvo una reacción alérgica y ahora estaba medio duro y lleno de granitos, con los ojos rojos, hinchado. Lula no sólo no le hablaba, sino que ni siquiera le mandó un sms para preguntarle si se sentía bien... ella, siempre tan atenta. Se sentía tan enfermo que le daba bronca verla cinco kilos más ágil, sonriente y tranquila. A quién te estarás cogiendo, pensó con bronca. 

Incluso los libros le hablaban. Dejó de lado uno tras otro sintiendo que cada alusión a algún personaje patético se refería a él. Volvía a pie para evitarse la sensación de mierda que le dejaba el abandono de sus eventuales compañeros de colectivo. Cambió de shampoo y de desodorante, le ponía perfumina a la ropa antes de salir de su casa, se cepillaba compulsivamente los dientes. Era inútil; no podía deshacerse de la sensación de que había un círculo de cinco metros de distancia entre el mundo y él. Y era el mundo el que lo metía de prepo en el círculo.

Después de cinco días sin dormir, la sensación pétrea en el pecho se le había vuelto costumbre. Pensaba que había pasado toda la vida con esa impronta cloacal arraigada en cada arteria, vaso y capilar de su caja torácica. Estaba intratable y discutía por cualquier cosa en el trabajo. A Sofía, su asistente, le agarró bronca porque la veía chatear en horario laboral y aún así entregaba unos informes impecables; él apenas llegaba a cumplimentar sus reportes con el tiempo justo para mal comer un sándwich en la hora del almuerzo. Así las cosas, el viernes fue el jefe para cuestionar su rendimiento y ardió Troya. Entre balbuceos, estornudos y lágrimas de colirio se vació en una catarata de protestas contra el mal clima laboral, contra su ex, su grupo de tenis, la crispación social, su asistente. El sector había enmudecido y se asomaban cabezas entre los paneles de durlock para verlo berrinchear, hasta que Sofía se levantó del escritorio, lo agarró del escote del chaleco y le gritó, histérica «Estás paranoico, boludo, ¿¿qué te pasa??.» 

Entonces Toño sintió la piedra levantársele del pecho; todas las preocupaciones idas de golpe y transmutadas en ese globo de luz densa, oscura, maloliente. Casi pudo verla flotar en el espacio mínimo que separaba su camisa de la blusa de Sofía, meterse entre los botones, acomodarse en el hueco de los pechos chiquitos y fláccidos. 

Todo tenía sentido. Así que sin decir una palabra ni mirarla a los ojos, agarró el abrigo y se fue.

 

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